Cambalache
A la vuelta de la esquina
Por Enrique Pinti
A la vuelta de la esquina, sin que nadie lo presienta, nos esperan el absurdo, el disparate, la estupidez o la fatalidad.
Los malos entendidos y el encadenamiento de hechos fortuitos e independientes entre sí aparecen en nuestras vidas sin anuncio previo, y estallan en medio de la monotonía cotidiana en forma de fuegos de artificio. Esto siempre ocurrió, pero en épocas tan contradictorias y cambiantes como éstas toman características que fluctúan entre la tragedia y la comedia, la catástrofe y la calma. Y si hay un territorio fértil para este tipo de situaciones es el de los aeropuertos internacionales.
Las medidas de seguridad que siguieron al atentado a las Torres en 2001 han sido el punto de arranque para los incidentes más variados. Desde el endurecimiento de las hostilidades en Oriente Medio, Afganistán, Irak, Irán y Corea del Norte todos los extranjeros son sospechosos en los aeropuertos norteamericanos y, curiosamente, aunque ningún hispano haya estado involucrado en ningún acto terrorista, nuestra presencia inspira desconfianza.
El que esto escribe ha entrado desde 1977 a Estados Unidos una vez por año, casi siempre en noviembre o diciembre, siempre con visas de la más larga duración. Sin embargo, desde 2001, los interrogatorios han sido a cara de perro y con preguntas que incluían cosas lógicas (como mostrar el pasaje de vuelta, los comprobantes de las reservas para hoteles previstos, el detalle del itinerario dentro del territorio y los propósitos del viaje) y otras absurdas, peregrinas, insolentes o risibles, como preguntar con cara de inquisidor medieval en un mal día: “¿Un viaje tan largo de vacaciones solo y sin familia?”, en Newark, Nueva Jersey, el 2 de noviembre de 2006 para más datos. “¿Me va a decir que usted no tiene familia en USA y se va a quedar a pasar Navidad?”, en Miami, en noviembre de 2003. “Usted está muy transpirado, ¿está nervioso?”, en Nueva York, en noviembre de 2004.
¿Qué mala película de espionaje tienen en la cabeza? ¡Vaya usted a saber! No lograrán vencer mi devoción por esa ciudad mágica que es Nueva York, a la que amo desde los sueños de la infancia hasta la psicoanalizada guía neurótica de mi admirado Woody Allen. Eso está claro, pero, ¿no pueden aflojar un poco la mala actitud, no digo la seguridad y el control, digo la cara de hornalla y la pose del FBI?
La tontería y la generalización llevan al error. Y el error incluye el ridículo y la muerte. Hace dos años un latino llamado Rigoberto fue abatido a tiros en la manga de un avión en Miami. Se trataba de un enfermo bipolar que estaba casi recuperado pero, por esas cosas del cerebro, se piantó y echó a correr. La actitud era más que sospechosa y no hizo caso de las voces de alto. Claro, era un psicótico al que ni su mujer pudo contener. Pero lo mataron primero y averiguaron después. Hace pocas semanas una señora encendía fósforos durante un vuelo porque le daba ver-güenza el efluvio nauseabundo que provocaban sus gases imposibles de controlar por una enfermedad intestinal que incluía una aerofagia feroz. El avión aterrizó, el pasaje entero debió someterse a revisaciones, requisas e interrogatorios hasta que la pobre mujer, muerta de vergüenza, admitió su responsabilidad.
Así la tragedia, el sainete, la comedia de enredos y el vaudeville se mezclan con lo más terrible de la gran historia. En medio del caos surge la risa, en medio de la fiesta irrumpe el terror de la bomba, el tiroteo o la locura colectiva. Nadie se salva, todos estamos expuestos. ¡Y la calesita sigue!
El autor es actor y escritor .
