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Nota de tapa / Entrevista

Simplemente Valeria

Revista

Es la modelo más importante que tuvo la Argentina. Sin embargo, lejos de cualquier divismo, afirma que el sueño de tener una familia estuvo siempre por encima de todo; habla de su marido, de dietas y del competitivo mundo de la moda

La entrevista estaba acordada a las 16.30 de un lunes, en su casa de Acassuso. Está sobre una calle de las que terminan casi sobre el río. Nos topamos con un amplísimo portón que sólo se puede franquearse si el señor grandote de traje y corbata da el visto bueno. La primera impresión, frente a tanto ventanal, es la de estar en Hollywood. O en un museo hipermoderno. En la entrada, una alfombra color crudo con las iniciales V. M. Todo es ventanal. Todo es ancho, todo es abierto, todo -desde el jardín con vista al río hasta el tamaño de la piscina- es inmenso. Todo se ve como en una vidriera. Esto será así porque Valeria Mazza es la única argentina, además de la princesa Máxima Zorreguieta, a la que la revista ¡Hola! le dedica siete páginas en su último número. Será porque es la rubia argentina que cotiza como Claudia Schiffer, Naomi Campbell o Linda Evangelista. Será porque integró el boom de las top models en los años 90. Será porque es de las pocas que compartían pasarela con las modelos más importantes del mundo de la alta costura.

Esta mujer de 34 años, en pareja desde siempre con Alejandro Gravier, tiene tres hijos: Benicio, de un año; Tiziano, de 3, y Balthazar, de 7. Y es con su marido con quien armó un emprendimiento sólido.

Vestida con jeans, camisa blanca, chatitas de Prada tipo leopardo y el pelo y la cara absolutamente naturales, se entrega al diálogo. Una jarra de cristal y plata con agua y unos vasos en una mesita al lado de los sillones nos acompañaron durante más de una hora. Hablamos de sus hijos, de su familia, de su marido, del mundo de las modelos. De esta vida, que es como la que se había imaginado.

Valeria Mazza responde a las preguntas con un tono estandarizado que maneja con una soltura perfecta. Su actitud y voz dejan en claro que ella es Valeria Mazza. El timbre de la voz es notable: resplandece suavemente, suena a rubia, si algo así fuera posible.

-¿En qué momento se convirtió en una marca? Es decir, ¿en qué momento dejó de pensar en la pasarela para convertirse en un emprendimiento?

-(Lo piensa: elige lo que va a decir). Lo primero que hicimos Alejandro y yo, con mi nombre, fue el libro, en 1996. En ese momento fue como nuestro primer hijo. Creo que en el paso de Valeria Mazza-modelo a Valeria Mazza-empresa juega mucho el papel de él. Yo no soy empresaria. Tras el libro, sacamos el perfume. En ese momento comencé a darme cuenta de que Valeria Mazza era una marca, y que esa marca vendía. A partir de entonces la pregunta fue qué hacer con esa marca. Yo siempre sentí que trabajé para las mujeres, y el perfume era algo sumamente femenino: algo que apuntaba directa y exclusivamente a ellas. Después crecimos en el rubro belleza, que tiene la misma orientación.

-Su marca tiene una imagen familiar: incluye marido, hijos, algo muy poco frecuente entre las modelos, que parecen circular solas.

-En general es así en el mundo del espectáculo. No vamos a analizar ahora por qué, pero a grandes rasgos creo que no tenemos una vida normal. Mi sueño siempre fue casarme y tener hijos.

-¿Tirada en la cama viendo la tele y tomando mate?

-No, yo no tengo una personalidad como para sentarme y tomar mate. Me encanta mirar tele, pero no puedo quedarme mucho rato sentada (soy acuariana), tengo mucha energía. Si no, nunca podría haber hecho todo lo que hice. Me considero bastante aventurera. Por eso decidí romper el molde de mi familia y venir a Buenos Aires, cuando ya estaba todo planeado para que fuera a Rosario. Y por eso mismo es que al año de estar en Buenos Aires decidí empezar a viajar y probar suerte en el exterior. Ya hace catorce años que estoy viajando. Siempre he roto un poco los moldes. Pero, volviendo a mí misma, yo tenía que tener esta familia.

-Si armáramos una foto de la familia con su marido y los nenes, ¿es la foto ideal?

