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Reinserción social

El desafío de la libertad

Comunidad

Según datos de la Defensoría de Pueblo de la Nación, apenas el 43% de los internos tienen estudios primarios completos y al momento de ingresar al penal, el 37% de los presos se encontraban sin trabajo. A continuación historia de vida de personas que que luego del tránsito carcelario pudieron salir adelante

María René Barrueta

Hace sólo una semana que Mario pudo salir libremente a la calle después de 25 años tras las rejas, y siente que tiene que aprender todo de nuevo porque el mundo es otro.

"Es como si me hubiese dormido y de un día para el otro me despierto con todo cambiado. Me siento como un provinciano en la ciudad. Es como un viaje al futuro y la máquina de café es casi una misión imposible", cuenta divertido.

Cuando sólo tenía 28 años, el 20 de mayo de 1982, ingresó en la Unidad N° 5 de Mercedes, condenado por coautor de homicidio. "Después de 25 largos años ahora puedo ver más allá de 100 metros sin obstáculos, puedo decidir cosas sin pedirle permiso a nadie y puedo tener contacto con la naturaleza." Ya consiguió trabajo en una estancia en Tuyutí, a 25 kilómetros de San Andrés de Giles, provincia de Buenos Aires, en la parte administrativa. Esta oportunidad se la ofreció Federico, uno de sus profesores durante su carrera de licenciado en Administración de Empresas de la Universidad de Luján, que hizo mientras estaba en la cárcel.

Por su buena conducta y su gran devoción por el estudio, en los últimos tres años tuvo 400 salidas que lo habilitaron a cursar y rendir los exámenes. Hoy visita el penal para llevar libros y apoyar al Anexo Universitario.

Recuerda que su primera imagen cuando ingresó en el penal fue levantar la vista y encontrarse con un muro de 12 metros. "Ahí recién me di cuenta de que estaba detenido."

Está viviendo en Tortuguitas, en la casa de su infancia. "Cuando entré se me vinieron una ola de recuerdos. Encontré juguetes míos de hace 40 años. La casa estuvo cerrada todo este tiempo y quedó como yo la había dejado", cuenta.

Cuando lo "agarraron" estaba casado y ya tenía tres hijos, de 2, 4 y 6 años. Estando adentro se separó de su mujer, pero quedaron como amigos. Hoy, además del apoyo y el amor de sus hijos, cuenta con tres nueras y cuatro nietos. "Cuando se ingresa en la unidad penal, uno arrastra a su grupo familiar a la bajeza más grande. Se tienen que bancar que los señalen en el barrio, las requisas, los maltratos y todas las rutinas carcelarias."

Los primeros años de encierro fueron una pesadilla, "como caerme en un pozo con verdín del que no podía salir". Sin embargo, se siente un afortunado porque hubo distintas personas que le tendieron una mano.

"El día a día es como una película vieja que se repite rutinariamente. Ya sabés cuántos escalones y baldosas separan la celda del comedor."

Está ansioso por empezar a trabajar; sabe que otros la tienen que pelear. "Algunos reinciden porque no encuentran trabajo y, en general, proviene de familias necesitadas", finaliza.

Sandro Bardelli

En la época en que tendría que haber estado jugando al fútbol en los potreros o a los autitos con los chicos del barrio, Sandro ya se drogaba con Poxiran. Tenía apenas 8 años, vivía a seis cuadras de la Villa Los Alamos, en la zona de Quilmes, y ya estaba dando los primeros pasos en un largo camino de adicción y delincuencia que lo llevó a un peregrinaje por distintas comisarías y cárceles.

Recuerda con angustia su arribo a la Unidad Penitenciaria 23 de Florencio Varela. "Estuve 10 días encerrado en una celda, sin comer, y después me pasaron a un pabellón donde estaban todos encerrados, con candados, mirando por un pasaplatos."

Después de hablar con la jueza, lo trasladaron a la Unidad Penitenciaria 18 de Gorina, donde podía hacer un tratamiento para las drogas, "porque yo había salido a robar por la droga", dice hoy, con 37 años y una mirada resuelta.

Apenas entró en la cárcel, Sandro ya tenía muy claro que no quería consumir más. "Entre los presos hay de todo: alcohol, marihuana, pasta base, pastillas, cocaína. Hay más droga adentro que afuera. Si yo seguía con la misma rutina, terminaba en el hospital o muerto."

Durante este período se empezó a valorar como persona, volvió a tener contacto con sus hijos y su familia. "Yo no quería que mis hijos me fueran a ver detrás de una reja. Ellos sabían que yo estaba preso y nos mandábamos cartas, o hablábamos por teléfono. Gracias a Dios, hoy día les tengo que agradecer a ellos que me abrieron el camino para que cuando saliera en libertad no me sintiera solo."

