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Mauricio Macri, el enemigo deseado y tan temido

LA NACION
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Jorge Fernández Díaz
Domingo 21 de enero de 2007

El estratega electoral de Néstor Kirchner tiene cara de fatiga pero ojos de entusiasmo. Se siente didáctico en el anochecer de este enero desangelado, y en mangas de camisa toma de repente un papel cualquiera y dibuja con una Bic azul trazo grueso una cancha de tenis. Es decir, un rectángulo partido en dos por una línea. Está dibujando el mapa geográfico de la política, y dividiendo arbitrariamente en dos áreas el mercado electoral. Recurre para eso a una convención ideológica y marketinera: aunque el ochenta por ciento de la sociedad se declara independiente, todos tienen pulsiones de derecha o de izquierda. Esas pulsiones son culturales y sociológicas, y anteriores a cualquier adscripción política o partidaria.

En el campo de la izquierda, el ministro de la mesa chica, el estratega fatigado, dibuja un punto firme y dice: Aquí en el centro está Néstor dominando la izquierda y acompañado por peronistas y espontáneos. ¿Quién es el jugador que tiene enfrente? El estratega no espera una respuesta: la produce. Dibuja en el centro del campo contrario otro punto enfático, y dice: Mauricio Macri. El único dirigente de la derecha que, como Kirchner en la izquierda, no tiene complejos en ser lo que es. Es, se muestra y representa social, política e ideológicamente a la derecha democrática argentina. ¿Qué pasa con el resto? Se refiere ahora a Roberto Lavagna y a Elisa Carrió. Los dibuja cerca de la línea del medio, pegados a la red, pero en el campo que domina Macri. Lavagna y Carrió quieren pescar en el lago de Néstor, pero no pueden, y no se dan cuenta de que el único mercado que les queda es el lago de la centroderecha. Allí podrían pescar y tener un éxito razonable, pero deberían para eso aceptar que ahora son una versión de la derecha argentina, y esa conversión les resulta intragable. Por eso se los ve tan híbridos e incómodos .

Cuatro días después de esta lección íntima y didáctica en la Casa Rosada, Carrió tuvo una de sus célebres clarividencias. Recordó que "en tiempos electorales, el PRI no sólo se ocupaba del plan de gobierno, sino también de cómo construir una oposición satélite que apareciera como oposición para perder y ser funcional al Gobierno". La observación venía a cuento del raid dialoguista de Juan Carlos Blumberg, pero era un poco más amplia. Es cierto que el gobierno de Kirchner necesita crear una oposición y es curioso que el mismísimo Presidente se haya dedicado, en varias ocasiones, y delante de distintos periodistas argentinos, a reconocer a Mauricio Macri como su único y legítimo contendiente. Como si intentara posicionarlo. Es que el panorama de la oposición desarticulada causa cierto espanto, y la idea de que se profundizará la hegemonía no les conviene ni siquiera a quienes la ostentarán. Como el PRI mexicano, el peronismo kirchnerista necesita figurarse una alternancia. Y crear, si no lo hubiera, un enemigo. El enemigo creíble y deseado de Kirchner es Mauricio Macri. Y lo es por varias razones.

La primera de ellas resulta meramente táctica: el kirchnerismo quiere alejarlo de la Capital, donde el presidente de Boca sigue teniendo posibilidades de ganar, aunque no sin cierto esfuerzo. La segunda es una razón más de fondo: Kirchner no sabe hacer política sin demonizar a sus oponentes. Ganó demonizando a Menem y a la Alianza, venció a Duhalde demonizándolo y necesita demonizar ahora a una figura creíble para vencer con contundencia en las urnas. Macri parece, desde la lógica oficial, mucho más fácil de vapulear que su ex ministro de Economía, a quien no podría acusar de nada que no salpicara su propio living.

