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El hombre que está solo y escribe

Fijó su residencia definitiva en Montevideo, obligado por la enfermedad de Luz, su esposa. El regreso a su país de origen trajo, en abril de este año, la muerte de la mujer a la que amó por seis décadas. Pese a la tristeza, el uruguayo sigue escribiendo. “Cuando me dejan”, confiesa

Domingo 10 de diciembre de 2006

La intersección de Zelmar Michelini con 18 de Julio está en el corazón de Montevideo, una ciudad capital habitada por apenas 1.400.000 personas. Todo parece hecho a escala humana: abundan las pastelerías y los almacenes pequeños, no hay congestionamientos de tránsito y tampoco predominan los edificios ultramodernos, sino la arquitectura antigua de estilo europeo. En esta esquina, una tienda de telas vende toallas y cortinas en oferta. Al frente, la librería Puro Verso reúne en la parte más alta de su estantería la obra de Mario Benedetti, el máximo exponente vivo de las letras uruguayas.

Benedetti vive justamente en esa esquina, en el séptimo piso de un edificio de departamentos. Aunque dice que hasta hace poco los médicos no lo dejaban salir a la calle, el conserje sabe perfectamente quién es el hombre que vive en el 702.

–¿Vas donde Mario?, inquiere, severo, antes de dar las instrucciones para manipular el viejo ascensor.

Benedetti no está solo, pero está solo. Por estos días cuenta con la compañía de su hermano Raúl y de su secretario, Ariel Silva, que se encarga de las entrevistas, los libros, los compromisos. Pero desde que Luz López, su esposa, murió, el 13 de abril pasado, Benedetti se ha recluido. Buscó refugio en sus poemas, y también en ese departamento al que regresó cuando la enfermedad de su mujer no dio más treguas.

Benedetti tiene 86 años y les ha ganado la pelea a los achaques. Los médicos lo han autorizado a salir a la calle, con el compromiso de que camine. Allí, en el tranquilo centro de Montevideo, la empresa no sería difícil si no se tratara de una celebridad literaria como él.

–¿Se siente cómodo al vivir en el centro?

–A mí me gusta mucho el centro. A mi hermano le gusta más la costa, Pocitos. Pero yo me siento cómodo acá.

–Pero es fácil que lo reconozcan en la calle. Imagino que si sale tiene dificultades.

–Sí, tengo problemas, sobre todo para salir por la 18 de Julio, que es la avenida principal. Ya ni salgo ahí. Me piden autógrafos; a veces muchachas lindas me piden besos. Esa es la parte buena. Vamos a ver si cuando entre más el verano me voy a caminar a la costa, a la rambla. Para que sea provechoso, tiene que ser con paso regular. Acá estoy parando a cada rato.

Aquello no se aplica a su labor literaria, porque Benedetti no para de escribir. Sumando novelas, libros de cuentos y de poesía, obras de teatro, ensayos, críticas literarias, canciones y antologías, el uruguayo ha publicado 89 libros, más de 1200 ediciones traducidas a más de 25 idiomas. Luego de que el sello Seix Barral reeditó en 2006 el tercer volumen de su obra poética completa, Inventario tres, el autor publicó en septiembre un nuevo compendio de poemas, llamado Canciones del que no canta. Es su primer libro, luego de la muerte de Luz, y su recuerdo cruza irremediablemente buena parte de los versos. A estas alturas, Benedetti parece haber escrito sobre todo el amor, el humor, la fe, la política; sin embargo, no se detiene. La literatura sigue siendo su refugio final.

Alma sola

Nacido en la ciudad uruguaya de Paso de los Toros, en septiembre de 1920, Benedetti fue bautizado Mario Orlando Brenno Hardy Hamlet. Antes de comenzar a escribir se ganó la vida como taquígrafo, y trabajó por quince años en una inmobiliaria. Muchos de sus textos retratan, justamente, la rutina del oficinista de clase media, y también el dolor del exilio. Ha sido galardonado por Amnistía Internacional con la Llama de Oro; recibió el premio Internacional Menéndez Pelayo y el Reina Sofía, entre otros. Su libro más vendido es la novela La tregua, y los versos de sus poemas Táctica y estrategia y Te quiero convertidos en canción forman parte de la memoria colectiva latinoamericana.

