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Domingo 07.09.2008 (actualizado hace 616 días)
Balance 2006 | Una visión global

Fueron más los pasos importantes que los retrocesos

En el año de los mundiales en varias disciplinas, nuestro deporte, a falta de un título, dio la talla en la alta competencia con el tenis, la Generación Dorada del básquetbol y las Leonas; el fútbol tuvo la capacidad y oportunidad para haber llegado un poco más lejos en Alemania
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Domingo 31 de diciembre de 2006 | Publicado en diario de hoy 

Hay dos parámetros que ayudan a los países a conocer cuál es su realidad deportiva de alta competencia en el gran concierto internacional. Uno son los mundiales, y el otro, los Juegos Olímpicos. El año que está a punto de extinguirse, como ocurre cada cuatrienio, estuvo marcado por la secuencia de los mundiales en varias disciplinas, entre las cuales incluimos al tenis, más allá de su especificidad (la Copa Davis se disputa todos los años, está fragmentada a lo largo de 11 meses y exalta lo colectivo sin resignar su esencia individual).

El balance, en una primera lectura despojada de mayores interpretaciones, indica que ninguna representación de nuestro país ocupó el escalón más alto del podio, lo cual puede inducir a cierto desencanto o insatisfacción. Obviamente, las posibilidades y el potencial de consagración no eran iguales en todos los deportes. En algunos se aspiraba a la gloria (fútbol, básquetbol masculino, hockey femenino y tenis) y en otros a cimentar una etapa de crecimiento y transición (voleibol, hockey masculino y básquetbol femenino).

El deporte argentino actúa muchas veces como un espejo de la identidad nacional, de esa argentinidad perceptible en aptitudes y sentimientos. Como el país mismo, nuestro deporte saca fuerzas de caídas y frustraciones, apela a la creatividad para sortear carencias estructurales, lo anima un fuerte espíritu competitivo y persigue un destino de grandeza. Hace cuatro años, en el anterior ciclo mundialista, nuestro deporte salía al ruedo bajo el efecto del mayor cataclismo económico y social de la historia del país. Jugadores y atletas cargaban el peso extra de dibujar, al menos, un paraje de fortaleza y optimismo en el estragado paisaje nacional. Mucho se esperaba del fútbol, pero la reivindicación y el orgullo llegaron de la mano de las nacientes Leonas y de un grupo de basquetbolistas que ponía la piedra basal de lo que dos años más tarde sería la Generación Dorada de Atenas.

En esta temporada, al deporte le tocaba acompañar lo que, a grandes rasgos, se dio en llamar reactivación nacional. Un contexto de resurgimiento y pujanza. Y si bien hubo ilusiones fundadas, momentos destacados, actuaciones estelares, faltó el título, la excepcionalidad del campeón. Para evitar falsos triunfalismos y desbaratar la creencia de que existe una cultura ganadora que responde a una condición innata, conviene atender el rotundo veredicto que arroja el cuadro que figura en esta página sobre la producción argentina en los mundiales en los últimos 20 años. Sólo hay dos campeones. Uno fue el seleccionado de fútbol en México 86, que contó con la influencia decisiva de Diego Maradona, y el otro fue el de las Leonas en Sydney 2002, donde se coronó la mejor generación de la historia del hockey femenino. Estos pocos casos hablan a las claras de que a la Argentina le cuesta mucho abrirse paso en el escenario internacional. Responde ante cierto nivel de exigencia, se gana el respeto y reconocimiento de sus adversarios por su tradición agonística, pero tiene dificultades para instalarse en la elite.

A falta de un campeón, quedó cubierto el abanico que va del segundo al quinto puesto. En el escalón más alto se ubicó el equipo de Copa Davis, al que le puede caber alguna pena, pero ningún reproche por haber perdido la final en Moscú con Rusia. David Nalbandian, por tenis y personalidad, encabezó un proyecto serio y compenetrado con el objetivo, algo que históricamente no fue sencillo de construir en nuestro tenis.

Por orden de posicionamiento siguen las Leonas, terceras en Madrid. Nunca alcanzaron el esplendor de otras épocas, carencia que se notó más en la amplia derrota en las semifinales frente a Holanda. Con un rendimiento medianamente aceptable lograron el consuelo del podio.

En el cuarto puesto quedó el seleccionado de básquetbol, cuyo plantel, desde el 2002, se erigió en el mayor generador de emociones del deporte argentino. Ninguna otra expresión colectiva creó tanta hinchada y alcanzó tanto magnetismo como el grupo que empezó siendo de Manu Ginóbili y terminó siendo de una muchachada estupenda, quizás irrepetible en muchos años. Supieron transmitir la pasión por lo que hacían.

Un peldaño más abajo, quinto, aparece el seleccionado de fútbol, que justamente tenía esa materia básica -fútbol- que tanto escaseó en el campeonato para aspirar a una mejor figuración. Sin embargo, salvo en la exhibición de alto vuelo ante Serbia y Montenegro (6-0), el equipo de Pekerman caminó por la cornisa en materia de resultados. La hendija que encontró a favor ante Costa de Marfil y México fue tan fina como la que determinó su eliminación por penales con Alemania en los cuartos de final.

Aunque son fronterizos, el 9° puesto de las chicas del básquetbol y el 10° de los varones del hockey sobre césped dan pie a una distinción cualitativa. Lo hecho por las mujeres resultó una revelación en una especialidad que en la Argentina está postergada y tiene poco apoyo. Que hayan estado a un paso de los cuartos de final superó las expectativas más optimistas. Distinto enfoque merece la campaña del conjunto de Sergio Vigil, que no logró reproducir el despegue que en su momento les dio a las Leonas.

Por último, el voleibol no extendió la línea ascendente que traía de la Liga Mundial. En Japón, el conjunto de Jon Uriarte fue un híbrido que no encontró apoyo en los hombres más experimentados ni sorpresa y empuje en los nuevos valores que fueron promovidos.

Todo balance se sustenta en lo fáctico, pero los acontecimientos citados dejaron un flanco abierto para lo hipotético por decisiones que, por haber sido tomadas o no, podrían haber cambiado el curso de los hechos.

Cómo no imaginar otro destino para el fútbol con Lionel Messi en la cancha para que en el segundo tiempo aprovechara con su velocidad el adelantamiento y nerviosismo de Alemania.

Cómo no sospechar que José Acasuso no sólo estaba en condiciones de hacer un papel tan decoroso como lo hizo Juan Ignacio Chela ante Davydenko, sino que también hubiera tenido más posibilidades de ganarle en el primer punto de la final.

Cómo soslayar la marginación de Cecilia Rognoni en unas Leonas a las que no les sobró el temperamento aguerrido que contagia la defensora.

Cómo no contemplar la alternativa que tuvo el básquetbol de defenderse del último ataque español, en vez de cortar con un foul para jugarse después el todo por el todo en un intento de Nocioni que salió despedido por el aro. En definitiva, lo mágico del deporte es que también permite jugar con lo que pudo haber pasado.

Así se cerró el año de los mundiales. La peor injusticia que se podría cometer es pedirle al deporte argentino que se haga cargo de una cultura exitista que no tiene justificación histórica y resulta desmedida para encuadrar la actualidad. Hay que poner los pies sobre la tierra para comprender que hubo más pasos importantes que bruscos retrocesos.

Por Claudio Mauri
De la Redacción de LA NACION

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