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Bush lee a Camus, un gran enigma de 2006

Sábado 30 de diciembre de 2006

MIAMI.– Uno de los enigmas más insondables de 2006 es qué llevó al presidente George W. Bush, quien no tiene reparos en admitir su aversión por la lectura, a ponerse a leer la novela El extranjero, de Albert Camus.

La noticia la dejó caer el vocero presidencial, Tony Snow, apenas como un detalle trivial en el marco de las actividades no menos triviales del presidente norteamericano, durante sus vacaciones de agosto en su estancia de Crawford, Texas. Alguien le preguntó si el presidente había leído algún libro y Snow contestó que había leído El extranjero, de Camus, que lo encontró “interesante y fácil de leer” y hasta lo habían discutido brevemente.

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El primer interrogante que surge de esta insólita información es cómo hizo Bush para graduarse de la secundaria sin haber leído El extranjero, ya que el libro es de lectura obligatoria en casi todos los programas del país. Pero ésta, ciertamente, no es la pregunta más relevante.

La que sin duda va al carozo del misterio es por qué razón un autoconfeso “cristiano renacido” como George W. Bush eligió sumergirse en un clásico del existencialismo y, para colmo, de un francés ateo, cuando todo el mundo sabe lo que Bush piensa de los franceses y de los ateos.

La primera respuesta que viene a la mente es: porque se trata de un librito bastante corto, apenas 154 páginas en la versión de bolsillo. Pero, obviamente, esta respuesta es insuficiente. Hay otros libros tanto o más breves que El extranjero, que sin duda sientan mejor a la personalidad, las convicciones y los intereses del presidente de los norteamericanos.

Durante la misma estancia en Texas y con la guía de Laura, su mujer, quien antes de ser primera dama era bibliotecaria, Bush leyó Macbeth y Hamlet, de William Shakespeare, lo cual tiene más sentido, ya que el primero era un asesino torturado por la culpa y el segundo, un vengador torturado por las dudas. ¿Pero El extranjero?

Camus escribió El extranjero en 1942, en medio de la ocupación alemana de Francia. La acción transcurre en Argelia, su país natal. La trama se centra en un tal Mersault, un hombre sumido en la más profunda indiferencia hacia su entorno y desprovisto de los más elementales sentimientos humanos, quien asesina a un árabe sin otro motivo que el hecho de que el sol le obnubilaba los ojos, es condenado a morir en la guillotina y desde su celda reflexiona acerca del absurdo de la existencia.

Todo el mundo sabe que las actividades de un presidente (y más si se trata del líder de la mayor potencia mundial), desde la lectura a los análisis de orina, son hechos políticos y deben ser interpretados como tales. De modo que si Bush se pasa parte de sus vacaciones en Texas leyendo acerca de un hombre que mata a un árabe sin razón, pero también sin remordimientos, no puede esperarse que la noticia pase sin arquear algunas cejas.

¿Fue la indiferencia, el absurdo de la existencia o la falta de remordimiento de Mersault lo que más atrajo la atención de Bush, mientras sus ojos inquietos y desorientados recorrían las páginas de El extranjero?

Si lo que buscaba era justificar su propia parsimonia ante la profusión de cadáveres que hacen el saldo de la vida cotidiana en Irak, lo más probable es que hubiera recurrido a cualquiera de las numerosas fuentes de absolución espiritual que uno encuentra en cualquier librería y no a un pied-noir incapaz de conmoverse ante la muerte de su madre.

O quizá lo que lo motivó fue, precisamente, lo contrario: la necesidad de comprender la irracionalidad de la violencia terrorista a través de un personaje que comete un acto irracional de violencia y es capaz de explicarlo con lo elocuencia que caracteriza la prosa de Camus.

Pero si Bush buscaba una explicación a la violencia irracional, ¿no debió haber recurrido, antes que a Camus, a las evaluaciones del Pentágono y la CIA que sirvieron de base a la concepción, el planeamiento y la ejecución de la invasión de Irak?

Allí queda expuesta, como en una radiografía, la más transparente combinación de irracionalidad y violencia que el presidente necesitaba para interpretar su propio dilema.

Tal vez la verdadera solución del misterio se encuentre en una breve escena, cuando Mersault es llevado ante el juez. “En el mismo tono aburrido que había venido usando –relata Mersault– me hizo la última pregunta: ¿me arrepentía de lo que había hecho? Después de pensarlo un poco, le dije que más que arrepentimiento sentía una suerte de irritación. Pero él no pareció entenderlo.”

Por Mario Diament

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