Bogart. Tanto se ha hablado y tanto se ha escrito sobre él en este medio siglo pasado desde su muerte que ya el hombre/el actor se desdibuja o bien se confunde con los rasgos del mito. Quizás haya que pedir perdón por la ligereza con se emplea la zarandeada palabra (a falta de mitos verdaderos, valga la paradoja, hoy se convierte en mito -o en una escala algo inferior: en leyenda- a cualquiera que haya tenido su tiempito de notoriedad), pero lo cierto es que pocos en el mundo del cine pueden aspirar a tal jerarquía con tanto derecho como Humphrey Bogart.
Su rostro surcado por arrugas prematuras; su aire de tipo que ha sabido sobrellevar sin quejarse vaya a saber qué secretas desdichas; la cicatriz de origen incierto en el labio superior; el cigarrillo colgándole de un extremo de la boca; la pose varonil de gangster, aventurero o detective un poco cínico bajo la que se percibe algo amigable; el humo del Chesterfield o de la pólvora que caracolea y se eleva velando parte del retrato; el ceceo sibilante y el hablar pausado de esa voz gangosa y nasal que ningún rústico doblaje televisivo pudo hacer olvidar; hasta la niebla que lo envuelve para siempre en el aeropuerto que es testigo de un adiós doloroso y del comienzo de una hermosa amistad: todo contribuye a hacer de él uno de esos ejemplares únicos que el cine propone muy de vez en cuando y que el público de todas partes, en tácito acuerdo, aprueba como ídolo: las mujeres, presas de su viril seducción, los hombres, eligiéndolo como modelo. Y preferentemente en blanco y negro, claro, porque a Bogart el color parece cuadrarle casi tan poco como algunas frasecitas románticas que le hacían decir en Sabrina .
Que no fuera demasiado atlético ni demasiado alto ni demasiado buen mozo importaba poco: el poder de seducción de Bogart venía de más adentro, de ese fenómeno de personalidad que llamamos carisma y que en este caso tenía algo del hombre que ha sobrevivido a varias guerras, de tipo golpeado pero entero, sereno en apariencia, pero duro de carácter y noble de corazón. Los datos de su biografía dicen que tuvo una infancia desdichada en un hogar donde sobraban dinero, alcohol y violencia; hablan de sus tropiezos como estudiante, de su paso por la marina, de su acercamiento al teatro, que sería al fin -gracias a El bosque petrificado- el que le abriría, en Hollywood, puertas que antes sólo se habían franqueado para ofrecerle papeles secundarios poco significativos. También dicen que su nombre completo era Humphrey DeForest Bogart, que nació en Nueva York el 23 de enero de 1899 y que su ascenso profesional fue fruto de su tenacidad y de algunos encuentros afortunados.
El primer gangster
Pasaron catorce años, veintiún espectáculos (y dos esposas) entre su debut en el teatro, a los 21, y el día en que Robert Sherwood lo vio en Invitation to a Murder y le ofreció el papel del gangster de su nueva obra, El bosque petrificado . Ganó así un éxito que se repitió en el cine, un personaje que seguiría perfeccionando y un contrato con la Warner, con la que sostuvo una larga relación de amor-odio. En los siete años que siguieron filmó 30 películas, algunas bien conocidas como Punto muerto (Wyler), El genio del crimen (Litvak), Angeles con caras sucias (Curtiz) y en especial tres con Raoul Walsh: Héroes olvidados , La pasión manda y Altas sierras . Si en esta última, Bogart descubrió la interioridad del gangster, en la siguiente, El halcón maltés , John Huston (otro encuentro determinante) lo puso en la piel de un segundo personaje ideal: el de detective privado, con el que brillaría más tarde en Al borde del abismo , de Howard Hawks.
Claro que a esas alturas la imagen del tipo duro pero también romántico ya había alcanzado su máxima expresión: Casablanca (1942), éxito inagotable que se llevó el Oscar y se convirtió en un clásico. Sin duda el personaje de Rick fue decisivo para instalarlo en la primera línea de Hollywood; también le aportó unos cuantos rasgos a ese Bogey que, pocos años después de su muerte, el 14 de enero de 1957, se convirtió en objeto de culto y hasta hoy conserva su vigencia.
Faltaban todavía otros papeles memorables: el aventurero codicioso de El tesoro de la Sierra Madre , el neurótico capitán de El motín del Caine , el secuestrador de Horas desesperadas , el ex cronista de boxeo metido en negocios sucios de La caída del ídolo , su último film. Pero sobre todo faltaba un encuentro que no cambió su carrera sino su vida entera.
En Tener y no tener (1944) conoció a Lauren Bacall. Ella tenía 19 años; él, 44. El amor fue instantáneo, la boda debió esperar hasta que Bogey deshiciera su tercer matrimonio en 1945. Y hubo dos hijos en esos once años de felicidad que la actriz juzga suficientes para justificar toda una vida. Ese amor -visible en Al borde del abismo- iluminó los últimos años de Bogart mucho más que el Oscar que finalmente ganó por La reina africana (1951). Su muerte dejó un vacío inocultable.
Ya lo dijo John Huston, compañero de films y de tragos: no habrá otro como él.
Homenaje en TV
- Como homenaje a Humphrey Bogart TCM Classic Hollywood le dedicará hoy una maratón de sus películas más clásicas: a las 16.30 emitirá A través del Pacífico (1942), film bélico de John Huston, que protagoniza junto a Mary Astor; a las 18.10 se verá La mano izquierda de Dios (1955), de Edward Dmytryk. A continuación, a las 19.45, llegará La condesa descalza (1954), ácido melodrama de Joseph L. Mankiewicz, que protagonizó con Ava Gardner. A las 22 será el turno de El halcón maltés (1941), adaptación de la clásica novela de Dashiell Hammett con la que debutó como director John Huston, junto a Mary Astor y Peter Lorre. Para las 23.45 se reserva el más grande de todos los clásicos protagonizado por Bogart: Casablanca (1942), donde el actor brilló junto a Ingrid Bergman, Paul Henreid y Claude Rains, dirigidos por Michael Curtiz. El tributo finalizará a la 1.30, ya del lunes, con El gran sueño (1946), de Howard Hawks, con Lauren Bacall. Esta película incluye escenas sexuales bastante osadas para la época en el cine de Hollywood, tales como el imperdible diálogo figurativo sobre carreras de caballos entre Bogart y Lauren Bacall.
