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La historia de Roberto de las Carreras, poeta "maldito" del 1900

"Era un dandy que enfrentó a la moral victoriana de su tiempo"

Cultura

Carlos M. Domínguez habla de su último libro, la biografía de un autor que escandalizó a Montevideo

Auguste Renoir decía que la realidad es para el artista una cantera más pródiga que la imaginación. Carlos María Domínguez lo comprobó con El bastardo (Alfaguara), su biografía novelada del poeta uruguayo del 900 Roberto de las Carreras (1875-1963), un dandy con halo de artista maldito que, inspirado en Byron, Wilde y Rimbaud, escandalizó a la sociedad de la época con su verso inflamado y sus llamados al amor libre.

"La realidad te presenta historias que parecen ya escritas", dice Domínguez, periodista y narrador argentino que a fines de los 80 se estableció en Montevideo para ir enhebrando relatos que, como El bastardo -publicado en Uruguay en 1997, agotado y relanzado ahora, con alguna revisión, en ambas orillas-, abordan en su mayoría temáticas rioplatenses.

Domínguez escuchó hablar del poeta apenas se instaló en Montevideo, donde en ciertos círculos intelectuales era evocado más por su anecdotario que por sus méritos literarios. Un editor le acercó bibliografía y le sembró la sospecha de que allí había un personaje que escondía un doble fondo. "En el prólogo a un libro de Roberto, el crítico Angel Rama decía que en Gualeguaychú había un archivo que estaba esperando a un novelista que quisiera escribir una novela faulkneriana", cuenta a LA NACION el escritor, que pasó por Buenos Aires para presentar el libro.

El Instituto Magnasco le abrió el archivo de la familia García de Zúñiga, y entre viejas cartas, álbumes y fotos desentrañó no sólo la trágica historia de este hijo ilegítimo de sangre patricia que llevó al límite el arte de la provocación, sino también la de su madre, Clara García de Zúñiga, hija del gobernador de Entre Ríos, dueña de una independencia y un desparpajo que la llevaron a engendrar hijos por fuera del matrimonio y que la moral de la época castigó con una declaración de insania y la enajenación de sus bienes.

"Roberto encarnó el dolor por su origen bastardo y enfrentó a la moral victoriana de su tiempo -dice Domínguez-. Muchos críticos lo tomaron por el lado de la bufonada, pero yo creo que él encontró un rostro en la máscara. Descubrí además que era una pieza central para entender la cultura del Río de la Plata. Su historia está vinculada a la vida de muchos representantes del patriciado argentino y de personajes históricos, como Rosas y Urquiza."

-¿Fue la provocación su modo de hacer de la debilidad de su condición una fortaleza?

-Roberto decía que había sido engendrado en una noche de pasión y no entre bostezos matrimoniales. Hizo de eso una bandera. A la manera de Oscar Wilde, tuvo el coraje de encarar su vida como si fuera un poema y pagó el precio. Es cierto que su poesía es menor, que es mejor como prosista, pero introduce un tono conversacional dentro del modernismo y tuvo una influencia notoria sobre Julio Herrera y Reissig, el principal modernista de Uruguay. Ambos conformaron esa generación de jóvenes intelectuales que salió de los periódicos, de la prensa. Eran amigos de Horacio Quiroga, Natalio Botana y Florencio Sánchez, que lo introdujo en el anarquismo. La bohemia de esa generación del 900 es como nuestra rive gauche rioplatense.

-¿Fueron resistidos?

-Eran vistos como europeizantes, con un grado de afectación que los excluía de la cultura criolla. Educados en colegios privados, salen una manga de degenerados que prueban el opio y que se dedican a mirar a otro lado cuando debían cantar loas a la Patria y a la construcción de la Nación. La suya es la historia de los primeros intelectuales ofuscados con las tradiciones del Río de la Plata.

-La provocación de Roberto esconde un fondo de angustia...

-Es el viejo drama del payaso: detrás de las risas están las lágrimas. Ernesto de las Carreras, el padre, era un rico empresario que vivía en San Isidro y construyó Obras Sanitarias de la Nación. Lo reconoció y lo recibía, pero esa sociedad le arrojaba en la cara su condición de bastardo.

-La figura de la madre es muy fuerte en el libro.

-Muestra hasta qué punto la mujer estaba sujetada en su deseo, primero por el poder eclesial y después por la moral burguesa y el poder médico, que declara incapaz a Clara y la confina al altillo donde termina alojada, en lo que hoy es el museo Blanes. Con su defensa del amor libre, la seducción de mujeres casadas y la reivindicación del derecho al divorcio, Roberto, que también acabó con la razón extraviada, estaba defendiendo la figura de la madre, que había sido denigrada por esa sociedad.

-También era capaz de gestos románticos, como cuando entra en una casa por el balcón para ver dormir y dejarle flores a una mujer que le quitaba el sueño.

-Un hecho que después le cuesta cinco balazos del hermano de esa mujer. De los 90 para acá se ha celebrado mucho la gestualidad de la transgresión. Comparadas con aquellas, éstas parecen meras infracciones de gente que enseguida vuelve al redil sin comprometerse existencialmente, sin jugarse la vida.

-En el texto hay relato, transcripción de piezas documentales, crítica literaria. ¿La mixtura de géneros fue premeditada?

-Quería probar que la literatura puede dar cuenta de la historia sin dejar de ser literatura y que si se respetan las fuentes su relato está tan calificado como la historiografía tradicional. Mi consigna era no inventar ningún episodio, salvo pequeñas escenas que hacen de puente, y fusionar muchos géneros en un tono narrativo que les diera unidad sin perder intensidad en el discurso.

Un narrador en dos orillas

  • Nacido en Buenos Aires -se crió en Olivos-, Carlos María Domínguez reside desde 1989 en Montevideo. Escritor y periodista cultural -allí dirigió las páginas literarias del semanario Búsqueda y colabora con el suplemento de Cultura del diario El País -, entre sus libros se cuentan La mujer hablada (1998), Tres muescas en mi carabina (2002) y La casa de papel (2004), novelas, y La construcción de la noche , una biografía de Juan Carlos Onetti escrita en colaboración con María Esther Gilio. "Si Buenos Aires es la Reina del Plata, Montevideo es la Cenicienta -dice-, y en esa modestia encontré muchas historias fabulosas. En Cuaderno San Martín , Borges dice que Montevideo es una falsa puerta en el tiempo. Tiene razón."
Por Héctor M. Guyot De la Redacción de LA NACION
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