Ivan Colovic es un antropólogo futbolero; era -cuando lo conocí- un admirador y seguidor dominical del excelente fútbol yugoslavo. Supe de algunos de sus trabajos durante reuniones en París, cuando el eclipse de humanidad que hundió a Yugoslavia y se resumió en la tragedia de Kosovo. Tiempos que agitaban trámites desesperados para salvar vidas de las pasiones étnicas destructivas.
Iván se preguntaba por qué no aplicar algunos de los instrumentos disciplinarios de su ciencia para entender mejor un fenómeno que trascendía el deporte.
La historia del desastre en Yugoslavia -sostenía en el furor del odio y de la guerra para la "gloria de los dioses del nacionalismo étnico y del militarismo premoderno"- podía describirse desde el telón de fondo de la evolución de la violencia en el deporte yugoslavo, en particular entre los "hinchas hooligans ", fanáticos del "modelo inglés", aunque éste terminó pareciendo relativamente tibio frente a los afanes de las barras bravas yugoslavas.
Esa violencia se fue desplazando, entre los años 80 y 90, hacia el terreno de los conflictos interétnicos y de la política de la "gran nación", y desde ella a los campos de batalla. Los periodistas deportivos venían dando cuenta de aspectos del fenómeno sin imaginar sus proyecciones.
Iván había leído en los medios encuestas sucesivas, en las cuales la Academia Serbia de las Ciencias y de las Artes, el periódico Polítika y la editorial Prosveta, aparecían en los primeros puestos de la "serbidad" -de la identidad nacional serbia- junto con Estrella Roja, el club de fútbol cuyos fanáticos exponían capacidad de "autoorganización", de violencia ejemplarizadora y de metamorfosis, que los llevaría a ser soldados voluntarios para la limpieza étnica, en una expedición al frente para acciones que el ejército profesional procuraba sortear, para no ser blanco inmediato de acusaciones.
Nuestro autor sostenía que esa historia no había terminado. Entrevió uno de los fines posibles, que describía así: "La victoria de las tribus de hooligans y la aparición de una nueva tribalidad vándalo-guerrera".
El periodismo deportivo, en su mayoría, denunciaba que ese camino "llevaba al infierno" de un nacional-chauvinismo extremo, veneno puro para una sociedad multinacional y en acecho para cualquier sociedad nacional, especialmente de inmigración.
Una decisión de la UEFA, tomada en 1991, que prohibía que los partidos del campeonato europeo se jugasen en estadios yugoslavos, fue interpretada como "parte de la hipocresía generalizada contra Yugoslavia", y especialmente contra Serbia. Se trataba de una "empresa de demolición del fútbol yugoslavo encabezada por la progermánica Unión Europea del fútbol" y los caprichos de los "serbófobos" y de los " footphobes ". Los medios de comunicación oficiales veían una conspiración que alentaba el ostracismo serbio de parte de la comunidad internacional. Un dirigente de Estrella Roja daba por comprobada una guerra de "dos milenios" porque Occidente, desde el primer siglo de nuestra era, "llevó el espíritu olímpico al nivel más bajo, aquél del circo, los gladiadores y la sangre..."
Iván recogía, domingo a domingo, los himnos de las hinchadas, los cantos "hooliganianos" e italianos, donde se "daba la vida" por Estrella Roja (o el Partisan, su rival principal, según la barra que cantase) incluyendo elementos del repertorio lingüístico de la violencia, de la obscenidad, de la pornografía, de los juramentos.
Los grupos de las barras siguen la huella de sus homólogos ingleses e italianos, y se atribuyen nombres que evocan el "registro" de la tribu: los Vándalos, los Maniáticos, las Hordas del Mal. Una de las barras de Estrella Roja se reconoce como BAH (Belgrade s Alcohols Hooligans), y el tema referente a sus sentimientos profundos está un su himno liminar: "El alcohol, el alcohol, es verdaderamente genial / si no se lo quiere, no se es normal..."
Las barras se atribuyen el rol de rebeldes y guerreros. Otro grupo de Estrella Roja toma el nombre de Zulú Warriors, listos para la guerra contra extranjeros, vecinos, "otras naciones" y, antes de todo eso, contra las hinchadas de los clubes rivales de la ciudad. Una forma de fanatismo, de liberación, de huida de las obligaciones y las reglas, pero también de adhesión al líder; a Serbia y a Milosévic: "Partisan, Partisan, équipe serbe patentée / de Slobodan Milosévic elle est fierté...". A lo que responderán sus rivales de Estrella Roja: "Partisan, Partisan, équipe musulmane...", pero identificándose con Slobodan, futuro procesado como criminal de guerra.
En fin. Iván había comprobado, antes del estallido del conflicto yugoslavo, que la propaganda del lado serbio revivía, por medio de los periodistas deportivos -ahora dispuestos a orientar la energía agresiva de las hinchadas hacia el frente de batalla- como una expresión de sacrificio patriótico contra los "enemigos".
