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La Universidad, ¿debe ser democrática?

Opinión

Después de ocho meses de acefalía, la Universidad de Buenos Aires (UBA) logró nombrar un nuevo rector. La elección recayó en el decano de la Facultad de Veterinaria, Rubén Hallú, a quien acompañará como vicerrector el decano de la Facultad de Arquitectura, Jaime Sorín, hasta mayo de 2010.

Era la sexta vez que la asamblea universitaria intentaba elegir autoridades. En las cinco ocasiones anteriores no había podido funcionar debido a la acción violenta de activistas de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), de quienes el rector Hallú dijo, no bien elegido, que "no son estudiantes sino delincuentes".

Dos circunstancias permitieron que esta vez la elección del rector y el vicerrector fueran posibles. Una, importante, que la asamblea universitaria no funcionó en su sede habitual, sino en el Congreso de la Nación. La otra, decisiva, que el Gobierno envió un poderoso contingente policial para garantizar la reunión de los asambleístas. Podría decirse entonces que lo que permitió la elección del rector de la UBA fue un cambio de actitud de parte del Gobierno, que en las cinco ocasiones anteriores se había negado a desplegar la policía pese al pedido de las autoridades interinas de la UBA. No bien el Gobierno revisó este criterio, la elección se pudo realizar.

Es imposible no atribuir una intención política a este cambio de actitud. Los candidatos anteriores a rector, comenzando por el decano de la Facultad de Derecho, Atilio Alterini, prolongaban en cierto modo la larga tradición "no peronista" de la UBA. Hallú se autodefine al contrario como "peronista", mientras que Sorín es considerado un hombre de izquierda. Es lógico suponer por ello que el Gobierno sólo garantizó la seguridad de la asamblea universitaria cuando ésta dio claros indicios de que consagraría una conducción ideológicamente afín con el peronismo de izquierda que él mismo encarna.

Es como si el Gobierno les hubiera dicho a los asambleístas: "¿Quieren elegir autoridades? Sólo les daré la protección policial que necesitan si apruebo a los candidatos". La asamblea solamente fue posible cuando sus miembros adhirieron finalmente a esta condición no escrita pero efectiva que el Gobierno les había impuesto.

El "democratismo"

Es difícil conciliar este "apriete" gubernativo con el principio de la autonomía universitaria que la UBA ha venido proclamando desde la legendaria Reforma Universitaria de 1918, nacida en Córdoba. Pero más difícil aún es comprender la lógica de los activistas de la FUBA cuando pretenden justificar la violencia que emplearon contra los asambleístas con una apelación a la democracia. ¿Cómo puede llamarse "democrática" la imposición violenta de algunos cientos de activistas sobre una Universidad poblada por 300.000 estudiantes?

Los activistas, ¿son sinceros cuando hablan de esa "democratización" de la UBA a la cual supuestamente aspiran? Aquí surge una segunda contradicción. Es contradictorio, por supuesto, emplear la violencia en nombre de la democracia. Pero esta aberración es posible porque viene alimentada por otro error más profundo y menos visible, que es suponer que la universidad debe ser, en sí misma, democrática.

La democracia es un régimen político en virtud del cual los gobernados eligen a los gobernantes. Pero esta descripción, que es fundada cuando se aplica a la forma de gobierno de una nación, ¿debe aplicarse también a las demás instituciones sociales que esa nación alberga? Se puede decir de estas diversas instituciones que son democráticas en cuanto sostienen la forma de gobierno democrática. Pero que lo sean en este sentido, ¿las obliga además a ser democráticas en su propio interior?

Si llamamos democratismo a la tendencia no ya a respaldar la democracia como forma de gobierno sino a democratizar todo lo que haya dentro de la democracia, se advierte enseguida que ella es refutable por vía del absurdo. La familia, por ejemplo, ¿debe ser democrática? Una mayoría de tres hijos, ¿debiera imponerse a una minoría de dos padres? En el Ejército, ¿una mayoría de soldados tendría que prevalecer sobre una minoría de jefes y oficiales? La mayoría de los empleados de una empresa, ¿tendría que mandar sobre una minoría de accionistas y ejecutivos?

Bastan estos pocos ejemplos para ilustrar el hecho de que, siendo nuestra sociedad macrodemocrática en cuanto a la elección de sus gobernantes, no por ello está formada por una suma de microdemocracias en otros planos de la vida social. Lo que resultaría de la aplicación universal del principio "democratista" llevaría en verdad, más que a la profundización de la democracia, a su disolución en medio de la anarquía.

Y esto es precisamente lo que los activistas de la FUBA, en el fondo, pretendían. Que los alumnos elijan a sus maestros. Que los que aún no saben enseñen el camino a los que saben. Afuera quedarían los concursos por antecedentes y oposición en busca de la excelencia de las cátedras. Anuladas serían también las notas que califican a los mejores, aplazan a los peores y justifican las becas a los pobres a cambio de su esfuerzo. El resultado de esta supuesta "democratización" equivaldría a la negación lisa y llana del aprendizaje universitario.

La meritocracia

Aristóteles sostuvo que la justicia consiste en tratar a los hombres como iguales en lo que son iguales y como desiguales en lo que son desiguales. Si los consideramos iguales en aquello que son desiguales, caemos en igualitarismo . Si los consideramos desiguales en lo que son iguales, caemos en elitismo.

La democracia existe allí donde trata como iguales a los hombres en lo que son iguales en cuanto ciudadanos, mediante la célebre fórmula "un hombre, un voto". Pero allí donde es necesario premiar el esfuerzo ya no puede regir la democracia sino la meritocracia, de acuerdo con la cual a cada persona, una vez que ha sido tratada como "igual" en su dignidad y en sus necesidades básicas (algo de lo cual todavía estamos lejos), se le permite llegar hasta donde le sea posible mediante el despliegue de su propio potencial.

Todos los jóvenes que aspiran a la universidad debieran gozar entonces de una igualdad de la cual muchos todavía carecen: la igualdad de oportunidades. Este fue el sentido de la escuela pública de Sarmiento: que todos pudieran iniciar la carrera de la vida desde el mismo punto de partida y no, como hoy, que sólo algunos privilegiados lograsen hacerlo. Esto es lo que hoy ocurre con los propios estudiantes de la UBA, la mayoría de clase media y media alta, cuyos padres bien podrían pagarles la matricula que les pagaban en los colegios privados, formando así un fondo para las becas de los pobres y esforzados.

Pero el resultado, a partir de este común punto de partida, ya no debería obedecer a un criterio igualitario sino al mérito de cada cual. La universidad, en suma, debe ser más democrática para facilitar el ingreso de todos aquellos que quieren y merecen estudiar en ella, pero también debe ser rigurosamente meritocrática en la provisión de las becas, las notas y las cátedras. Sólo así contribuiría plenamente a la realización de la democracia en cuanto forma de gobierno, cuyo ideal es el patrimonio de todos los argentinos. .

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