-Mi (subraya el carácter posesivo) foto ideal es ésa. Es exactamente lo que yo busqué, para lo cual trabajo y para lo cual vivo, y lo que me hace feliz. Logré tener mi lugar en el mundo. Al menos para mí, era importante después de tanto desarraigo y de dar tantas vueltas. Cuando uno se mueve mucho, deja de tener lugar fijo. Yo decía que vivía en la Argentina cuando en realidad no pasaba más de tres meses aquí. Necesitaba un sostén, como lo necesita un globo de gas; tener la piola atada a algún lado, porque si no salía disparada para cualquier parte. Sentía que ese piolín eran la Argentina, mi familia y... Para mí fue muy fuerte desde el punto de vista sentimental haber estado siempre contenida, como para poder hacer todo el resto.

-¿Quién o qué la contenía?, ¿Alejandro, su madre, llamar a Buenos Aires y que no respondiera un contestador?

-Eran Alejandro y mi familia: mis padres y mi hermana. Ellos también han viajado mucho conmigo. Al principio era bastante duro. Desde chica no me podía imaginar a mí misma entre los dieciocho y los treinta años. No, no tenía en la cabeza esa figura. En mi cabeza la vida empezaba a los treinta. No sé por qué, pero todo lo que me pasó profesionalmente nunca lo soñé ni me lo esperaba. Ahora bien, una vez que descubrí todo esto y puse toda mi personalidad a disposición de que funcionara, funcionó.

-Sus palabras son la representación exacta de una señora; una doña tradicional. Nada fashion.

-Sí, totalmente. Es que me gusta la casa.

-¿Tiene conciencia de lo interesante que es, en el siglo XXI, esta imagen tan tradicional?

-Me doy cuenta cuando salgo de la nube que representa mi trabajo y tengo contacto con la gente -sobre todo, con las mujeres-. Me doy cuenta de la diferencia que significa para la gente el hecho de que yo tenga esta vida, y que ellos sientan que es real, que es verdad.

-¿Por qué cree que hay pocas modelos en el mundo de la alta costura que circulan con los hijos y el marido?

-Porque circular con toda la familia es un trabajo extra, sobre todo estando tres días en cada lado y teniendo que viajar.

-En uno de los últimos números de ¡Hola! hay siete páginas con fotos suyas. ¿Eso significa mucho para usted?

-Sí, fue cuando fuimos a hacer un programa de televisión hace dos semanas. Estuve tres días y volví. (Se levanta, va a la mesita.) ¿Querés agua, café, té? Bueno (dice como si fuera lógico), ¡Hola! cubrió todo mi casamiento.

-No es tan frecuente para una argentina.

-No, es cierto. Y, gracias a Dios, no he perdido la capacidad de asombro y de disfrute. Pero, en parte, ya estoy acostumbrada a que me malcríen. Hace quince años que estoy trabajando, y mi carrera fue toda en el exterior. Lo que hice en la Argentina es porque necesitaba tener ese sostén afectivo. Sabía que iba a volver, que acá iba a tener a mi familia. Entonces, si hacía algo bueno, lo quería hacer en la Argentina también. Hay muchas modelos que van a trabajar afuera y cuando vuelven dicen: "¿Para qué voy a trabajar acá si ya tengo trabajo afuera?" Vienen a visitar a la familia y se vuelven a ir. Yo venía y aprovechaba. Tuve siempre mis contratos acá y trabajé para las revistas de moda de acá. Muchos me preguntaban para qué lo hacía, si estaba trabajando para Elle y Vogue. Era importante porque era mi país. Mi abuela compra Para Ti, no compra Vogue.

-Una de las características interesantes es que resulta muy atractiva para las mujeres. Quizá más que para los hombres.

-Sí, siento que soy una amiga, que no me ven jamás como una rival. Pero eso, para mí, es buenísimo. Porque mi hombre ya lo tengo, así que no me interesa. Acepto el piropo, pero no necesito el deseo, ni me gusta buscar la mirada masculina.

-¿Se considera sexy?

-Yo sé que, si quiero, puedo ser sexy: es un juego. Pero no voy caminando por la calle desbordando sexo, porque me daría mucha vergüenza.

-¿Quién maneja el dinero en esta casa?

-Ale. Yo no tengo ni idea -se pone seria y explica-: tenemos divididas las tareas. Yo me encargo de todo lo que tiene que ver con los chicos: lo que haya que comprar, las reuniones a las que haya que ir.

-¿Quién hace las compras de la casa?

-Las del supermercado, yo. Hago las listas y los menús. Es más, ahora me profesionalicé: las tengo hechas en la computadora. Pero no compro por Internet o por teléfono. Para mí, ir al supermercado es fundamental: ¿cómo vas a comprar una lechuga sin haberla visto? La tenés que ver. Uno tiene que elegir la mercadería y el precio. Por eso me encanta ir, pero, la verdad, no voy mucho. Una vez por mes.

