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Editorial II

El valor del perdón

Opinión

Hay noticias que no alcanzan en los medios de comunicación masiva la difusión que merecerían. Los editores de los órganos periodísticos deberíamos analizar con amplio espíritu de autocrítica nuestro comportamiento cotidiano a fin de establecer por qué razón ciertos sucesos extraordinariamente aleccionadores pasan a veces inadvertidos en el fárrago de informaciones, en ocasiones insustanciales, que se vuelcan en las páginas de los periódicos o en las pantallas de los televisores.

El 8 del actual se registró en Esquel, provincia de Chubut, un hecho que puede ser considerado pequeño si se lo mide en función de sus efectos visibles e inmediatos, pero que adquiere una impresionante dimensión si se lo analiza por su proyección sobre los valores permanentes que iluminan y dignifican la condición humana.

Una mujer -una madre argentina- estaba asistiendo al juzgamiento del asesino de su hijo. De pronto, pidió públicamente autorización para acercarse a él y le manifestó que lo perdonaba, a pesar del inmenso dolor que su crimen le había causado. Y le pidió que se acercara a Dios.

En presencia de quienes asistían a la audiencia, la madre del joven asesinado enfrentó al supuesto autor de esa muerte con estas palabras: "He aprendido que sólo la oración puede calmar mi dolor. Ayer, cuando fui a la iglesia, mientras rezaba ante la Virgen, pensé en que mi hijo está ya con Dios. Pero pensé también en vos, que sos tan joven. No he venido a hacerte daño. Sólo vine a pedirte que te acerques a Dios y a regalarte esto". Y le entregó un rosario. La crónica señala que el joven procesado, al recibir el obsequio, prorrumpió en un angustioso llanto.

Podríamos haber consignado los nombres involucrados en esta pequeña gran historia. Preferimos decir, solamente, que el joven asesinado tenía 27 años y que el supuesto responsable de su muerte tiene 25. Más importante que revelar la identidad de los personajes es exaltar el prodigioso valor del perdón como instrumento para transformar la realidad y para rescatar lo mejor del espíritu del hombre, aun en los casos en que es necesario rescatarlo de entre las más oscuras y tenebrosas profundidades.

En un mundo muchas veces extraviado y enfermo, sólo quien sabe perdonar es capaz de cambiar al prójimo y de cambiarse a sí mismo. Así lo enseñan las religiones milenarias. Pero así lo sugiere, también, la propia naturaleza del hombre, fuente de las más sorprendentes contradicciones y de los más alentadores e inesperados procesos de recuperación moral.

La historia de esta madre que fue capaz de perdonar al asesino de su hijo debería servirnos de ejemplo a los argentinos -a todos sin excepción- para que nos decidamos a cerrar definitivamente las heridas del pasado y a dejar atrás las secuelas del tiempo en que fuimos asolados por la intolerancia y por el terrorismo en sus múltiples modalidades.

Es hora de que aprendamos el valor incalculable del perdón como instrumento de unión y reconciliación nacional, y como base para la plena reconstrucción de las instituciones de la República, en un auténtico contexto de paz social, solidaridad y respeto al pluralismo. .

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