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Educación

La solidaridad también se aprende en la escuela

Comunidad

Su enseñanza no es curricularmente obligatoria, pero muchos colegios igualmente capacitan a sus alumnos en la función de ayudar

Por   | LA NACION

Aprender a dar desde la niñez. Esa es la idea de muchas escuelas, institutos terciarios y universitarios del país que tienen una larga tradición solidaria que se manifiesta con cifras contundentes.

Según un informe del Programa Nacional Educación Solidaria dependiente del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología hay documentadas 14.566 experiencias solidarias desarrolladas por 12.673 instituciones de todos los niveles. Sólo en 2005 las experiencias presentadas al Premio Presidencial de Escuelas Solidarias involucraron a 346.122 chicos y adolescentes.

Las experiencias solidarias son actividades pedagógicas que tienen un fin comunitario. Por ejemplo, cuando alumnos de escuelas técnicas realizan en su taller de carpintería juegos didácticos para jardines maternales o cuando alumnos no videntes hacen carteles de señalización vial en sistema braile.

Una de las prácticas relacionadas con las escuelas y la solidaridad es la llamada aprendizaje-servicio. Se trata de proyectos que apuntan a aplicar los conocimientos adquiridos en las aulas a la solución de problemas de la comunidad. Es decir, a través de la acción solidaria se incorporan o fijan conocimientos que están en la currícula escolar.

Según Pablo Licegui, vicecoordinador del Programa Nacional Educación Solidaria, la solidaridad no es una materia obligatoria en las escuelas, pero desde el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología se impulsa su enseñanza. "Es bueno que alumnos de las escuelas de todos los niveles educativos de gestión estatal y privada desarrollen una tarea comunitaria. Para esto hay que investigar qué hace falta dentro de esa comunidad, qué dicen los vecinos y las diferentes organizaciones que la integran y cuáles son los problemas que los chicos, desde la escuela, pueden solucionar o ayudar a mejorar", explica Licegui.

Tampoco el aprendizaje-servicio es obligatorio, pero gran cantidad de escuelas lo implementan, ya sea como parte de sus materias de la currícula o como el Carlos Pellegrini como una materia obligatoria que se llama Programa Acción Solidaria.

Hechos ejemplares abundan, pero vale la pena destacar la acción de la Escuela San José de Calasanz, en Ramona, localidad de 2000 habitantes en Santa Fe. Su directora, María Trinidad Pérez de Gastaldi, refirió pormenores de un trabajo comunitario de los alumnos de la escuela, que les valió el Primer Premio Presidencial Escuelas Solidarias 2003. "En 1995, una profesora de Ciencias Naturales les dio a los alumnos una nota sobre el agua como recurso escaso a nivel global. Entonces, los chicos plantearon la posibilidad de investigar cuál era la calidad de agua en su propia comunidad, ya que la que se consumía era de pozo y no había sido analizada. Resulta que el agua tenía un porcentaje alto de arsénico, por lo cual la comunidad reclamó y logró, en 1998, que se reflotara un viejo proyecto para instalar una planta potabilizadora".

Sobre cómo las escuelas pueden ser eficientemente solidarias, María Marta Gallea, presidenta del Centro Latinoamericano de Aprendizaje y Servicio Solidario (Clayss), dice: "Promovemos la pedagogía del aprendizaje y servicio en América latina, tanto en escuelas como en establecimientos terciarios, universidades y otras organizaciones que trabajan con niños y jóvenes". La misión de la institución es contribuir al crecimiento en América latina de proyectos educativos solidarios.

"El aprendizaje a través del servicio es vital. Hay chicos que graban cuentos para personas no videntes, o enseñan informática a gente sin empleo. Pero lo importante es que todas las escuelas pueden poner en marcha proyectos de este tipo. Hay chicos con necesidades especiales que hacen bastones para aquellos que no los pueden comprar. Nadie es demasiado pequeño o demasiado pobre como para no ofrecer algo a la comunidad", explica Gallea. .

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