-¿Qué cambió con la llegada de los hijos?

-Mis hijos me han cambiado mucho y me han hecho abrirme. Te cuento por qué. Cuando yo pasaba tanto tiempo viajando, sola y trabajando, para la gente era Valeria Mazza y, por más que a mí me gustara ir al supermercado, pensaba: ¿cómo la gente se va a encontrar en el supermercado con Valeria Mazza? En cambio, los hijos te van bajando a tierra. A mí, mis hijos me colocaron en la sociedad, en el colegio. Empecé a entrar en una librería, a parar para comprar algo. Esas cosas antes a mí me costaba mucho hacerlas.

-¿Los ayuda con los deberes?

-Sí, estoy muy presente. Pero busco el límite como para no malcriarlos. Me siento a hacer los deberes, pero les enseño que los deberes los tienen que hacer ellos: yo, el colegio ya lo hice. A mí me toca hacer otros sacrificios.

-¿Siente que en algún punto ustedes armaron una especie de familia Ingalls?

-No sé si la familia Ingalls era real. Nosotros somos una familia tipo, con todos los problemas e inconvenientes de una familia, porque somos seres humanos y nos pasan cosas, como a todos. Pero somos muy unidos, nos escuchamos, hablamos. Con Alejandro hemos hablado mucho de todo esto. No es que un día me quedé embarazada de casualidad. Por el contrario: nos quedamos embarazados porque queríamos tener hijos. Hemos hablado mucho acerca de la educación de nuestros hijos. Entonces, cuando hoy hay que tomar una decisión, no hay roce o discusión porque es un tema que ya está muy hablado.

-Y si está todo tan hablado, ¿cómo se renueva la ilusión en esta pareja?

-En primer lugar, hay muy poca rutina en esta pareja, por nuestro trabajo, tanto el mío como el de él. El tampoco tiene que ir todos los días a la misma oficina y a la misma hora, a hacer siempre exactamente lo mismo.

-¿Su principal trabajo es usted?

-No. El tiene un abanico considerable de actividades. Yo soy uno de sus temas.

-En esta casa, ¿la dieta es un tema?

-Absolutamente, pero no tengo un orden del tipo el lunes tal cosa, el martes tal otra, etc. Me encanta comer. Cuando arranco mal el día, sigo mal hasta el final y lo disfruto. Lo fundamental es eso: disfrutarlo. Aprendí a disfrutar de la comida sin culpa.

-¿Siempre?

-No, hasta que me quiero poner algo y me queda más apretado o no me entra, o cuando me llaman de repente, como ahora que tengo un viaje y fotos. Antes, esto era el día a día. Yo ya no tengo ese día a día; entonces, si me llaman para mañana, lo postergo para tres días después, y me quedo, no exactamente en ayunas, pero cuidándome. Lo administro.

-¿Alejandro la controla?, ¿le indica si está más gorda?

-No. Pero él es muy estético. Se tortura mucho más a sí mismo que a mí. Pero, por suerte, somos los dos muy deportistas: nos encanta jugar al tenis y lo hacemos cuatro días por semana. Yo, además, dos días por semana hago gimnasia y él juega al fútbol.

-¿Cómo resuelve los encuentros sociales?

-Es imposible de manejar, porque todo el tiempo tengo comidas. El tema es parar a tiempo. Disfrutar de una comida y después parar. Lo manejo todo el tiempo. Si vamos a comer afuera, ni miro el menú. No me doy opción. Pido pollo o pescado. Si empiezo a mirar el menú me deprimo. Y no soy masoquista.

-Más allá del éxito y de la exposición pública, no se convirtió en una diva. ¿Tiene una explicación?

-No quiero que me idolatren. Yo quiero convivir con la gente. Busco que sea grato estar conmigo. Cuando trabajo, mandan a alguien a preguntarme qué quiero que haya en el camarín, qué me gusta tomar, qué quiero comer, etc. Hay determinadas cosas que pido por una cuestión de organización: lo vinculado con el transporte, la seguridad, etc. Pero lo otro me da mucha risa, porque me demuestra que debe de haber gente que es tremenda.

-Y usted, ¿qué pide?

-Nada. Simplemente, si voy a estar en un camarín durante un desfile largo, quiero que haya agua, bebidas light y algo de fruta. Porque si me empiezan a traer sanguchitos no me entra la ropa.

-¿Le molestaron las críticas acerca de su programa de televisión?

