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¡Viva la reina!

Suplemento Cultura

El filmde Sofia Coppola, María Antonieta, revela hasta qué punto Versalles estaba sometida a la dictadura del consumismo y de lo chic

Momento de gracia: impensada, encantadora y rubia, María Antonieta aparece en el revuelo de la actualidad. La trae Sofia Coppola con su tercera película, Marie Antoinette , basada en la biografía de Antonia Fraser. Después del imprevisto éxito internacional de Perdidos en Tokio , creció a ritmo exponencial la expectativa en torno a la directora norteamericana. Para prueba basta un festival: Marie Antoinette fue invitada al de Cannes, farandulero y esnob, donde una parte del público la abucheó mientras los otros dos tercios aplaudían de pie. Uno está entre los que ovacionan la obra, agradecido y entusiasmado.

Sofia Coppola, artista del cine, libre de veleidades falsamente intelectuales, dedica a Marie Antoinette una mirada sumamente personal, entre celebratoria y melancólica, sostenida por una inmensa confianza en el poder de lo bello. Y -se impone agregar- a años luz de las cursilerías y torpezas del credo de lo políticamente correcto, lo que explica sin duda la virulencia de ciertas reacciones.

Del arco de la vida de Marie Antoinette, fértil en circunstancias de excepción, Sofia Coppola eligió la fase ascendente. Ahorrándonos el tedio de los frescos históricos, privilegia la crónica de las emociones. Cristaliza el personaje en sus roles de princesa impetuosa y de reina deslumbrante y prefiere asomarse discretamente a la desdicha final. Así logra, inesperadamente, un film de fiesta, que nos devuelve el placer de ser espectadores.

Pero, inteligente y sobria, no se conforma con encantarnos sino que además nos hace sentir cómplices de las maniobras que inducen ese encanto. Es decir que crea espectáculo -sus imágenes nos atrapan- y al mismo tiempo reflexiona sobre la espectacularidad -revela el revés de sus imágenes-. Su mirada, en resumen, es de lo más actual.

Bastaría la serena sofisticación del film para justificar el elogio, a tal punto el manejo certero del artificio se ha vuelto hoy una cualidad rarísima. Todo el cine, aun el naturalista, es juego de apariencias. Sofia Coppola afronta -y domina- nada menos que los artificios potenciados de la Francia rococó, uno de los ápices históricos del preciosismo. Se ha atrevido a reinventar esa sede central de la teatralidad -de la vida cotidiana como representación permanente y exaltada- que fue Versalles y lo hace con una bienvenida frescura, sin caer jamás en la grandilocuencia decorativa ni en la servidumbre museográfica.

Practica en cambio el tráfico de siglos y, como si un túnel secreto comunicara el Dix-huitième con el nuestro, lleva y trae del uno al otro atmósferas y referencias. Piezas de Rameau conviven en la banda de sonido con temas rock y pop . Entre la profusión de zapatos exquisitos alineados a los pies de la Delfina, se asoma un par de Converse rosa. La toma de rapé se confunde con el saque de cocaína; la pipa de tabaco, con la de marihuana. La corte habla un inglés sencillo, con una total variedad de acentos. Los decorados y el vestuario participan activamente de estos intercambios; fieles en su esencia y en los detalles al espíritu y la manera de aquella era, no dejan sin embargo de ser una recreación imaginativa, visión mucho más que revisión.

Se ha subrayado la continuidad temática de los tres films de Sofia Coppola, cuyas protagonistas son muchachas en conflicto con el entorno inmediato y con las condiciones de pasaje a la feminidad adulta: las hermanas inescrutables, extraviadas, de The Virgin Suicides ; Charlotte, la americana despistada en Tokio; finalmente ahora, la chica de catorce años "vendida como una esclava", como señala Antonia Fraser, para sellar la alianza entre Habsburgos y Borbones, dinastías antagonistas, sola y atolondrada en el laberinto de perfidias de Versalles. (Kirsten Dunst, aquí estupenda, era ya la protagonista del primero de estos films.)

