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Recuperar los valores perdidos

Opinión

Por Enrique A. Antonini
Para LA NACION

Muchas son las señales que reflejan que algo preocupante está ocurriendo en nuestra sociedad. Profesores que son golpeados o insultados por los padres porque no están conformes con las calificaciones obtenidas por sus hijos; maestros que utilizan las instalaciones de los colegios para dar rienda suelta y desenfrenada a sus pasiones amorosas, a la vista de los alumnos; estudiantes y activistas que han logrado impedir durante ocho meses la designación del rector de la Universidad de Buenos Aires, policías bonaerenses que disparan contra los ladrones -que incluso resultan ser policías federales, ahora exonerados de la fuerza- en un supermercado de la localidad de José C. Paz...

Por cierto, la lista no se agota aquí: estadios de fútbol que se han transformado en verdaderos campos de batalla, récord absoluto de muertes por accidentes de tránsito, lo que evidencia el poco apego a las normas y a la vida que tienen los conductores; violencia callejera, que se traduce en arrebatos, asaltos, secuestros y muerte en los casos más dramáticos; aumento desenfrenado en el consumo de alcohol y drogas, de las llamadas blandas y de las duras, todas ellas nocivas para la salud de quienes las consumen; jóvenes que mueren asesinados por las palizas a las que son sometidos por los custodios o "patovicas" que se contratan, según se presume, para preservar el orden y la tranquilidad de los bares y boliches bailables.

Hilando más fino: mala educación y malos modales, y la deformación permanente del lenguaje.

Nuestra sociedad soporta una grave crisis del lenguaje. Toda sociedad próspera procura mantener un pacto social con el idioma. Saber bien lo que se dice, a quién se dice y cómo se dice evita la violencia, porque en ocasiones el lenguaje se convierte en la violencia misma.

El mal uso del lenguaje es síntoma de indisciplina social, de disgusto por lo estético y de indiferencia por las normas colectivas que animan la sociedad. Por otra parte, la integridad ha pasado a ser un término desconocido frente a otros, como la eficiencia, la competitividad, el éxito, y, por supuesto, el dinero. Estos son los hilos argumentales por los cuales, con raras excepciones, se guía el conjunto de la sociedad.

La integridad es un síntoma de elevada cultura, porque ella hace que el ciudadano, los gobernantes y los empresarios ajusten su conducta, no por el temor al castigo, sino respecto de unos valores asumidos libremente como guías.

Gran parte de los diagnósticos referidos al comportamiento en la actualidad llegan a la conclusión de que las nuevas generaciones no tienen los mismos valores de las generaciones anteriores.

Con ello no se quiere decir que la sociedad tenga que quedarse anclada en el pasado, sin buscar actualizarse y modernizarse de acuerdo con los tiempos que corren. Muy por el contrario. Pero sí debe admitirse que enfrentamos una profunda crisis de valores y que, en consecuencia, se hace indispensable pensar en revalorizar aquellos que fueron dejados de lado, porque significan, de alguna manera u otra, límites al descontrol y freno al desenfado y a las "avivadas", a las que tantos son proclives en nuestros días. Cuando se detectan problemas sociales sobre los cuales no se quiere asumir responsabilidades, resulta más fácil decidir que sea la escuela la que se ocupe de ellos. Se genera, así, la expectativa de que se podrá revertir el escenario de disvalores que impera en nuestro tiempo. Es evidente que la educación es incapaz de hacer con los menores y jóvenes lo que la sociedad adulta no está dispuesta a hacer consigo misma.

Los valores, a diferencia del lenguaje, la matemática o los idiomas, no pueden ser transmitidos en el sentido clásico de la enseñanza escolar. Por el contrario, se los cultiva a partir de la imitación, identificación e interacción con las personas que viven de acuerdo con esos valores.

Los principales actores en este tema son los padres, seguidos por los profesores, las autoridades, los líderes de opinión y los medios de comunicación, entre otros.

Si la familia, en términos generales, está cada vez más disociada; los profesores, peor formados y con poco interés docente, y si los medios de comunicación cada vez más convierten lo banal en importante, exacerbando la violencia, la sexualidad abierta, la promiscuidad y la vulgaridad, ¿en virtud de qué habrían de asimilar nuestros chicos y jóvenes los valores trascendentes cuya importancia reivindicamos?

Simplemente no tienen de quiénes asimilarlos. En una sociedad, en la que los valores pasaron a un segundo plano, preocupa la ligereza con la que los jóvenes viven la vida. Según las estadísticas nuestra juventud, cada vez más, acude al alcohol y a las drogas para llenar sus vacíos, en un medio que solamente les ofrece la mejor tecnología, pero que se olvidó de la esencia humana. Las librerías están llenas de libros de textos sobre autoestima y de manuales de autoayuda, porque tanto los adolescentes como los adultos andan en una lucha desesperada por encontrar respuestas. Es por eso que la familia, en primer lugar, y también el sistema educativo, son los llamados a recuperar valores que permitan a las nuevas generaciones crecer como seres humanos y no como autómatas. En este sentido, el arzobispo Jorge Bergoglio dijo que, hoy, los padres no tienen tiempo para darles a sus hijos, no ejercen su autoridad y tratan de ser compinches, de ser "un padre mp3 y una madre digital".

Si bien todos los días en el mundo contemporáneo aparecen nuevas formas de vida y extrañas maneras de representación que condicionan al hombre a ajustar su existencia a patrones que cambian de acuerdo al momento en que se vive, no es menos cierto que ahora suceden cosas que nos escandalizan y que tiempo atrás no ocurrían o que, sencillamente, no se conocían. Necesitamos recuperar valores tales como la tolerancia, el honor, la solidaridad, el valor, la honra, el pudor, el respeto y la honestidad. Como bien sabemos, toda crisis es oportunidad: oportunidad de recuperar valores perdidos. .

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