Prisma
"He intentado no hacer nada que avergonzara al niño que fui", dijo José Saramago a LA NACION. Una lógica superficial diría que alguien cuya infancia ha estado rodeada de pobreza, analfabetismo y violencia doméstica desearía olvidarla para siempre. Pero hay una lógica de lo profundo, que necesita conectar el final de una vida con su comienzo intacto, que necesita poner una vida al trasluz de la niñez y no avergonzarse de ella. Es como si la infancia fuera un punto de llegada absoluto, colocado al inicio, y que la tarea de una vida fuera mantener una fidelidad a algunas emociones encontradas en el origen. Así, un hilo solidario y secreto une la vejez con la infancia. Es el anciano que busca en la mirada de aquel niño una forma de piedad para leerse a sí mismo. Es el niño, que poco sabe de la vida pero que comprende de antemano lo esencial, el que se acerca a acompañar al anciano a medida que se aproxima a la muerte.
Porque en el fondo, el niño que fuimos no está sólo al inicio, sino que está esperándonos también al final. En Saramago parece haber un reconocimiento a los dos extremos de la vida, la infancia y la vejez. Saramago recuerda que publicó las novelas que le dieron reconocimiento a partir de los sesenta años. Y que en los veinte años siguientes había hecho todo lo que había sido incapaz de hacer antes. E insta a mantener un respeto por los mayores. Pero el niño tampoco es sólo una compañía en el final: al comienzo de Las pequeñas memorias cita lo siguiente: "Déjate llevar por el niño que fuiste". Tal vez un punto de referencia para todos los momentos en que uno se siente perdido.
Saramago quería en especial a sus abuelos, esa otra presencia esencial. Podría hacer propias las palabras de su abuela, que una noche, ya muy vieja, le dijo: "El mundo es tan bonito y me da mucha pena morir". Frase que cualquiera podría enunciar en cualquier momento de la adultez, pero que adquiere un tono conmovedor en la vejez. Podría hacer propia también la actitud de su abuelo, un campesino que cuando presintió la muerte abrazó uno a uno a los árboles de su huerta. Sólo que él decidió salir al encuentro -tal vez a abrazar- al niño que fue. Dice Saramago que lo peor de la muerte es que pasas a no estar donde antes estabas. Así, en una forma de combate anticipado, decidió a su modo contradecir a la muerte y estar donde estaba antes: en su niñez.
Por Enrique Valiente Noailles
Para LA NACION evnoailles@yahocom.ar