En las condiciones impuestas a Marie Antoinette, llegar a ser una mujer ante el mundo significa aceptar que toda su singularidad sea absorbida y redefinida por la institución matrimonial. Debe ser esposa y madre de reyes de Francia. Sofia Coppola insiste en este punto, como para marcar una huella en la narración. Los esfuerzos de la princesa, insuficientes primero y luego patéticos, por excitar los ardores conyugales terminan resultando grotescos ante la indiferencia maciza -en los hechos la patología persistió por siete años- del futuro Luis XVI.

Otro tema guía del relato es el desconcierto y la frustración de l Autrichienne ante las férreas constricciones del ceremonial de la corte. Desde el momento en que despierta, Marie Antoinette se topa con una platea de figuras de la corte atentas a sus menores gestos, asignadas en permanencia y como un privilegio a su servicio. "Todo esto es ridículo", observa, tímida y cómplice, cuando una ronda de camareras ilustres, duquesas y princesas de sangre real, deben irse cediendo, según el rango, el honor de ponerle su lencería, mientra ella, desnuda, se hiela. "Todo esto, Madame, es Versalles", le responde, dogmática, su primera dama de honor, la inflexible condesa de Noailles, que Marie Antoinette no tardaría en bautizar Madame Etiquette y que en el film la excelente Judy Davis interpreta como una criatura refinadamente mecánica, movida sólo por la pasión del ritual y conmovida sólo ante la eventualidad de una infracción a las reglas del protocolo.

Justamente la codificación de las conductas y del gusto erigida en ley -a la que parece sólo escapar Luis XV, el viejo monarca libertino- es otro gran motivo de la narración. Luis XIV había concebido Versalles como un espacio cerrado sobre sí mismo, un centro de poder hermético, donde tenía bajo control a la nobleza tumultuosa y había lanzado modas y dado índole institucional a la frivolidad, los placeres, el afán de refinamientos para que el ocio ocupara y anestesiara a sus eventuales oponentes.

Porque es una estrategia de escape, la elección consciente de lo superficial como valor patrón y la organización de una suma de trivialidades en sistema de vida, la frivolidad exige rigor. Sofia Coppola capta con ojo moderno el fasto y la extravagancia de la corte, llegada, apenas un siglo después del Roi Soleil , a un punto de máxima decadencia. Constata los excesos frívolos y hasta los enfatiza. Toma sus distancias, nada es literal. Se sirve de la sensibilidad aniñada de Marie Antoinette para transformar Versalles en "un mundo de caramelos y tortas", de deliciosos colores de golosina (fresa, cereza, menta, pistacho, limón, lima) y a través de sus desenvueltas idas y vueltas en el tiempo, se permite instalarlo dentro de una fábula pop. Da al eufórico itinerario frívolo de la Delfina el formato acelerado de los videos musicales, la concisión narrativa de un dibujo animado.

Su Marie Antoinette es también nuestra contemporánea por la manera en que, con la euforia embriagadora de ser y de saberse joven, busca en fiestas brillantes y vibrantes, en el estrépito, en los juegos, en un episodio amoroso, las brechas por las que colarse del otro lado de las convenciones y poder allí reinventarse feliz, aunque fuera solo un segundo.

Y sufre, como se sufre hoy, del fetichismo de lo chic . La elegancia cree en las jerarquías sociales, de las que sirve muy justamente como signo exterior y por ella se regía el atuendo en el Versalles de los Luises. Esta Marie Antoinette practica en cambio esa suerte de antielegancia, sin connotaciones de clan y ávida de audacias que es lo que se llama el chic , que subvierte las categorías, mezcla referencias y conceptos y transforma sin jamás tomarse en serio la noción misma de estar vestido.

Igual que su heroína respecto al atuendo, Sofia Coppola opera, aguda y segura, con la materia cinematográfica. Tienen también en común la capacidad de conmover. Ojalá que el luminoso modo de contar de Sofia Coppola -pocas palabras y sencillas, imágenes elocuentes y espléndidas- prospere, perdure y haga escuela. La gracia es un atributo del que jamás nos hastiaremos.

El autor es periodista. Colaborador de Vanity Fair y de Vogue (Italia) .

Por Javier Arroyuelo Para LA NACION - BUENOS AIRES, 2006
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