Con Macri tienen cierta experiencia. El kirchnerismo lo sometió el año pasado a una dura campaña sucia: no había poste de luz en la ciudad autónoma donde no resplandeciera aquel cartel anónimo que decía: "Macri es Menem". La idea de Kirchner consiste en elevarlo a categoría de gran candidato presidencial y castigarlo con sus argumentos preferidos: representa al "empresario insensible" y los negocios a cualquier costa, es el neomenemismo, la Argentina vieja y el regreso a la malograda década del 90. Su escenario ideal sería polarizar con Macri pero mantener la fragmentación con Lavagna y Carrió. Elevar a Macri pero hasta cierto punto, no vaya a ser cosa que junte masa crítica y se convierta en un verdadero problema. Utilizaron este mismo inflador para convertir a Ricardo López Murphy en la gran sorpresa durante las últimas presidenciales porque el Comando de Campaña Kirchner Presidente, que manejaba el duhaldismo, creía que el líder de Recrear le succionaba votos a Menem. Tanto lo inflaron que hubo un breve e inquietante momento en el que López Murphy se les convirtió en un Frankenstein, una verdadera amenaza. Fue entonces cuando sacaron los cuchillos, lo acusaron de estar preparando un ajuste salvaje en la administración pública y le pincharon el globo.

A pesar de ser todavía un político amateur, Mauricio Macri tiene conciencia de esta situación, pero se encuentra aún ensimismado en la encrucijada de su vida: ¿candidato porteño o candidato nacional? No tiene garantizada la Capital, como para hacer base y gestión, dado que Jorge Telerman y Daniel Filmus, unidos en una segunda vuelta, podrían derrotarlo. Y sabe que el ciclo a favor del "nacionalismo de izquierda con viento de cola" que representa Kirchner es una tendencia regional y no ha terminado. Su ideal sería esperar tranquilo a que ese ciclo se agotara, el péndulo volviera a cambiar y la realidad lo encontrara como el hombre perfecto en el momento justo: la hora de la centroderecha. El asunto es cómo llegar vivo políticamente a esa fecha crucial. Las encuestas lo han convencido de que el próximo no es su turno, pero también de que obteniendo entre un 25 y un 30 por ciento de votos podría ubicarse como el jefe de la oposición.

Tuvo esta oportunidad y la desperdició el año pasado. Para que su imagen negativa en los sondeos no aumentara, calló críticas contra un presidente que siempre tuvo gran intención de voto. Logró así mantener una buena performance, pero desdibujó su imagen de opositor inteligente e implacable.

Sueña Macri, sin embargo, con ser el Rajoy de Kirchner. El candidato del Partido Popular perdió ante Rodríguez Zapatero, pero sigue activamente al frente de la oposición, esperando los próximos comicios de España. ¿Podría ocurrir algo así en la Argentina después de una elección presidencial? Habitualmente, el que perdía se transformaba en el "mariscal de la derrota", incapaz de capitalizar nada. José Octavio Bordón aún es, en ese sentido, un ejemplo dramático.

No le disgustaría al Gobierno tener enfrente al macrismo luego de vencerlo. Pero se equivoca si cree que Macri es el típico liberal conservador de la Ucedé. Macri es también un peronista agazapado seguido por peronistas residuales. Al igual que Kirchner, el presidente de Boca se reconoce, en la intimidad, como un desarrollista. Hace furor la declamación frondizista por estos días. Tanto Néstor como Mauricio saben que ser de derechas suena a rancio y que ser de izquierdas es cool , pero que para gobernar a todos hay que ser amplios, pragmáticos y algo amorfos.

Uno y otro son como imágenes invertidas en el espejo y quieren en este momento lo mismo. Que Macri pierda con dignidad. Sin embargo, uno con miedo y el otro con esperanzas, recuerdan que Rodríguez Zapatero perdía hasta que imprevistamente la realidad metió la cola, cambió la foto y le permitió ganar. Hay que ver si esta realidad inofensiva y calma de este enero desangelado, donde se trazan mapas con cierta omnipotencia, se mantiene durante los próximos meses o si la inflación, la inseguridad, los apagones y otras contingencias no modifican el curso de los acontecimientos y cambian una vez más la historia.

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