-No; me habría sorprendido que no me hubieran criticado. Para mí, fue una experiencia muy buena. Era la primera vez que hacía televisión en la Argentina y fue muy complicado desde el punto de vista de la producción, pero salimos adelante. En parte fue lo que me imaginaba y en parte no pude lograr lo que quería. Pero fue lo mejor que podíamos hacer en ese momento. Me banco las críticas. Me sirvió para aprender, y voy a volver a hacer tele. Pero no tengo apuro. Estoy pendiente, más bien, de cuándo voy a quedar embarazada, porque voy a tener un hijo más. Creo que con cuatro ya "cerramos la fábrica".

-¿Qué cosas la hacen sufrir?

-El ver sufrir a mis hijos, a la gente que quiero. Y muchas veces me hace sufrir la realidad.

-¿Los celos?

-No soy muy celosa. Y no tengo muchos motivos.

-¿Esta pareja soportaría una infidelidad?

-No, creo que no. Pero es difícil ponerse en esa situación. Hace diez años te hubiera dicho que ni loca. Hoy te digo "no". Pero hay situaciones límite que hay que vivirlas; es muy difícil ponerse a hablar si no estás en ese lugar.

-¿Es difícil imaginar un señor, que no sea su marido, que le haga perder la cabeza?

-No, no tengo fantasías con personajes, porque sé que cuando se apaga la luz somos todos seres humanos. Y lo sé por mí misma: es lo que me pasa a mí. Por eso no tengo fantasías con personajes famosos.

-¿Ni con Antonio Banderas?

-No. Lo conozco, y bastante. Tuve la suerte de hacer publicidad con él, con Ricky Martin; ahora voy a hacer una con George Clooney cuya campaña sale en febrero en España. He tenido la posibilidad de estar con hombres interesantes; pero yo estoy muy bien: tengo lo que buscaba. Y además, la paso bien con Alejandro. Es más: en muchas ocasiones me alejo, para verlo, y siento que me volvería a enamorar de Alejandro. Me gusta mucho cómo se mueve, cómo habla, cómo se viste, cómo es.

-Fue muy polémica su declaración acerca de que los homosexuales no deberían adoptar.

-Creo que fue bastante malinterpretado. Yo dije que no me parecía que una pareja de homosexuales debería adoptar un hijo.

-¿No le parece discriminatorio?

-Y... es lo que pienso y sigo pensando, sin ofender, sin discriminar y sin hacerle mal a nadie. Lo siento así. Yo soy muy coherente. Si miro las notas que me han hecho, descubrí algo maravilloso: el archivo me sostiene.

-¿Usted es una mujer creyente?

-Sí, y desde que tuve a mis hijos, mucho más. Volví a creer, porque siento que los miedos son tantos que no puedo sola. Y la única que me queda es volcarme a Dios y pedirle que me los proteja.

-¿Cuáles son los momentos en que esta mujer tan controlada, con la familia planificada, la comida estudiada, entra en crisis?

-Cuando subo a un avión. Siento una profunda angustia, inevitable. No la puedo controlar.

-¿Hasta qué momento?

-¡Hasta que el avión aterriza! Y una vez en casa, me pregunto por qué hay que sufrir tanto. Y cada viaje es igual.

-¿Hace terapia?

-No. Hice, pero poco. Fui a terapia de chica.

-Me refiero a una terapia de adultos.

-Al año de estar viviendo en Buenos Aires fui por primera vez. Fui a terapia, me estabilicé y al año dejé.

-¿Así de fácil?

-Después volví cuando tuve mi primer hijo, momento en que empecé a reordenar todo. Porque la escala de valores cambia y tu situación también. Yo intenté reorganizarme y volver a salir a la calle.

-Después de eso, ¿cuántos años pasaron?

-Mi hijo mayor tiene siete. Con Alejandro hago mucha terapia, porque para mí terapia es poder hablar, escuchar a alguien que vea las cosas desde otro lugar. También tengo amigos. Y también es terapia esto que estamos haciendo: las entrevistas. Porque después me quedo pensando y luego la leo...

-En la película El diablo viste a la moda se muestra el mundo de la moda como cruel y frío, ¿cuánto tiene de real?

-Sesenta por ciento. A eso habría que agregarle un poco de humanidad. Porque son seres humanos a quienes les pasan las mismas cosas que a cualquiera. En cambio, en la película ves un mundo totalmente cruel, donde lo único importante es lo estético.

-¿Se hacen maldades entre modelos?

-¡Sí! Lo de sacarse la ropa es verdad; lo de hacerse la distraída diciendo que perdiste tu pasada para poder cerrar el desfile vos, también; y es cierto que algunas hablan con los diseñadores y les dicen: "Si ella hace este desfile, yo no lo hago". Todo eso es verdad.