Descubrir el Frente de Artistas Intramuros fue como otra puerta que se le abrió en este camino. Una puerta que lo condujo a aceptar su enfermedad y conocerla, y a compartir sus sentimientos con otras personas que atravesaban la misma situación. El pertenecer a este grupo y poder manifestar sus sensaciones a través de la expresión artística fue fundamental para que pudiera salir adelante.

El 25 de octubre del 2005 es una fecha que siempre quedará grabada en todo su ser. Ese día salió en libertad y lo primero que hizo fue ir a ver a sus dos hijos. "Los amo y ellos me aman a mí, y son los que me dan fuerzas para seguir adelante."

Ahora que salió en libertad, el fantasma que lo persigue es el de la reinserción social. Lo vive como una lucha diaria, donde la clave es sentirse acompañado y estar siempre haciendo algo útil. "Esta parte es muy difícil, más para el adicto a las drogas. Es levantarse, mirar para arriba y seguir caminando. Luchándola. Mi problema cuando salí es que no tenía medicación."

Hoy forma parte del Frente de Artistas Intramuros, y deambula por los penales asistiendo a las reclusos con vih, devolviendo un poco de lo que le dieron a él. Tiene sueños y piensa cumplirlos.

Jorge Chávez

Cuando Jorge estuvo tres años privado de su libertad, "esperar" se transformó en una mala palabra. No sabía cómo hacer para vivir en un mundo tan diferente como la cárcel. Incluso ahora le resulta difícil poder resumir todo lo vivido en tan pocas palabras.

"En el momento de ingresar en el penal N°2 de Sierra Chica, en la provincia de Buenos Aires, sentí un escalofrío al ver que todo era hecho de piedra, sus muros, sus paredes y su gente. No importa cuál es el motivo que nos ha llevado ahí, una vez que se atraviesa esa puerta de reja no se sabe cuándo va a ser el día que la vamos a volver a cruzar", cuenta.

No sabía qué hacer con su tiempo libre. Casi 2000 personas pasaban sus horas mirándose una a la otra sin ocupación, sin sentimiento, ni proyectos y sólo esperaban.

Un golpe de suerte hizo que lo trasladaran a la Unidad Penal N° 32, en Florencio Varela, provincia de Buenos Aires, donde funcionaba un taller de reparación de PC que patrocinaba la Asociación María de las Cárceles. Cuando tuvo la entrevista con el jefe del penal, le dijo que quería trabajar y estudiar. "Hice todo lo posible para que me dejaran empezar con el curso y lo consguí a fuerza de insistir", señala, al tiempo que recuerda las noches que se pasaba pensando qué hacer para aprovechar el tiempo y sentirse útil.

"Comprendí que a pesar de estar privado de mi libertad yo era apto para ayudar a otros. Tenía la esperanza de poder cambiar mi vida, la posibilidad cierta de estar ocupado podía convertirse a mi favor para el mañana", dice.

Esta tarea lo hizo sentir muy bien como persona, lo dignificó, y comprendió que la educación es la base necesaria para crecer y que la computación podía ser una gran herramienta para el futuro.

"Por eso cuando la Asociación María de las Cárceles nos trajo los cursos de computación dictados por la Universidad Tecnológica Nacional, nos dimos cuenta de que nosotros éramos los pioneros de esta nueva realidad en la cárcel, que si el empeño que poníamos en estudiar y prepararnos era provechoso, otros vendrían atrás nuestro y también podrían aprovechar estas oportunidades", explica con una notable calma. Hoy sigue colaborando con esta asociación. "Esta realidad que viví en la cárcel me demostró que sí puedo, me dio otra visión de la presencia activa de cada uno de nosotros en nuestras propias vidas. Cuando uno está preso muchas veces pierde esta noción, las cosas que pasan adentro nos hacen suponer que el valor real de nuestra existencia no es tal, no sólo no merecemos nada bueno, sino que no somos capaces de aprovecharlo."

Gustavo Rondi

En el rostro de Gustavo, o Tato como todos lo llamaban de chico, hay una mueca de terror. Tiene la mirada huidiza, la espalda encorvada y una actitud de sumisión que diez años tras las rejas marcaron a fuego.

Hace menos de dos meses que Tato salió en libertad, tiene trabajo, vive con su familia y colabora con la Asociación María de las Cárceles, que conoció mientras estaba preso.

