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La antigua y dura tarea de cosechar maíz a mano

Este texto mereció el Tercer Premio en el Concurso Rincón Gaucho en la Escuela, por el nivel Polimodal

Sábado 16 de diciembre de 2006

Si retrocedemos en el tiempo cinco décadas, comprobaremos el avance de la tecnología, tanto en el sector agropecuario como en otros.

Si observáramos las escenas de la cosecha del maíz en la actual campaña agrícola, con modernas máquinas que agilizan el trabajo, y las comparáramos con las que circulaban por el campo medio siglo atrás, veremos que el trabajo ocupaba a hombres, mujeres y niños, y notaremos un gran cambio en la vida de la sociedad.

El maíz, en aquellos tiempos, era el cereal que más hectáreas cubría en la Argentina. Se cultivaba principalmente en Santa Fe, Buenos Aires y Córdoba.

Trilla de maíz, por Gastón Bourquín, circa 1915
Trilla de maíz, por Gastón Bourquín, circa 1915. Foto: Colección Museo de la Ciudad de Buenos Aires

Trabajo a mano

Familias enteras participaban de la recolección. La mayoría de ellas provenía de las provincias de San Luis y Córdoba.

Esta era una vida bastante sacrificada. Todos hacían un esfuerzo de gran magnitud. Las jornadas se extendían de sol a sol, de abril a agosto. En esos crudos inviernos, las espigas se congelaban durante la madrugada y dañaban las manos de los juntadores.

Ya a principios de abril, las zonas agrícolas se preparaban para la llegada de los juntadores de maíz , que serían contratados para la cosecha.

Cada uno llevaba ropa, utensilios de cocina y cobijas. Todos tenían, además, su maleta para colocar las espigas. Esto era, en verdad, un cilindro de lona en cuya parte inferior se ponía un cuero para que resbalara con más facilidad por los surcos.

Las espigas estaban a la altura de las manos. Una vez cortadas y, antes de colocarlas en la maleta, el juntador las separaba de la cubierta de chala con una aguja (punta de acero y mango de cuero).

En el lote se ubicaban unas bolsas rastrojeras de yute, con hilado muy grueso, donde los juntadores vaciaban sus maletas. Cuantas más bolsas se llenaran mayor sería la ganancia, por eso muchos recolectores trabajaban toda la semana, incluso el domingo.

Para proteger la ropa, que se desgastaba mucho, se compraban una lona y se cubrían de la cintura a los pies (la sujetaban al cuerpo con un cordón, le hacían un corte vertical a la mitad y la cosían casi al llegar abajo, para aferrarla a las piernas).

La troja

Cuando se llenaba la bolsa rastrojera venía el colono (dueño del cereal) con una chata a caballo que, en realidad, era un carro tirado por caballos, con un guinche que levantaba las bolsas. La producción terminaba almacenada en el silo o troja.

La troja era de alambre y caña con un palo alto al costado. Vaciaban de a una bolsa por vez en un carrito que se elevaba por el cable de troja , sostenido por el palo. Cuando el carro encontraba su altura máxima, una cuerda tensaba la compuerta inferior del carro hasta abrirla y caían las espigas dentro del silo. En tanto, en el otro extremo del silo, un caballo subía y bajaba el carro. Cuando todas las espigas habían caído, el animal giraba sobre su recorrido y al volver permitía que el carro bajara. Después, se acomodaba para subir otra bolsa.

Precariedad

Cuando el juntador era contratado, el colono le asignaba un lugar para que viviera, que podía ser el galpón de la chacra, o le facilitaba dos o tres chapas para que se construyera una vivienda precaria, que ellos denominaban carpa . Con cañas y chalas levantaban las paredes y el piso, de tierra, era cavado unos cincuenta centímetros.

Con bolsas rastrojeras y también chalas hacían sus camas. La cocina era un fogón en el patio, donde se ubicaban los enseres y se tendía la ropa.

La mayoría de las veces, el colono le proveía de agua y alimentos y en caso de que los niños estuvieran enfermemos les facilitaba medicamentos o los llevaba al médico.

Este trabajo, que dio sustento a miles de familias, empezó a quedar en el pasado en la década del cincuenta, a medida que los adelantos tecnológicos ganaban terreno en las rutinas productivas.

La autora es alumna del segundo año en el Instituto Adelia María, de esa localidad cordobesa.

Otras voces, otras ámbitos

Esta nota cierra una serie dedicada a los ganadores del concurso Rincón Gaucho en la Escuela 2006. Los veinte textos que obtuvieron menciones especiales y estos seis que fueron publicados en los últimos sábados formarán parte de un libro que se distribuirá en forma gratuita en todas las escuelas del país, bibliotecas populares e institutos de formación docente, a principios del año próximo. Esa obra, que formará parte de la Campaña Nacional de Lectura, del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, contendrá también citas de autores de diferentes épocas que recrean los cambios en el paisaje y en la producción rural.

El libro sostendrá una esperanza: que esas historias de realidades contrastantes sean un aporte a la integración del mapa cultural y geográfico, que provoquen eco y que incentiven la vocación por contar. Será un libro con espíritu viajero, que llevará y traerá otras voces, otros ámbitos. Otras voces, otros ámbitos

Por Ayelén Tarditi Barra Para LA NACION

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