Si en los tiempos de (relativa) paz aquel periodismo proclamaba la necesidad de pacificación de las barras, en tiempos de guerra se inclinaría en favor de su comportamiento militarizado. ¿Cómo era posible ese cambio de barras incontrolables a combatientes disciplinados batiéndose por la causa del Estado y de su pueblo, esa metamorfosis profunda?
Algunos análisis que Iván cuestionaba sostenían que el mundo del orden militar se había impuesto al libertinaje. Iván apelaba a la etnología y a la sociología recientes para sostener que el mundo aparentemente desenfrenado y caótico de barras e hinchadas extremistas estaba, en la realidad profunda, regido por un "orden". Sus comportamientos obedecían, de hecho, a códigos y protocolos tácitos que se remitían a una disciplina y a una jerarquía. El grupo violento era animado por el espíritu de organización y de sumisión que se manifestaba en la guerra, sin renunciar a la identidad de la "barra" en tiempos de paz.
Mucho antes de los sucesos de San Vicente, el 17 de octubre pasado, el examen de Iván Cosovic me parecía apropiado para contribuir a un análisis menos frívolo o, si se prefiere, menos trivial del que descendía de las apreciaciones y decisiones de la AFA y de instancias importantes del Estado, respecto de actos de violencia que las instancias públicas parecían tratar con ignorancia de la esencia de lo político.
Por lo pronto, el hecho de que se derivara a una organización social (en el caso las 62 Organizaciones sindicales) el control de actos previsiblemente multitudinarios, como el traslado de los restos del presidente Perón, constituyó un grave error conceptual y práctico, reiterado con alarde de picardías disfrazadas de tácticas inteligentes.
La famosa expresión de un sociólogo ilustre de fines del siglo XIX, que atribuye al Estado el monopolio legítimo de la coerción, no era una derivación de autoritarismo sino una de las consecuencias de la autoridad.
Muchos años atrás, por los años 50, quienes fuimos educados en el derecho por el maestro Rafael Bielsa y por el notable jurista uruguayo Eduardo Couture, nos enterábamos de que, si la esencia de lo político no se respeta, tarde o temprano la política se "venga". Esos maestros advertían sobre el riesgo de que el Estado se aparte.
En una analogía que, posteriormente, crisis tras crisis, recordaríamos por su elocuencia pedagógica, ambos sostenían que, así como el sistema bancario existe y da créditos en la medida en que la gente dé crédito a la ficción que supone evocar una institución que tiene las reservas suficientes para responder a la demanda de los clientes (ficción que hace agua tan pronto la incredulidad lleva a que todos nos presentemos para demandar el pago de cheques a un tiempo y comprobemos que tales reservas en rigor no existen), también el Estado descansa en una ficción: que creamos en el efectivo monopolio de la coerción.
Si esa ficción es desafiada por la rebelión masiva, por la desobediencia constante y simultánea de las reglas del juego, por el delito difundido, el Estado, como institución, exhibe sus vulnerabilidades. Entonces, no es la ley la que protege al ciudadano, salvo la "ley de probabilidades". Es el apartarse del Estado y la exhibición de crisis de poder la que deriva en crisis de autoridad y de legitimidad del sistema político.
Lo que viene sucediendo en el fútbol es un indicador no despreciable para ratificar la degradación que, de antiguo, padece nuestra cultura política. No ya nuestra cultura del conocimiento, sino la relativamente autónoma dimensión política de la cultura.
Lo que Oscar Cornblit analizara a propósito de la "violencia espectacular" que exhibiera el deporte durante los dos últimos siglos está en la línea de lo que nuestro autor Iván describiera. Lo que José Luis Galimidi propone en un delicado escrito semanas atrás, en esta misma página ( Un juego que debemos jugar juntos ), merece ser leído para saber qué pérdidas estamos padeciendo.
Perteneciente al público de los tiempos del Independiente de Erico, De la Mata y Sastre -y de sus equivalentes en otras divisas-, cuando el gol de penal apenas se aplaudía y las jugadas de gol debían definirse en el área chica, con excepción aceptada para los "cañoneros", la degradación de la "igual dignidad de todos los participantes" es una manifestación de decadencia ética, estética y política.
Veinticinco siglo atrás, en su Retórica , Aristóteles explicaba: "Sólo delante de aquellos a quienes despreciamos no expresamos vergüenza por una conducta vergonzosa..."
En una carta privada a su hija Soledad, Ortega y Gasset relata un encuentro casual con un famoso torero, en una recepción diplomática, en la embajada argentina en Madrid: "¿ Qué hace usted?", pregunta el torero. "Enseño filosofía", responde Ortega. "Hay gente pa tó", dijo el torero.
El autor es profesor de Ciencia Política en la UBA y en la Universidad de San Andrés.