El departamento es soleado y cálido, lo que le permite al escritor vestir una camisa de manga corta, un suéter y un pantalón livianos, y zapatillas. En las paredes, por todas partes, abundan libros. Más allá está su escritorio. Es el escritorio de un hombre ocupado: lleno de papeles.

–¿Cómo consigue mantenerse vigente?

–Yo escribo lo que me va saliendo de adentro. Por lo menos me mantengo vigente con los lectores, que eso es muy estimulante para mí, sobre todo cuando son jóvenes. Como siempre, mi literatura ha estado muy influida por la realidad. A medida que la realidad ha ido cambiando, a veces también ha ido cambiando mi literatura en sus temas, pero no en el enfoque de la realidad.

–¿Tiene una rutina diaria de escritura?

–Escribo cuando me dejan. Estoy muy acosado por entrevistas, cuestionarios, gente que me manda sus libros para que opine sobre ellos. A veces, aunque no esté escribiendo estoy elucubrando algún tema. Pero cada vez me resulta más difícil encontrar temas para poemas que no haya tratado ya. No quiero repetirme. Me cuesta más encontrar los temas que el poema mismo.

–Debe ser difícil recibir manuscritos de quienes, probablemente, lo admiran, y esperan que usted los aliente.

–No siempre los libros son para alentar. A veces no contesto, y otras veces digo lo que me parece que está bien y lo que me parece que no está tan bien. Tratando de serles útil. Pero bueno, cada uno sabe qué hacer con los consejos ajenos. Generalmente es gente joven, aunque de vez en cuando algún veterano me manda sus cosas.

–¿Siente que la literatura puede ser, todavía, una forma de resistencia?

–La literatura no tiene influencia sobre los gobernantes en general, pero sí sobre los pueblos. Es importante que la literatura pueda servir para aclararle cosas a la gente. Ya eso es suficiente como mérito.

–Con la tecnología, ¿cómo se lleva?

–He escrito siempre y sigo escribiendo a mano, en unas libretas chicas. Después lo paso a la computadora. Me es muy útil, no sólo porque después se imprime, sino porque viendo el texto en la letra impresa le descubro errores que no había visto en el manuscrito. A veces vuelvo a hacer correcciones en la computadora y a copiarlo otra vez. Un poema, antes de que pase a integrar el libro, lo he copiado cuatro o cinco veces de la computadora. A veces también lo doy a leer. A muy poca gente, de confianza. Ariel, que es mi secretario, es un muy buen juez, y muchas veces me señala algún error. Y mi hermano también. Pero no soy de los que dan a leer el inédito a todo el mundo.

–¿Qué piensa de haber marcado a generaciones con sus poemas de amor?

–Prefiero que haya sido con los de amor y no con los de desamor. Por lo menos nadie me ha acusado de que haya provocado divorcios. Si sirve para cosas buenas, mejor; es un estímulo. Recuerdo una experiencia muy curiosa que me pasó en Guadalajara. Habíamos dado ese recital que hacíamos con Daniel Viglietti, A dos voces, y después nos pusieron en una habitación para quienes querían que les diéramos autógrafos. Vinieron un hombre y una mujer y me dijeron: "Queríamos saludarlo porque nosotros estuvimos casados; ahora estamos separados, pero nos conocimos por un poema suyo". Yo me quedé en Guadalajara y un día que estaba firmando en una librería estas dos personas volvieron a aparecer. Me dicen: "Vinimos de nuevo a saludarlo porque estuvimos leyendo otra vez sus poemas y nos vamos a casar de nuevo". Esa fue una cosa curiosa, ¿no?

Benedetti se seca las lágrimas con disimulo.

