
El factor de legitimación coleccionista entre dos siglos
Por Alicia de Arteaga | LA NACION
Sam Keller, el suizo de cabeza rapada que llevó la feria Art Basel a la punta de la ola y creó la versión Miami Beach, supo desde el primer momento que los mejores aliados de su éxito serían los coleccionistas: los dueños de la chequera que llegan en sus jets privados, son recibidos con alfombra roja y atendidos a cuerpo de rey en la sala VIP. Ellos son los protagonistas de un programa de fiestas digno de una feria de vanidades. "Un toque de glamour no viene mal", pensó Keller, y lo secundaron en la idea UBS, Movinpink y Nespresso, sus leales coequipers en tierra suiza. El modus operandi del coleccionista modelo siglo XXI es mediático; actúa como imán para otros posibles compradores y legitima con su adquisición la carrera ascendente de un artista, cuando se trata de arte contemporáneo.
Otra era la historia hace cien años. Antonio y Mercedes Santamarina (tío y sobrina) compraron a comienzos del siglo XX pintura impresionista aconsejados por el marchand Domingo Viau. Es muy probable que nadie recordaría hoy los nombres de estos ilustres coleccionistas si no fuera porque, en la Navidad de 1980, una banda de ladrones de guante blanco se llevó del MNBA un botín de pinturas de la ex colección Santamarina, de las cuales sólo se recuperaron tres.
Las palmas del coleccionismo mediático se las lleva la coleccionista Amalia Fortabat, que ganó notoriedad en Nueva York la noche que pagó un récord por Julieta y su niñera, un Turner de cielo encendido pintado en una terraza veneciana. Al día siguiente, The New York Times le dedicó un párrafo a "la dama de blanco llegada de América del Sur". En la década del noventa, Eduardo Costantini inició una seguidilla de compras récord en Christie s y en Sotheby s que le dieron inmediata notoriedad. El punto más alto lo alcanzó cuando ganó la pulseada de las ofertas y se quedó con Abaporu, un antológico Tarsila de Amaral que integra la colección de Malba. Su compra fue recogida en la portada de los diarios cariocas.
Robert Hughes, ácido crítico del Time, anticipó que los museos serían los perdedores de la era de los récords. No se equivocó. Los herederos prefieren vender antes que donar y hay donantes, inclusive, que retiran las obras de los museos si éstos no cumplen con el cargo de exhibición.
La última donación importante recibida por el MNBA fueron los cuadros rioplatenses de la colección María Luisa Bemberg, que la recordada cineasta legó en presencia de sus hijos, en los días finales de una larga enfermedad. Tras muchas idas y venidas, las pinturas tienen el espacio que merecen en nuestro museo mayor, hecho doblemente significativo porque, innovadora como lo fue en muchos planos de su vida, María Luisa Bemberg legitimó con sus compras el arte del Río de la Plata.
La tendencia indica que los compradores fuertes del siglo XXI prefieren tener su propio museo. Patricia Phelps de Cisneros, venezolana y coleccionista mayor de arte latinoamericano, no tiene museo en Caracas porque teme por el destino de la colección, habida cuenta de sus disidencias con el ideario político del mandatario reelecto. Eduardo Costantini inauguró el Malba en septiembre de 2001: la piedra fundamental fue su propia colección.
El arquitecto Rafael Viñoly proyectó un edificio sobre el dique 1 de Puerto Madero para albergar la colección de Amalia Fortabat, una de las empresarias más poderosas de nuestro país. Los tiempos cambiaron y la obra quedó inconclusa. Sin embargo, en los últimos días se han registrado movimientos en el edificio que Amalita soñó con un techo corredizo para mirar las estrellas contemplando el arte. .
