Puerto Libre
Intrusos que llegan por teléfono
El aire todavía es gratis; hablar no.
Hoy se habla más por teléfono móvil que en vivo; se vuelcan más palabras por la red de celulares que en la red de la vida. La tecnología nos puso al descubierto. Palabras que antes no salían de la boca ahora salen como si nada. El celular las incita.
No es ya raro que una mucama lo mantenga incrustado en la oreja mientras pasa el plumero y habla sin parar en voz baja para que la dueña de casa no la oiga. Es una suerte que el sonido del mar como fondo mejore en la playa el derrame de los gritos humanos en los aparatitos. Sé que hay partos donde captan el llanto del recién nacido para que sus abuelos en alguna otra parte, por celular, lo escuchen al instante.
En un supermercado los miembros de un grupo, cada uno perdido por su lado, se comunican entre sí para orientarse en las góndolas. Y de esa forma se hablan por primera vez desde que entraron; y con un entusiasmo que no sienten hablando cuerpo a cuerpo.
Los comensales de un restaurante que hablan por teléfono móvil se recuperan del desinterés coloquial que cunde en las mesas, hablando con aquel que está afuera. Con el interlocutor invisible. Es fácil sentirse un intruso ante ese intruso que se entromete en nuestro encuentro con alguien. Y sin embargo su inclusión está más legitimada que la de uno presente. Este año nuevo hubo mesas donde se brindó y se festejó más a quienes se atendía por celular que a los que estaban en la casa.
El encuentro con otra persona ya no es de dos solamente: en cualquier cita hay que asumir la incorporación tácita de otros. A veces sucesivos.
Hoy se sale a comer y se pone el celular al lado del plato. El que lo hace luce tan natural como un pistolero que nunca pierde de vista el armamento. Yo allí no lo uso. Tampoco uso escarbadientes.
De pronto suena una musiquita: corresponde al teléfono de mi compañero de mesa. Cada cual elige su ruido sin pensar en el ruido que les gusta a los otros. Con la determinación con que John Wayne empuñaba el revólver, él pone el celular en su oreja. Y habla. Entonces me resigno a mi papel de escenografía. Igual que el tentáculo de un pulpo el celular succiona al que se involucra. Y lo pone en otra órbita distinta. En el restaurante va cundiendo un contagio: decenas de comensales tienen el telefonito en su oreja y hablan. No quisiera creer en una orden prodigiosa a la que todos obedecen al unísono. También en el baño habrá alguien sentado atendiendo una llamada. En tales circunstancias no quisiera ser el atendido. Hay ciertos restaurantes ingleses -no sé aquí- donde no se permiten los celulares. Y si un cliente espera una llamada debe entregárselo a un servidor, quien cuando el teléfono suene invitará al cliente a atenderlo privadamente. En la mesa no. Pero mi acompañante parece feliz prescindiendo de mí. No debe sentir igual entusiasmo dialéctico conmigo. También en las otras mesas los conversadores se animan. Es como si el celular los empujara a un derroche de locuacidad que en el diálogo cara a cara nunca alcanzan. La telefonía móvil logra el milagro de que seres que de ordinario apenas si se expresan con mil palabras, de pronto adquieran el triple, aunque sean las mismas, repetidas. Es cierto que es útil que personas que se buscan logren comunicarse en cualquier parte. Pero la dependencia desata charlatanismo. Acaso el celular produzca algún encantamiento que en la relación social se ha vuelto ausente. Están esas parejas que comen sin casi hablarse. Basta que alguno de ellos atienda el telefonito para que les brote una locuacidad que debería asombrarlos mutuamente. Con excepción de los bebes y de los muy pero muy pobres, ya la mayoría lo tiene. Cuando lo tengan todos casi no habrá más conversaciones fuera del teléfono, gratis. Salvo en algún acto íntimo donde se sigan usando susurros y monosílabos en vivo. Y siempre que esos amantes todavía tengan algo vivo para decirse. .
Por Orlando Barone