"La concepción de un mecanismo de control que proporcione, en un instante dado, la ubicación de cualquier elemento dentro de un ámbito abierto no necesariamente pertenece a la ciencia ficción": Gilles Deleuze no llegó a ver la materialización de su sospecha. Se suicidó, un año más tarde, en 1995.
En los inicios de esa década, Deleuze había percibido los signos del cambio y vaticinaba el surgimiento de "las sociedades de control". Estas vendrían a reemplazar a las "sociedades disciplinarias", que habían sido el desvelo filosófico de Michel Foucault, sustentadas y fortalecidas en los grandes espacios de encierro: la familia, la escuela, la fábrica, el cuartel, el hospital. La prisión. Espacios por los que se desplazaban los individuos (regularmente por algunos, de manera eventual o específica, por otros), para su identificación y moldeamiento.
Deleuze advertía la crisis de esos encierros, augurando su transformación. Lo cerrado se abriría, lo duro se flexibilizaría. La disciplina sería sustituida por el control.
La profecía iba acorde con esa sociedad de principios de los 90, en la que las corporaciones suplantaban a las fábricas y los primeros indicios de la capacitación perpetua opacaban la jerarquía de la escuela. Los ciudadanos comenzaban a someterse a la pérdida de sus nombres. "¡Yo no soy un número!" gritaba el protagonista de la célebre serie The Prisoner , en los años 60. Pero habían pasado treinta años desde su psicodélica aparición en las pantallas televisivas. Ya no eran los números, ahora asomaban los códigos de barras. Las sociedades de control que anunciaba Deleuze tenían que ver con esos tiempos inauditamente tecnológicos y la consecuente necesidad de facilitar la administración de un mundo tan anónimo como complejo.
Faltaba un ingrediente: el miedo. Es que, en esos años, ni siquiera Bagdad arrasada en la Guerra del Golfo hacía prever lo que acontecería en el albor del nuevo milenio.
Un 11 de septiembre, un 11 de marzo, un alerta naranja mundial, una guerra cuyos soldados son cualquiera o ninguno, víctimas como palomas o victimarios a las órdenes de comandantes más parecidos a arquetipos platónicos del terror que a hombres de carne y hueso, y cuyos campos de batalla son lo que antes eran los objetivos a alcanzar: las ciudades.
Fue el filósofo alemán Hans Jonas, quien, por aquellos mismos años, habló de miedo, pero inspirado en otras razones: la acelerada destrucción del planeta y una perversa catástrofe final. Proponía prosperar en una "heurística del temor": tomar nota de los peligros, calcular los avances del mal y actuar en consecuencia. Al igual que Deleuze, lejos estaba Jonas de imaginar que el mal y el miedo podían alcanzar las dimensiones que alcanzaron.
Los tiempos sucesivos y sus trágicas circunstancias llevaron a fundir las concepciones de ambos pensadores en una práctica de información y control a escalas asombrosas.
El ejemplo más impactante lo da un documento presentado en la XXIII Conferencia Internacional sobre Protección de la Información y Privacidad, recientemente celebrada, según el cual Gran Bretaña es la sociedad más vigilada de Occidente, con 4,2 millones de cámaras. Se calcula que cada británico es captado por las cámaras unas 300 veces por día. Una vasta red de sistemas inteligentes interconectados permite, actualmente, seguir el mínimo comportamiento de millones de personas en el tiempo y en el espacio. Y se va por más. El pronóstico es, por cierto, escalofriante. En un tiempo no muy lejano, todos los ciudadanos de esta aldea global estaremos siendo vigilados en nuestros hábitos cotidianos, preferencias alimenticias, conversaciones, confesiones, intimidades amatorias, encuentros y desencuentros. Al parecer -y hasta nuevo aviso- sólo los pensamientos no expresados podrán resguardarse de semejante panoptismo, al igual que en la esclavitud.
Así las cosas, este desopilante ejercicio de la pesquisa y el control caen en el más aberrante de los absurdos. Cada individuo y todo individuo vive bajo constante sospecha. Lo aterrador es el error de cálculo que se pueda cometer en un sistema saturado de información, que monitorean los dispositivos del miedo.
El título del último libro de Paul Virilio es por demás significativo: Ville panique ( Ciudad pánico ). Las ciudades inmersas en la esquizofrenia del pánico: los atentados terroristas, la criminalidad, los megaaccidentes que se asemejan tanto a los atentados, el estado de amenaza sostenida, espectralmente amenazante en los interregnos de la calma. Virilio llega a presagiar la creación de un Ministerio del Miedo dominando desde los satélites y antenas parabólicas a un Ministerio de Guerra obsoleto. El miedo es política.
El horror se amplifica si tomamos conciencia de que cada uno de nosotros, que se encamina a su lugar de trabajo, que se dirige a la universidad, que regresa al reposo de su hogar, que se cita con un amigo en un bar cualquiera, está siendo doblemente acechado, porque el terrorismo también cuenta con sus servicios de inteligencia, acaso los únicos más aventajados como para burlar las sofisticadas vigilancias del control.
Curiosamente, el mundo vuelve a convertirse en un espacio de encierro angustiante y descomunal. Por el momento, lo único verificable es que la libertad está siendo sacrificada en aras de una seguridad aun inconquistable, y el recuerdo de una rotunda sentencia de Benjamin Franklin agrega inquietud al temor: "Aquellos que abandonan una libertad esencial en aras de una seguridad temporal, no merecen ni la libertad ni la seguridad".
La autora es escritora.