"La libertad es hermosa", cuenta este joven de 29 años, mientras se acurruca en una silla y se frota nervioso los dedos. Tiene claro que ya le pagó a la sociedad por ese robo que cometió hace un largo tiempo y que ahora tiene una nueva oportunidad que no va a desaprovechar.

"Desde que salí, lo que más me llama la atención es el resentimiento que me tiene la policía. Ellos piensan que, si te equivocaste una vez, no tenés posibilidad de cambiar", dice.

Oriundo de La Matanza, tiene seis hermanos y su padre falleció mientras él estaba cumpliendo su pena. Es separado y tiene un hijo de 7 años, Joshua, al que sólo vio una vez cuando era chiquito.

El 20 de noviembre último pudo volver a caminar por las calles sin límitaciones. "Cuando salí me estaba esperando mi mamá. Nos fuimos directamente a mi casa, donde estaban todos mis hermanos", recuerda.

Siente que la gente lo discrimina. "En el barrio yo no le doy mucha bola a nadie, pero una vez que saben que cometiste un delito ya todos te empiezan a mirar raro", cuenta.

En la calle se drogaba y por eso cayó en el delito. Tiene cortes en los brazos y varios tatuajes como resabios de sus años "oscuros". La bronca se hace evidente cuando surge la pregunta de cómo se vive en las unidades penitenciarias. "Los guardias me rompieron los diez dedos de la mano. Lo peor fue ver tantas muertes, amigos muchos de esas víctimas, en las peleas o por las palizas del servicio penitenciario. Se pasa mucho hambre y las muertes se dan porque los presos se roban entre ellos la ropa para después venderla y comprar comida", dice.

Sin embargo, rescata los valores de algunas personas que hicieron su estada un poco más apacible. "No todos en el servicio penitenciario son malos. Algunos jefes siempre se preocuparon por mí, y aún hoy me llaman para ver cómo estoy."

La suya es una historia de reincidencia. Cuando se enteró de que su padre agonizaba, se fugó de la comisaría para poder ir a visitarlo. Cuando lo agarraron, le agregaron cinco años a la condena que ya cumplía.

Empezó con el curso de reparación de PC que daba María de las Cárceles y su vida cambió por completo. Hoy sus días los divide entre su trabajo voluntario en María de las Cárceles, donde repara computadoras, y su trabajo de asistente informático con el cual se mantiene, hasta las 9 de la noche.

Una mirada a través de ojos de madre

Es el día de hoy que Chichi siente una puntada en el estómago cuando recuerda el día que unos amigos de su hijo Sebastián le tocaron el timbre para avisarle que estaba detenido por robo. El camino a la comisaría, la negación, el enterarse de su adicción a las drogas y las preguntas sin respuesta están grabadas en su corazón.

"Es algo muy difícil de asumir, porque te empezás a dar cuenta de que tu hijo está pasando por situaciones muy complejas y vos no estabas ni enterada", aclara.

Había salido supuestamente a bailar, y su música lo llevó a estar detenido un año en una unidad penitenciaria en Ezeiza. "La gente reacciona de las formas menos esperadas. Muchos vecinos dejaron de saludarme después de 30 años de conocernos, y algunos familiares se hicieron los desententidos", cuenta Chichi.

Esta madre sintió que necesitaba buscar ayuda porque no podía salir del pozo. Por intermedio de un amigo se puso en contacto con la Fundación La Merced y de a poco pudo ir aceptando la realidad. "Creo que lo de Sebastián fue más una travesura que otra cosa, y también una inconsciencia porque no sabía las consecuencias que podían tener sus actos."

Para Chichi el tránsito carcelario fue hundirse en la impotencia. "Me enteraba que a mi hijo lo robaban, lo golpeaban, y no podía hacer nada para ayudarlo", explica.

Iba a verlo dos veces por semana. "Las colas para entrar son terribles y las revisaciones espantosas. Hay que desnudarse y te revuelven toda la comida. Hasta que se logra llegar, a veces se tarda más de una hora y media", protesta.

Hace unos meses que Sebastián está libre. Tiene 19 años, vive con su madre, su hermana y su cuñado. El primer trabajo que consiguió en un cine lo perdió cuando se enteraron de que tenía antecedentes. "Esto te da la pauta de que la sociedad no está preparada para recibir a los liberados."

Sebastían está de novio y quiere terminar la secundaria para poder seguir estudiando.

Datos de contacto

Fundación María de las Cárceles, 155-475-2523
Fundación de la Merced, 4807-0536
Fundación de Artistas Intramuros, 154-164-3958
Secretaría de Ayuda Cristiana a Cárceles, 4951-0241
Fundación por los Detenidos Sociales, 4388-2212 .

Por Micaela Urdinez De la Fundación Diario LA NACION
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