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Ha nacido un nuevo principio constitucional

Opinión

En un célebre pasaje de su historia de Roma, el griego Polibio se preguntó cuál era el mejor régimen político de los conocidos hasta entonces (Polibio escribía en el siglo II a.C.). Después de un detallado análisis, seleccionó dos "finalistas": la ciudad griega de Esparta y la República Romana. Esparta había recibido su Constitución del legendario Licurgo y no la había cambiado ni un ápice a lo largo de los siglos. Esto llevó a grandes pensadores como Platón a admirar a Esparta por su estabilidad.

Polibio no estuvo de acuerdo con Platón porque una cosa es la "estabilidad" y otra la "rigidez" de las instituciones. Por ser "rígida", explicó Polibio, Esparta no supo adaptarse a las cambiantes condiciones de la historia. Por eso le confirió el premio al mejor régimen político de la historia, a la República Romana, porque ella, sin dejar de ser estable y exitosa, supo desarrollar una Constitución flexible , capaz de incorporar nuevos principios cuando las circunstancias lo exigieran. Roma nunca tuvo una Constitución escrita como las que hoy conocemos. Fue aprobando, eso sí, lo que hoy llamaríamos "leyes constitucionales" apropiadas a las crisis y a los tiempos. Esas leyes duraron siglos, pero siempre quedaron abiertas a la innovación.

Valgan estas líneas como una introducción al profundo cambio constitucional que la Argentina, hoy, está experimentando. Nuestro régimen político, en efecto, ya no es el mismo desde el momento en que el pueblo misionero, en representación del pueblo argentino, le dijo que no a la reelección indefinida.

La "re-reelección"

La Constitución argentina aprobada en 1853 era casi tan rígida como la de Esparta. Inspirada por Juan Bautista Alberdi, nos dio un formidable empujón inicial. Fue gracias a ella y al rigor que la hacía casi irreformable que la joven Argentina creció como ninguna otra nación en el mundo hasta 1930. Pero en este año fatal, lo que hoy nos parece la absurda discordia entre los conservadores y los radicales nos llevó a sucumbir ante la tentación del militarismo hasta 1983. Esta fue también la etapa de nuestro estancamiento económico y de nuestra pérdida de posiciones en el mundo.

En 1983, con el regreso de la república democrática, también regresó la Constitución de 1853. Pero ya no éramos el mismo país. Cuando hablamos de la Constitución de una nación, nos referimos por lo pronto a su rasgo esencial: cuánto poder, y por cuánto tiempo, acuerda a los gobernantes. La Constitución de 1853 atribuía a nuestros presidentes un plazo de seis años sin reelección inmediata.

Pero esta cláusula "rígida", que había prevalecido sin cambios hasta 1930, había quedado obsoleta. Así lo demostró a su pesar Alfonsín, nuestro primer presidente democrático, porque ni siquiera pudo completar su mandato de seis años. Algo grave, profundo, le estaba pasando entonces a la gobernabilidad de la Argentina "espartana".

En la cúspide de su propia popularidad, Menem diseñó entonces un nuevo principio de poder. Dejando atrás el período clásico de seis años sin reelección inmediata, instauró en la reforma constitucional de 1994 un régimen presidencial más parecido al norteamericano: cuatro años con la posibilidad de una sola reelección inmediata por cuatro años más.

El nuevo principio constitucional pareció funcionar hasta 1999 cuando, hacia el término de su segundo mandato, el propio Menem intentó implantar, vía interpretación judicial, otro principio que habíamos abandonado desde Rosas: la re-reelección , primer paso de la reelección indefinida.

Recuerdo que el presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso cambió también la Constitución de su país, pero para pasar a un sistema "norteamericano" -el mismo que él y Lula han respetado- de sólo dos períodos consecutivos de cuatro años. Cuando le pregunté por televisión al presidente Cardoso qué pensaba del intento casi simultáneo de Menem de instalar ya no dos sino tres períodos presidenciales consecutivos, me contestó con una frase que quedó en mi memoria: "¡Pero tres períodos es monarquía!"

El nuevo principio

Cardoso, él, había comprendido: pasar de dos a tres períodos consecutivos equivale a pasar de la república a la "monarquía". Ante el no rotundo a la reelección indefinida que ya anticipaban las encuestas, Menem debió "bajarse" del poder. Pero la atracción que ejerce el reeleccionismo indefinido siguió gravitando entre nuestros políticos, aunque tímidamente, a escala local. Fue así como Santa Cruz, La Rioja, San Luis y Tucumán, por ejemplo, lo consagraron en sus constituciones.

El pueblo argentino no lo quería. Cuando, con el apoyo de Kirchner, el gobernador Rovira intentó implantar la re-reelección, ambos recibieron el no rotundo de los misioneros que también sospecharon que, detrás del gobernador, estaba el propio Presidente. Después, se sucedieron una serie de acontecimientos concordantes. Kirchner "bajó" al reeleccionista Fellner en Jujuy. Solá se bajó en Buenos Aires, adhiriendo a la nueva corriente. Alperovich acaba de insinuar en Tucumán que no se presentará para ser re-reelegido. Es inminente una declaración del gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saá, contra la re-reelección

Y es así como, a través de un claro pronunciamiento popular, un nuevo principio se está consagrando en la Argentina: el pueblo no quiere la re-reelección. Ya ningún político podrá hacerse el distraído. El nuevo principio constitucional que apoyan los argentinos ha quedado, pues, definido: cada gobernante podrá ser candidato solamente por dos períodos consecutivos.

La implantación popular de este nuevo principio constitucional deja abiertos, todavía, algunos interrogantes. A la vista de los rumores sobre la posible candidatura presidencial de la señora de Kirchner en 2007 hay que preguntarse, por lo pronto, si su elección, de ocurrir, no equivaldría a un segundo período presidencial del propio Kirchner. Pensar lo contrario equivaldría a proponer, en efecto, que la alternancia Kirchner-señora de Kirchner podría servir para burlar el nuevo principio de la no re-reelección a través del nepotismo, como en su tiempo lo hizo el matrimonio Juárez en Santiago del Estero.

Cabría preguntarse, asimismo, si el veto popular al re-reeleccionismo debiera alcanzar no sólo al Poder Ejecutivo Nacional y a los poderes ejecutivos provinciales, sino también a los poderes ejecutivos municipales. En el Gran Buenos Aires hay nada menos que catorce intendentes que han alcanzado o pasado ya los cuatro períodos consecutivos. ¿No debería aplicarse a ellos, incluso, el nuevo principio?

La república democrática que tenemos los argentinos es un sistema mixto que implica, de un lado, la elección popular de los gobernantes (el principio "democrático") y su no re-reelección (principio republicano). Pero en Misiones ocurrió el portento: el pueblo, es decir, la democracia, votó por la república, es decir, por el no re-reeleccionismo. Así fue como el pueblo misionero, abandonando las Constituciones rígidas a la manera de Licurgo, ha venido a anunciar una Constitución flexible a la manera de Roma. A partir de ahora, dentro y fuera de Misiones, éste es el pronunciamiento histórico que habrá de guiarnos. .

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