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No hay discurso sin nuestra voz

Por Carlos Fuentes Para LA NACION

Sábado 02 de diciembre de 2006

CIUDAD DE MEXICO

En el año 2000, al celebrarse la primera reunión del Foro Iberoamérica aquí mismo, en la capital mexicana, nos propusimos abrir un espacio de diálogo entre tres estamentos iberoamericanos que rara vez se encuentran al mismo tiempo. Hemos visto, en estos seis años, que no hay globalidad que valga sin localidad que sirva. No hay mercado global sin mercado local. No hay información global sin información local. No hay relación internacional sin política nacional. Y no hay, localmente, Estado o empresa suficientes para cubrir los territorios cada vez más amplios de la educación, el avance tecnológico, las iniciativas desde abajo, la capacidad del barrio, la pequeña empresa, la cooperativa agraria, y más allá, de cada persona y de cada familia para identificar y diversificar con autonomía sus gustos, sus filiaciones, sus identidades múltiples.

Quienes hablamos, pensamos y a veces hasta soñamos en español y portugués, sabemos que el océano Atlántico no es una barrera sino un puente. Puente fluido que nos hace copartícipes, en todos los sentidos, de las oportunidades y de los problemas del mundo en el que vivimos. La gran constelación cultural de las dos orillas es única en el mundo. Rubén Darío es un poeta español y García Lorca es un poeta nicaragüense. El brasileño Machado de Assis es inseparable del argentino Jorge Luis Borges. No sucede lo mismo en ningún otro universo lingüístico moderno, pese a Shakespeare. La unidad cultural del mundo iberoamericano nos impone, como precio de entrada, el derecho de hablar junto con la obligación de actuar. La palabra exige la acción. Pero la acción requiere de la palabra. Ambas, palabra y acción de Iberoamérica, tienen un lugar en el gran diálogo del mundo. No hay discurso sin nuestra voz. Hagámoslo escuchar.

En 2000, había la impresión de que salíamos del refrigerador de la Guerra Fría... Salimos para entrar a un mundo de cooperación internacional regida por normas de derecho: el nuevo orden internacional anunciado por el presidente George Bush padre, el mundo independiente deseado por el presidente Bill Clinton. Lejos de ello: las oportunidades de un orden multilateral fueron negadas por el espejismo de un desorden unilateral que, fundado en los débiles cimientos del orgullo y la ignorancia, creyó que el mundo global podía ser ordenado por una sola fuerza.

El saldo de numerosos fracasos, la emergencia previsible de nuevas potencias o grupos de naciones, las amenazas reales de terrorismos de variada estirpe, pero también la pobreza y la injusticia, nos han devuelto a la clara y dura necesidad de rescatar un orden internacional creado, en palabras de Felipe González, por todos, no por la supremacía de un solo poder.

¿Qué le damos los iberoamericanos al mundo? Creo que nada más y nada menos de lo que somos capaces de darnos a nosotros mismos. En pocas palabras: democracia con seguridad pública y personal. Democracia con justicia social y desarrollo equitativo. Lo que entorpece nuestro camino son los escollos de la democracia con violencia. La democracia con pobreza. La democracia con impunidad. La democracia sin justicia tras el derrumbe de atroces dictaduras apuntaladas por la guerra fría. Hemos alcanzado sistemas e instituciones democráticas que nos aseguran, en la mayoría de nuestros países, elecciones libres, parlamentos plurales, partidos fuertes, prensa independiente y ciudadanía participativa. Pero todos estos logros coexisten con la mitad de nuestras poblaciones viviendo en diversos grados de la pobreza, con muchísimos latinoamericanos subsistiendo con ingresos de dos dólares diarios o menos, con millones de latinoamericanos excluidos de la vida económica, de las políticas educativas, e incluso de la participación política. Semejante exclusión, como ha advertido Enrique Iglesias, es insostenible. Nuestras democracias, si no resuelven o por lo menos son vistas en vías de resolver estos problemas, pueden ser avasalladas por tentaciones indeseables y tradiciones subyacentes.

No vivimos un choque de civilizaciones y aún no llegamos a una alianza de civilizaciones. Pero podemos anudar un diálogo de civilizaciones. Nuestro privilegio, nuestra personalidad iberoamericana, es indígena, africana, mulata, mestiza y, a través de Iberia, mediterránea, griega, latina, árabe, judía, cristiana y laica. Todo ello nos convierte en el espacio privilegiado, de Yucatán a Andalucía y de Minas Gerais al Algarve, para dialogar con los demás, que nunca serán los que sobran, los de menos, sino los que aún no abrazamos, los demás.

Somos –podemos ser– el microcosmos de la convivencia. El espacio iberoamericano posee una enorme pluralidad cultural. A partir de ella, participemos de una globalidad crítica, aportemos al mundo nuestra diversidad para impedir los dogmas monolíticos, aportando soluciones a los grandes capítulos postergados: la globalización no sólo de valores y mercancía, sino la internacionalización de trabajo y de la protección al medio ambiente. Revelemos, en el proceso globalizador, la riqueza de las identidades del mundo mediante la defensa de las diversidades del mundo. No temamos a nuestra propia fuerza.

Carlos Fuentes es escritor. Lo que antecede es parte de su discurso de esta semana en el VII Foro Iberoamérica.

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