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Reformas hubo en todos los tiempos

Por Ricardo López Göttig Para LA NACION

Sábado 18 de noviembre de 2006

Desde los comienzos de la organización constitucional argentina ha habido reformas políticas exitosas y fallidas. La mayoría de ellas intentó una mejor representación de los ciudadanos en una República verdadera.

Uno de los primeros impulsores de una reforma electoral que acercara a los legisladores y a los votantes fue Sarmiento, durante su presidencia. El propuso la votación de los diputados en circunscripciones uninominales. Esta propuesta se reiteró en años posteriores, impulsada por figuras notables, como Nicolás Avellaneda y Guillermo Rawson, pero nunca pudo superar el escollo de la discusión sobre la constitucionalidad del sistema. Fueron el presidente Julio Roca y su ministro del Interior Joaquín González quienes, en 1902, lograron la aprobación de esta reforma electoral.

El proyecto original contemplaba también el sufragio para los extranjeros de 22 años que fueran propietarios o que tuviesen título profesional, pero esto fue rápidamente desestimado por los cambios políticos que hubiera provocado en la Capital Federal y en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, mayoritariamente pobladas por inmigrantes. En 1904 se votaron diputados nacionales, electores presidenciales y electores de senador por la Capital, por primera vez con el sistema uninominal, lo que llevó a la Cámara baja a algunos representantes de la oposición pellegrinista, del Partido Republicano de Emilio Mitre y del socialismo. En las elecciones parciales de 1905 se siguió incrementando la presencia opositora.

Pero el nuevo presidente de la Argentina, Manuel Quintana, se opuso desde el primer momento a este sistema electoral, por considerarlo inconstitucional, y el Congreso lo derogó en 1905. En 1912, ante el creciente descrédito de las fuerzas conservadoras, la ley Sáenz Peña posibilitó el ingreso de las minorías políticas en el Congreso, ya que otorgaba un tercio de la representación al segundo partido en sufragios, al tiempo que permitía los agregados y las tachas. Fue así como ingresó Luis María Drago como diputado; se consagró habiendo sido segundo en el recuento de los votos individuales, aunque su partido ocupó el cuarto puesto en la Capital Federal. Este sistema permitía que el ciudadano pudiera reacomodar el orden en las listas, sistema ampliamente utilizado para dirimir los conflictos internos de los partidos. Con el voto obligatorio y secreto se buscaba combatir la apatía cívica y el fraude electoral, y el mapa político cambió con los triunfos radicales.

El sistema uninominal fue resucitado en 1951 por el justicialismo, con el fin de reducir la presencia opositora en la Cámara de Diputados. La legislación vigente prohibía las alianzas electorales y quitaba la personería jurídica al partido que presentara candidatos de otras fuerzas, en tanto que la censura afectaba gravemente a los medios de prensa. En ese contexto, el justicialismo aprobó el régimen de circunscripciones con un diseño caprichoso que lo beneficiaba ampliamente, reduciendo la bancada radical a tan sólo una docena de escaños. Durante la presidencia de Arturo Frondizi se retornó a la ley Sáenz Peña, con el peronismo proscripto, y en la presidencia de Arturo Illia se comenzó con el sistema de representación proporcional D’Hont para diputados, vigente hasta la fecha. La innovación de esos años fue la creación de los suplentes de diputados, una anomalía que vulnera el artículo 51 de la Constitución nacional.

En la Argentina hemos tenido reformas políticas de todos los colores, pero las últimas parecen diseñadas más bien para alejarnos de la tan anhelada República verdadera.

El autor es doctor en Historia, investigador de la Fundación Hayek, director del Instituto Liberal Democrático y profesor en la Eseade y en la Universidad de Belgrano.

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