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El genuino espíritu de una época

"Glorias porteñas". Nuestra opinión: Muy buena

Lunes 02 de febrero de 1998

Con Soledad Villamil, Silvio Cattáneo, Brian Chambouleyron, Carlos Viggiano yRafael Solano. Escenografía y vestuario: Margarita Jusid. Iluminación: Gonzalo Córdova. Dirección musical. Brian Chambouleyron. Puesta en escena:Nora Moseinco. La Trastienda (Balcarce 460).

El año último Soledad Villamil y Rita Cortese dieron el batacazo: se arriesgaron a protagonizar una particular propuesta de teatro musical basada en melodías de los años veinte. Aquel trabajo se denominó "Recuerdos son Recuerdos", uno de los espectáculos más interesantes de la temporada última.

La experiencia tuvo dos aspectos también fundamentales: el trío de músicos que acompañó al dueto de intérpretes y la presencia de los monologuistas (Pompeyo Audivert, para el estreno, y Alejandro Urdapilleta, para la reposición).

"Glorias Porteñas" es la continuidad de aquella tierna experiencia, pero, esta vez, sin Rita Cortese ni los monologuistas y con el eje puesto en melodías de la década del treinta.

El espectáculo propone una situación para la cual el ámbito de La Trastienda resulta ideal. El lugar se transforma en un club barrial donde se realiza una fiesta de beneficencia. El maestro de ceremonias, de la comisión de fiestas del club anfitrión, presenta a la compañía Recuerdos son Recuerdos. Ellos le sacan lustre a un repertorio que incluye tangos, rancheras, valses, milongas y hasta un fox trot.

Villamil esta vez está sola con sus músicos en un escenario despojado y rodeado de bombitas de colores, en una especie de homenaje al cartón pintado. Ella es Clara, una joven cálida, tierna y de una fragilidad que -en todo momento- está a punto de estallar. La elaboración de su personaje es perfecta, ya que nunca se pierden el gesto, la mirada pícara ni el ademán de poner límites ante un avance fuera de lugar por parte del plantel masculino.

Pero no sólo su labor actoral es todo un hallazgo, sino que también el timbre de voz remite indefectiblemente a aquellas cantantes que marcaron toda una época de esplendor, un tiempo que tuvo además su correlato en cine, en un paralelo que está reflejado en el espectáculo mismo.En la parte final del show, Clara deja su traje ajustado para lucir un vestido que remite a aquellas mujeres que, como Libertad Lamarque o Tita Merello, se convirtieron en íconos de la pantalla grande.

Villamil tiene, en el trío de músicos/actores, un complemento fundamental. Brian Chambouleyron, Silvio Cattáneo y Carlos Viggiano se encuentran al mismo nivel interpretativo que la actriz. Nunca pierden a sus personajes y les sacan todo el jugo posible. Por momentos son los típicos guitarristas de Carlos Gardel:mirada desorbitadas, pelo engominado y esa sonrisa siempre puesta, en una mueca casi inexpresiva pero, a la vez, tan cargada de recuerdos.

Viggiano, que formó parte de "Postales Argentinas", aquella maravillosa puesta de Ricardo Bartis, alcanza momentos brillantes. Sus dos pueblerinos compañeros de ruta no se quedan atrás.El momento "machista" de este show, el dedicado al turf, no tiene desperdicio. La canción "Leguisamo solo" es una delicada muestra de este equilibrio entre lo actoral y lo musical.

El espectáculo se completa con la participación de un maestro de ceremonias, a cargo de Rafael Solano. Su presentación está plagada de todos los lugares comunes, yendo desde el "señoras y señores" de oficio hasta el latiguillo de "en esta hermosa velada". Tampoco deja pasar la ocasión de estar frente a tan distinguida platea y se da el gusto de recitar un poema de factura propia o de no perderle el ojo a Clarita. Pero, claro, a la distancia, sin grosería alguna.Ella es la señorita de la noche.

La inclusión de Nora Moseinco, en la dirección, hace que se potencie todo este juego actoral-musical.

Tiempos entrañables

Estas son las cartas de un espectáculo que recrea el espíritu de una época donde las mujeres cantantes ocuparon un lugar de importancia.

De esta forma el espectáculo se convierte en una cálida, respetuosa y poética mirada hacia el pasado. Como decía su protagonista a La Nación : "En todo esto, el fin de siglo está siempre presente. Uno se pone a mirar hacia adelante, pero también hacia atrás, como una manera de dar el paso llevándonos algo". "Glorias porteñas" es un rico disparador para recordar cierta ingenuidad latente que nunca está mal llevársela hacia alguna parte. No importa si es al próximo siglo o a la mesita de luz.

AlejandroCruz

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