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El peronismo y la violencia

Por Eugenio Kvaternik Para LA NACION

Viernes 17 de noviembre de 2006

Algunos observadores recordaron que con lo sucedido con el traslado de los restos de Perón el peronismo remedó en forma de parodia grotesca la gesta del 17 de octubre de 1945. Así, le daban la razón al dicho de Marx según el cual la historia sucede primero como tragedia y se repite como farsa. Marx, que la había tomado de Hegel, había usado la metáfora para explicar los contrastes entre Napoleón Bonaparte, figura heroica, y su sobrino Luis Napoleón, luego Napoleón III, un personaje de menor relieve que su famoso tío.

Para marcar la diferencia no sólo entre los dos protagonistas, sino, en particular, entre ambas épocas, Marx sugirió que la época del Gran Corso había encontrado una música acorde con su grandeza en las sinfonías de Beethoven, mientras que la medianía de Napoleón III y el segundo Imperio la encontraron, en cambio, en la melodía fácil y ligera de las operetas de Offenbach.

Corrigiendo levemente la metáfora de Marx, en el peronismo cambian los protagonistas y las épocas, pero no cambia la música, que no es la de la marcha partidaria ni, por supuesto, la de Beethoven ni la de Offenbach, sino la que a guisa de coro mortuorio y atávico nos brinda la violencia.

Más que repetirse en forma diferente, el peronismo tiende a refractar su pasado en su presente. Lo podemos percibir tanto si comparamos los orígenes, de 1943, con la estrategia de Perón en su retorno al poder, como si comparamos la estrategia de la guerrilla peronista con la actual gestión de gobierno. A pesar de opiniones en contrario, a principios de los años 40 no había en la Argentina una polarización como la que en España había culminado en la guerra civil. Ni la fuerza organizativa de la clase obrera ni el volumen electoral de los partidos de izquierda hacían presagiar revolución alguna. Perón, sin embargo, agitó el fantasma de una revolución social en ciernes, y con el argumento de que era necesario prevenirla inició desde la Secretaría de Trabajo y Previsión una reforma social radical. Al mismo tiempo, con la creación de un sindicalismo adicto, se ofreció para contenerla y encauzarla.

Repitió la misma estrategia a comienzos de los años setenta, en su enfrentamiento con el general Lanusse, cuando, a la par que atizaba a la guerrilla, insinuaba que era el único que podía controlarla. Cuando llegó al poder, la combatió.

También el pasado de la guerrilla peronista se refracta, a su manera, en el presente.

Como sus predecesores del fascismo de izquierda de la república de Saló –fuera de sí por la caída de Mussolini, en 1943, gracias a la “traición” de la monarquía, del ejército, de la burguesía y de los partisanos–, también estos profetas sangrientos del socialismo nacional se buscaron enemigos por doquier.

Con el reemplazo del Roma docet (“Roma enseña”) de los años 20, por el Cuba docet de los años 60, siguieron a Cooke, el precursor de un peronismo de signo contrario, para transformarse, con el asesinato de Rucci y el enfrentamiento con Perón, en lo contrario del PJ. Al asesinar a Mor Roig se convirtieron en lo contrario de la política y cuando, a fines de 1975 y aliados con el ERP, enfrentaron al Ejército, acabaron convertidos en una secta violenta de orígenes oscuros, lo contrario de lo que habían pretendido ser cuando se mimetizaron con el peronismo.

En la retahíla de conflictos del Presidente con el presente y con el pasado, con la oposición y con la década de los noventa, pasando por la Iglesia y las Fuerzas Armadas, los medios de prensa y los empresarios, se refracta, qué duda cabe, ese pasado pletórico de adversarios. Confrontación en la que, como en las postas de una olimpíada, al Cuba docet de ayer lo sustituye la antorcha del Chaves docet de hoy.

A partir de la confrontación, el Presidente y su séquito setentista aspiran nuevamente a un peronismo de signo distinto. ¿El peronismo de los derechos humanos? Pero necesitan también el peronismo realmente existente. Lo prueba su dependencia del señor Moyano y del sindicato de camioneros. Como éstos pueden parar el país casi a su antojo, el Gobierno canjea su apoyo por los privilegios y prebendas de diversas cajas políticas y sindicales. El viejo maridaje entre los sindicatos y el Estado, inaugurado por Perón en 1943, pero remozado, adobado y convertido en la piedra filosofal de la gobernabilidad por todos los gobiernos posteriores, recibe con el pacto Kirchner-Moyano, su último lifting progresista.

El pacto revela que el objetivo de mínima del Presidente es durar. Es decir, lograr la coexistencia pacífica entre su peronismo, de prosapia setentista, con el otro, el peronismo realmente existente. Su objetivo de máxima, en cambio, es reemplazar al segundo por el primero. Para alcanzar este objetivo no digamos que necesitaría hacer lo que ningún gobierno desde 1945 supo o quiso hacer: democratizar a los sindicatos. Le alcanzaría con convencer a la gente de que el peronismo que tararea las nuevas consignas de los derechos humanos es mejor que el peronismo de San Vicente, que corea el viejo eslogan “ni yanquis ni marxistas”.

¿Lo logrará con asaltantes de comisarías como el señor D’Elía (de momento, condenado al ostracismo), con protectores de patoteros y –valga la redundancia– con comisarios políticos de precios políticos, como Guillermo Moreno, o con comisarios de los medios de prensa?

El objetivo de mínima, la coexistencia de ambos peronismos, parece, en cambio, cada vez más difícil. Según algunas fuentes, al rodear el palco de San Vicente, la Uocra tenía como objetivo expresarles su desagrado al Presidente y a su gobierno.

Si a esto se agrega la ovación que recibió en la CGT el doctor Duhalde el mismo día, acompañada con improperios contra los montoneros que obligaron al señor Dovena, una de las primeras espadas presidenciales, a abandonar el lugar, también los fantasmas de Ezeiza se refractan sobre el presente.

¿Le espera al país un enfrentamiento, electoral ahora, entre los seguidores de la patria peronista y los de la patria socialista, arropados en el sayo de los derechos humanos?

Reflexionando sobre los mismos episodios que Marx, pero no sobre los dos imperios, sino sobre las dos revoluciones, la de 1879 y la de 1848, y comparando la última con la primera, Tocqueville apuntaba: es la revolución que continúa, pero interpretada ahora por los actores de un teatro de provincia.

Es el peronismo que continúa, interpretado ahora por los actores de dos compañías: una de Santa Cruz y otra de la provincia de Buenos Aires.

El autor es profesor de Teoría Política en las universidades de Buenos Aires y del Salvador.

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