-¿También se sacan los maridos?

-No hay muchas casadas. Pero es cierto que se soplan los pretendientes. Entre las modelos no hay muchos códigos, porque no hay mucha amistad. En realidad, son relaciones temporarias que se dan por una determinada circunstancia y nada más.

-¿Cómo imagina una vida sin fotógrafos?

-Hablamos mucho con José María Aznar (ex presidente de España) acerca de dejar el poder. Dice que es mucho más difícil dejarlo que llegar. Yo creo que estoy prevenida porque logré desarrollar otros aspectos de mi vida como para estar ocupada, entretenida, protegida.

-Pero es un tema.

-Sí, seguro que sí. Ahora bien, cuando elegís la carrera de modelo sabés que es una carrera corta. Es como la de los deportistas. Hacia los 30 se termina. Y, como sabés que se va a terminar pronto, las opciones no son muchas: o hacés una muy buena carrera, con la posibilidad de convertirte en empresa, la posibilidad de extenderte a otros rubros -la tele, el canto, el cine o lo que sea- o te encontrás un marido que tiene plata, y ya está. Mi caso fue el de hacer un nombre como para poder seguir más allá de lo que es la vida útil de la modelo.

-¿Cuánto tiempo más tiene de vida útil?

-Ya no tengo el día a día de la modelo. Ya no hago las colecciones cada seis meses: París, Nueva York, Londres. Ya lo dejé. Lo que pasa es que puedo seguir trabajando gracias a que tengo un nombre. Sigo teniendo entonces campañas en el exterior, sigo teniendo las siete páginas de ¡Hola!, el nombre Valeria Mazza que puedo hacer funcionar como empresa. Gracias a eso, sobrepasé el tiempo de vida útil.

Producción: Josefina Laurent

Perfil

  • Valeria Raquel Mazza nació el 17 de febrero de 1972, en Rosario. En 1998 se casó con el empresario Alejandro Gravier y tiene tres hijos: Balthazar, Tiziano y Benicio.
  • Ingresó en el mundo de la moda a los 14 años y fue descubierta por Roberto Giordano. Fue una de las chicas Guess y compartió desfiles con modelos de la talla de Naomi Campbell, Cindy Crawford y Elle Mac Pherson. También apareció en las portadas de Sports Illustrated, Glamour, Cosmopolitan, Vogue y Elle.
  • Estudió terapia ocupacional, y forma parte de la Fundación Kennedy de ayuda a los discapacitados físicos y psíquicos.
  • El 23 de este mes, como parte de los festejos por los 300 años de San Isidro, será curadora de moda de la exposición de diseño AK San Isidro Tendencias Urbanas.

La política

-¿Cuál es su relación con la política?

- Cero.

-¿Qué presidentes le parecieron más interesantes?

-Yo comencé a tener conciencia en la década de los 90, cuando me vine a vivir a la Argentina. Los 90 fueron años ascendentes; en el exterior preguntaban por la Argentina como por un país al que le iba bien. Yo no había vivido ninguna crisis. Cuando en 2000 y 2001 hablaban de perder la convertibilidad, yo no reaccionaba. Y cuando vino la crisis, en 2002, fue como despertarme. Todas las críticas que yo había escuchado sobre nuestro país eran verdad. Es también una cuestión de edad.

-¿Vota?

-He votado. No estoy de acuerdo con pegarle todo el tiempo al gobierno porque, en definitiva, la gente que nos gobierna somos nosotros. Lo lamentable, y que habría que analizar, es por qué llegar al poder te deshumaniza tanto. Yo siempre tuve una visión del mundo bastante naïf.

Intimo

-Un vestido de noche hoy.

-Si es un vestido de noche, Valentino. Si es uno de día, a lo mejor, Bluemarin o Cavalli.

-Un lugar para descansar, para los momentos íntimos.

-Mi casa. Mi lugar en el mundo es mi casa. Hace poco le dije por primera vez a Alejandro: "El lugar donde verdaderamente me siento en paz es acá, en esta casa, en este cuarto, con vos, sabiendo que mis hijos están durmiendo en el cuarto de al lado".

-¿Qué es lo mínimo que lleva en la cartera?

-El celular, un brillo, la billetera y unos anteojos. Ya con eso puedo andar durante el día.

-A esta Valeria, después de más de una hora de conversación, ¿qué calificación le ponemos con relación a lo deseado y lo logrado?

-Me pongo un nueve.

-¿Por qué no diez?, ¿le da miedo?

-No. Sería demasiado. Yo siempre trato de ser más humilde. .

Por Any Ventura
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