Ha terminado la frase emocionado y no será la primera vez que la nostalgia lo invada y eche afuera la tristeza. El escritor que soportó un exilio de doce años en la Argentina, Perú, Cuba y España, que esperó con fortaleza el momento de reencontrarse con la esposa que se había quedado en Uruguay cuidando a las madres de ambos, ahora no consigue recobrar del todo la alegría.

Como si alguien le hubiese pedido explicaciones, Benedetti escribió versos reveladores en su último libro: "De ahora en adelante/ aunque comparta el tiempo con cercanos/ con los míos de siempre/ y pregunte y responda y hasta ría/ mi alma estará sola en su guarida/ con su resignación involuntaria/ rodeada de memorias imborrables/ e insomnios invadidos de tristeza/ y así una noche llegaré en silencio/ al borde de mi último destino".

La razón de la soledad, de la resignación, del insomnio y de la tristeza es de una obviedad demoledora. Luz ha muerto.

Regreso a casa

La biblioteca que tiene en su departamento de Montevideo debe sumar unos 7 mil ejemplares, según el conteo que lleva Ariel Silva, su secretario. Una colección similar existía en Madrid, donde pasaba la mitad del año antes de que Luz enfermara. Cuando decidió regresar definitivamente a Uruguay, donó esos libros a la Universidad de Alicante, con la que mantiene una relación especial. Allí tienen un centro de literatura latinoamericana que lleva su nombre; allí recibió su primer doctorado honoris causa. Ahora que vive su "desexilio", como él bautizó el retorno a su país, extraña España y los amigos que dejó.

–¿Hace cuánto tiempo que está instalado, definitivamente, en Montevideo?

–Esa instalación, como decís, me vino un poco por la enfermedad de mi mujer, que murió el 13 de abril pasado. Ibamos y veníamos de Montevideo a Europa, y ella comenzó con unos síntomas extraños, que los médicos de España diagnosticaron como mal de Alzheimer. En Madrid tengo muy buenos amigos, pero todos tenían su trabajo, sus preocupaciones; no era fácil quedarme ahí con el futuro de la enfermedad de mi mujer. Entonces regresamos. Un tiempo estuvo viviendo conmigo, pero después la tuve que internar en una casa de salud, por los constantes análisis. Era muy complicado. Yo la iba a ver todos los días. Por razones de mi propia salud, los médicos no me aconsejan los viajes. Hasta no hace mucho no me autorizaban siquiera salir a la calle.

–¿Es el asma la razón de esos cuidados?

–No, yo fui asmático sesenta años, pero después de una operación que me hicieron para sacarme un cálculo de la vejiga, se me fue el asma. Algunas veces me ataca un poquito, más bien por razones nerviosas, por algún disgusto. Se me va rápido.

–¿Nunca fumó?

–Nunca. Sólo una vez un habano, en Cuba, que me obligaron a fumarlo y estuve desmayado como dos horas. Cuando empecé a recuperarme, como todavía tenía los ojos cerrados, lo primero que oí fue que los cubanos decían "me parece que el compañero se nos murió". No me había muerto, por suerte.

–De este regreso, la enfermedad de su mujer debe de haber sido lo más difícil.

–Es que con la enfermedad y la muerte de mi mujer comenzó una etapa dolorosa para mí. Al poco tiempo murió mi cuñada; murió la madre de Daniel Viglietti, con quien yo he hecho muchos espectáculos; murió la madre de mi abogada; murió el hijo de una prima hermana, en un naufragio. ¡Yo qué sé! Una cantidad de muertes y accidentes. La literatura ha sido un poco el refugio para esas cosas. A veces ha entrado como tema.

El escritor no abunda en esos recuerdos, aunque sí lo hace por escrito. La muerte de Luz aparece en uno de sus últimos versos: "Antes de su final inmerecido/ Luz abrió por última vez sus ojos/ y su mirada fue una despedida/ nunca podré olvidar/ esos ojos tan míos/ resumiendo una vida/ dando un amor postrero/ más o menos consciente/ del temblor de mis manos".

