Suplementos

Miércoles 20.08.2008 (actualizado hace 598 días)
Ideas

Balances de ayer y hoy: los enigmas del tiempo

En el corazón, creían los antiguos egipcios, se encontraban las respuestas a las preguntas de los dioses sobre aquello que se había hecho bien o mal en el curso de la vida. Ahora, en el pasaje de un año a otro, se renueva esa misma búsqueda de certezas
Noticias de Enfoques: anterior | siguiente
Domingo 31 de diciembre de 2006 | Publicado en diario de hoy 

FOTO

En el corazón, creían los antiguos egipcios, se encontraban las respuestas a        las preguntas de los dioses sobre aquello que se había hecho bien o mal en el curso de la vida.  Ahora, en el pasaje de un año a otro, se renueva esa misma búsqueda de certezasUn soldado monta guardia Foto: AFP

ASSUAN, Egipto .- El primer paso para la momificación, en el antiguo Egipto, era la remoción del cerebro de un cadáver, proceso para el que se utilizaban instrumentos con ganchos para extraer el tejido a través de los orificios nasales. Otros órganos -pulmones, intestinos, hígado- se extraían posteriormente. Pero el corazón, considerado el centro del ser, se dejaba.

Los egipcios creían que en el corazón residían las respuestas a las preguntas de los dioses en lo referente a lo que se había hecho bien o mal en el curso de la vida. Para el pasaje a la otra vida, el corazón era la clave. Por el contrario, el cerebro era totalmente descartable. Ante el paso a un nuevo año, esa idea es valiosa aún hoy.

Assuán es un sitio de pasajes, desde el mundo egipcio hasta el de Nubia, desde las suaves aguas del bajo Nilo hasta la Primera Catarata, desde el extremo mediterráneo hasta el de Africa. Las felucas (naves de diseño tradicional impulsadas por el viento) de velas blancas navegan río arriba y hoy llevan a turistas que brillan en sus chalecos salvavidas color naranja fluorescente, pero uno se las puede imaginar cargando especias y oro.

Hay mucho para la imaginación acá y mucho para llenar el corazón. Es importante dar un paso atrás. Los mismos enigmas sobre la vida y la muerte, la guerra y la paz, el amor y la enajenación, preocupaban a los hombres y mujeres de 2000 a. C., y ellos convocaban a sus propios dioses y demonios para simbolizar o acallar los misterios.

El escarabajo era sagrado para los antiguos egipcios. Veían en la forma en que empujaba una pelota de estiércol por la tierra el símbolo de poder que tenía y concedía el sol al ser empujado diariamente por el arco del cielo. Pensaban que el sol había obtenido su habilidad de salir diariamente de un gran escarabajo del cielo y llegaron a la conclusión de que la imagen de un escarabajo, junto al cuerpo de un muerto, podría darle la fuerza para levantarse nuevamente.

Hoy tendemos a reverenciar los aceleradores de la vida, los aparatos que nos conectan y facilitan las cosas. Hay algo agradable en esa reverencia a un escarabajo negro en lugar de un teléfono celular. " Piano, piano si va lontano ", afirman los italianos, que algo saben sobre cómo recorrer un largo camino andando despacio. La ansiedad es la enemiga del descubrimiento.

Las felucas se mueven lentamente, con sus grandes velas en búsqueda de un viento errático. Navegan a lo largo de la costa de la Isla Elefantina, donde alguna vez se comerció el marfil y hoy un grupo de arqueólogos alemanes cavan a través de 3500 años de historia, hacen inventarios de piedras numeradas -un gran rompecabezas- y desesperan por el uso de un hueco de escalera romana como vertedero de basura.

La invasión norteamericana de Irak será algún día sólo un capítulo de la historia. El tiempo se compone de estratos. Los templos fueron realizados en piedra, los lugares familiares con barro, y por supuesto la tierra creció más rápido donde las casas de barro tenían que ser reemplazadas año tras año. Dos puntos distantes apenas quince metros uno de otro pueden contener ruinas separadas por 700 años de antigüedad.

