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El Papa y el islam: las cartas sobre la mesa

LA NACION
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Mariano Grondona
Domingo 03 de diciembre de 2006

El 12 de septiembre de este año, cuando Benedicto XVI pronunció en Ratisbona, Alemania, una conferencia en la cual sostuvo que ninguna de las grandes religiones monoteístas (el cristianismo, el judaísmo y el islam) puede sostener la violencia sin negarse a sí misma, esta tesis, sumada a la cita de un emperador bizantino que criticaba al islam por propiciar la violencia justamente en el siglo XV, cuando el Imperio Otomano estaba por tomar Constantinopla, suscitó amplias reacciones negativas no sólo entre los musulmanes, sino también entre los propios cristianos.

Muchos pensaron entonces que el Papa había cometido una peligrosa "imprudencia". Llevados por esta primera interpretación, muchos creen que el Papa ha prodigado gestos conciliatorios esta semana durante su visita a Turquía, donde predomina abrumadoramente el islamismo, precisamente para remediar el supuesto paso en falso de hace tres meses. De acuerdo con esta interpretación, el Papa habría andado de septiembre a hoy un camino en zigzag.

Pero la conferencia de Ratisbona se prestaba también a otra interpretación, que, más que el comienzo de una línea en zigzag de corto alcance, sugería la existencia de una estrategia de largo alcance para la relación entre las grandes religiones monoteístas cuyo primer paso se dio en septiembre y cuyo segundo paso se ha dado ahora, en Turquía. Esta línea de continuidad, que había nacido con el revolucionario acercamiento del antecesor de Benedicto XVI, Juan Pablo II, a judíos y protestantes, debía continuar en adelante con los otros dos grandes acercamientos que aún faltaban, con la iglesia cristiana ortodoxa y con el islam.

¿Por qué el gesto aparentemente "hostil" del Papa para con el islam en Ratisbona podía interpretarse de esta otra manera? Porque, al sostener que las grandes religiones monoteístas ya no pueden acoger hoy a la violencia como todas ellas lo hicieron en el pasado, Benedicto XVI, lejos de discriminar a los musulmanes, los había llamado a la mesa del diálogo proponiéndoles una base en común: la renuncia definitiva a la violencia por parte de cristianos, judíos y musulmanes, en busca de una mirada convergente hacia el único Dios que todos ellos adoran.

Según esta segunda interpretación, Benedicto XVI prolongaba el impulso ecuménico iniciado por Juan Pablo II, de quien fue el principal asesor, en coincidencia con la evaluación profética de la historia que había anunciado el beato Joaquín de Fiore en el siglo XII, ya citado por el papa actual cuando todavía era el cardenal Ratzinger. Según la visión de De Fiore, a la "edad del Padre", encarnada en la religión judía, había seguido la "edad del Hijo", propia de los cristianos, pero la historia debería rematar un día en la "edad del Espíritu Santo", abierta al diálogo ecuménico entre las grandes religiones monoteístas.

Así pensó Juan Pablo II y así piensa Benedicto XVI: que ese futuro que De Fiore entrevió hace ocho siglos se instala, hoy, entre nosotros. Más allá de la supuesta "ruptura" entre ambos papas, entre un papa dialoguista y un papa supuestamente "duro", hay entre ellos una profunda afinidad. (Ver, en tal sentido, la columna La oportuna imprudencia de Benedicto XVI , del 24 de septiembre).

El monoteísmo

La visión religiosa que prevaleció entre los antiguos antes del judaísmo fue el politeísmo , que quiere decir "muchos dioses", hasta que apareció entre los judíos lo que Naomí Pasachoff y Robert Littman llaman, en su Concisa historia del pueblo judío , la monolatría , a la que también había llegado el faraón egipcio que primero acogió y después persiguió a Moisés. Mientras en el politeísmo cada pueblo veneraba su propio dios, la "monolatría" llevó a pensar que había un dios más fuerte que los demás. Yahvé fue considerado el único todopoderoso frente a los demás hasta que terminó por ser considerado el único Dios verdadero, mientras los demás se esfumaban en supersticiones y leyendas. Este es el Dios que se definió a sí mismo diciendo "Yo soy el que soy" y, delante de Moisés, nos dio los Diez Mandamientos.

Pero primero los cristianos y después los musulmanes, continuando de un lado la tradición monoteísta del Antiguo Testamento, impugnaron del otro la visión judía de ese único Dios, reemplazándola por la suya. Durante siglos, así, judíos, cristianos y musulmanes reclamaron cada uno a la suya como la visión verdadera del único Dios, llegando en ocasiones a extremos de violencia recíproca pocas veces vistos en la historia.

Esta es la visión fanática que, mientras es dejada gradualmente atrás por cristianos y judíos, pretenden defender todavía hoy a sangre y fuego los fundamentalistas de Ben Laden, dando a la expresión "guerra santa" del Corán, jihad , una interpretación bélica en lugar de la interpretación espiritual, de lucha por la perfección y la santidad, que también es propia del islam.

Benedicto XVI, al excluir la violencia de las percepciones auténticamente religiosas de nuestro tiempo, no sólo critica entonces los fundamentalistas violentos, sean ellos judíos, cristianos o musulmanes. Llama además, como lo hizo en Ratisbona, a la auténtica mayoría de los musulmanes: la de aquellos que, al igual que la mayoría de los judíos y los cristianos, se hallan espiritualmente preparados para la gran reconciliación.

En Estambul

En Estambul, el Papa produjo dos gestos cuya trascendencia es imposible disimular. Frente al líder espiritual de 250 millones de cristianos ortodoxos, el patriarca Bartolomé I, comprometió a la Iglesia a terminar el Gran Cisma de Oriente, que se produjo entre Roma y Constantinopla hace cerca de 1000 años. En la Mezquita Azul, junto al imán que la preside, oró mirando a la Meca ante el único Dios que ambos reconocen. Inició de este modo las dos reconciliaciones que todavía faltan: con el cristianismo ortodoxo y con el islam.

El gesto nunca visto de un papa orando hacia la Meca quedará en la historia como el comienzo del único paso que los monoteístas deberán, ahora, completar. Ya no creer que hay un Dios más fuerte que los otros, como en los tiempos iniciales de la "monolatría". Ya no creer tampoco que el Dios cristiano, Yahvé y Alá son tres únicos dioses "distintos". Creer en cambio que hay un único Dios al que unos llaman Dios, otros Yahvé y otros Alá, dándole nombres distintos pero invocando al unísono al único Dios verdadero, al que incluso los cristianos pueden adorar como acaba de hacerlo el Papa, mirando a la Meca desde la más encumbrada de las mezquitas.

El monoteísmo inicia así la última etapa de su milenaria evolución. Ya no hay muchos dioses. Ya no hay un Dios más poderoso que los demás. Ya no hay un solo Dios, "el nuestro". Ya hay un único Dios, que es al mismo tiempo el de los judíos, los cristianos y los islámicos, al que cada pueblo monoteísta puede adorar a su manera sin descalificar por eso la adoración de los demás. Un Dios que no es tres en uno solamente como lo piensan los cristianos en el dogma de la Trinidad, sino también uno y tres porque las tres grandes religiones monoteístas que convocan a más de dos mil millones de personas lo adoran como a uno solo, bajo nombres distintos, con las manos entrelazadas del diálogo y ya no, definitivamente, con las manos ensangrentadas de la violencia.

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