Abanico de recuerdos

Mientras publicaba sus primeros libros sin conseguir que eso le diera para vivir, Benedetti trabajó como periodista. Fue crítico literario y también cronista de fútbol. Escribía una crónica humorística en la que se reía de los avatares de Peñarol o de Nacional, el equipo del cual ha sido hincha por años. Aunque las alegrías del fútbol uruguayo son del pasado –fueron dos veces campeones olímpicos y otras dos campeones mundiales–, Benedetti parece francamente contento cuando habla de fútbol, tema que abordó, también, en uno de sus cuentos más celebrados, Puntero izquierdo.

"Sí, soy hincha de Nacional", afirma con fuerza, mientras coloca las manos en puño.

–En algunos libros suyos hay epígrafes de Vicente Huidobro. ¿Le interesó como poeta?

–Sí, cómo no. Me interesó mucho. A pesar de que era un poeta medio raro, bien especial, pero creo que leía los cambios que se estaban dando en la poesía. De vez en cuando lo leo todavía. También me gustaba Pablo Neruda; fui su admirador, pero no influyó en mi poesía, como sí lo hizo el peruano César Vallejo. Neruda fue un gran poeta; yo lo conocí: él venía a menudo a Montevideo y paraba en casa de un amigo. Este amigo, que era amigo nuestro también, nos invitaba.

–Y a Nicanor Parra, ¿lo conoce?

–También. Nicanor es otra cosa. Nos vinculamos por el lado del humor y del disparate. Era un cultor del disparate. ¿Vive?

Benedetti se sorprende de la longevidad del antipoeta, que tiene 92 años. "Yo sabía que era mayor que yo, pero no cuánto", dice.

Se entera entonces de los últimos artefactos hechos por Parra. De los colgados en su polémica exposición en el subsuelo de La Moneda, la casa de gobierno en la capital chilena.

–Ha sido su estilo –explica–. Yo creo que Nicanor Parra ha sido un creador, casi genial, del disparate. Es algo que a veces en la literatura hace falta.

El disparate de Parra lo lleva, por fin, a reírse a carcajadas. Por un rato, al menos. No hay olvido para Benedetti; fue él quien dijo que el olvido está lleno de memoria.

Por eso, quizás, en el citófono que corresponde a su departamento todavía se puede leer el nombre de su esposa: Luz López. La que lo trajo de regreso a casa.

Por Marcela Escobar/ El Mercurio / GDA

Benedetti escogido

Mario Benedetti nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, departamento de Tacuarembó, Uruguay. Desde sus 4 años, sin embargo, vivió junto a su familia en Montevideo. Cursó la escuela primaria en el Colegio Alemán, y desde muy pequeño escribió cuentos y poemas.

Los problemas económicos de su familia lo obligaron a completar sus estudios secundarios como alumno libre y a trabajar desde muy joven. En 1946 se casó con Luz López, de quien enviudó en abril de este año.

Algunas de sus obras más destacadas son:

-La tregua.

Publicado en 1960. Reeditado por Seix Barral en 2000. La historia de amor de un oficinista viudo a punto de jubilarse y una muchacha mucho más joven marcó la internacionalización de su obra. Pese a que es el libro que más ha vendido, Benedetti ha declarado que no lo considera su mejor texto.

-Primavera con una esquina rota.

Publicado en 1982.Reeditado por Editorial Sudamericana en 2001. Escrita mientras vivía en el exilio, aborda desde distintos personajes la temática del desarraigo y del fin de los sueños, intercalando su propia experiencia en algunos capítulos.

-Antología poética.

Publicado en 1994. Colección Austral, Espasa Calpe. Benedetti había hecho una antología de poemas en Inventario uno.

Esta colección incluye clásicos como Táctica y estrategia, Te quiero, No te salves, Hagamos un trato y El sur también existe.

-Inventario tres.

Publicado en 2004. Seix Barral, reeditado en 2006. Esta colección reúne los poemas que Mario Benedetti publicó en los libros editados entre 1995 y 2000, como El olvido está lleno de memoria, La vida, ese paréntesis, Rincón de haikus y El mundo que respiro.

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