Templos y cultos

La vida no se podrá detener, tampoco la búsqueda humana de una convicción tranquilizadora. Es habitual que en los templos de Philae o de Kalabsha se vean, entre las imágenes de Horos con cabeza de halcón o de encantadoras Isis, una cruz copta grabada por los cristianos que llegaron más tarde, y que luego fueron sustituidos por los musulmanes que tenían otras ideas sobre el culto.

Hasta los templos mismos han sido removidos, piedra por piedra. Fueron desplazados de sus sitios milenarios por la represa construida con ayuda soviética en los años 60, una proeza de la ingeniería que hoy se conmemora con un inapropiado loto de material que eleva sus pétalos duros hacia el cielo proclamando la amistad soviético-egipcia. El zenit de ese dios, el comunista, también ha pasado.

La represa detuvo las inundaciones, que antes ocurrían con cierta regularidad. Los egipcios utilizaban una escalera de 90 escalones -el nilómetro- que descendía hasta las aguas del río para medir su altura. Sus paredes, marcadas con una escala, servían para estimar cuándo y hasta qué medida el Nilo podría rebasar sus orillas.

Con esos datos, los burócratas estimaban los impuestos. Los aumentaban cuando el agua -y por consiguiente, las cosechas- eran abundantes, y los bajaban cuando el agua retrocedía. Parece que no sólo el presidente George W. Bush baja los tributos cuando los recursos son pocos y el tesoro se erosiona con guerras lejanas.

Las guerras de Assuán han quedado en el pasado; reina la paz. En el desierto sopla un viento caliente y purificador. Adil lo llevará a uno hasta allí en su camello, Ferrari. Lo llevará hasta el monasterio de San Simeón. El camino sube poco a poco, como en Park Avenue, antes de elevarse abruptamente. En el monasterio, los nichos están tapados con ladrillos, las piedras de color pardo que yacen apiladas proclaman el paso del tiempo.

Khaled se sienta bajo un árbol a fumar un narguile. Cuando se le pregunta por su ocupación responde que es conductor de camellos. El nombre del suyo es Mickey Mouse. Un camello tiene siete años buenos, asegura, luego de eso, olvídelo.

-¿Uds. tienen arena en su país?-, inquiere Khaled.

-Sí.

-En Japón no hay arena-, agrega. -Ellos se la llevan a su país en una botella-.

-¿En serio?

-Sí, es gracioso. Parece oro -ríe Khaled, mientras señala al interminable desierto.

La otra vida

Realmente hay mucha arena. Trato de imaginarme cada grano como una joya. El suave olor del narguile incita a la reflexión soñadora.

En el souk (el distrito comercial en las ciudades árabes) abundan las joyas, piedras preciosas y semipreciosas de variada calidad. Hay también miles de tipos de azafrán, comenzando por los falsos (muy abundantes) y terminando por los puros (muy raros). En general las joyas son más auténticas.

Quizás en otra vida me gustaría ser joyero, jugar con la plata, el coral y las ágatas entre mis dedos, sorbiendo té, tomándome mi tiempo para realizar cosas bellas, esperando a algún cliente solitario que salve el día. O un conductor de camellos que retorna de lugares borrascosos para protegerse a la sombra de un árbol con el consuelo de un "hubble- bubble" ( pipa oriental para tabaco de tubo largo por donde el humo pasa a través de agua y se enfría).

En una librería, una mujer de ojos brillantes me observa detenidamente y me dice: "Lo he visto antes"

-No-, replico.

-Sí -insiste-, es su misma cara.

Quizás esa otra vida ya ha ocurrido. El hombre cuya cabeza, perfectamente momificada, está ahora instalada en una vitrina en Assuán, no tenía ni idea de que terminaría allí.

¿Qué sabemos realmente con certeza? Que aquello que vale la pena saber, vale la pena conocerlo con el corazón.

Por Roger Cohen

Traducción: María Elena Rey
LA NACION y The New York Times

Noticias de Enfoques: anterior | siguiente

Ranking de notas