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Santo Tomás Moro

Tercera entrega de la serie, que esta vez pone el foco en la vida de este hombre canonizado en 1935 y proclamado por Juan Pablo II, en 2000, patrono de los gobernantes y los políticos
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4 de febrero de 2007  

¿Qué es un santo?, ¿un ser celestial, inalcanzable, impoluto, que está más allá de cualquier juicio, que ha llevado una vida heroica y pura, y a la vez llena de privaciones, sufrimientos, flagelaciones y penurias, o simplemente alguien de carne y hueso, con virtudes y defectos propios de la condición humana, un humano de a pie que logra trascender su mortal destino?

El padre Guillermo Marcó, ex vocero del Arzobispado de Buenos Aires, lo resume en pocas palabras: “Es un modo de vivir concretamente el Evangelio.”

“Ha habido toda una concepción de la Iglesia acerca de la necesidad del sufrimiento, del rigor, del ayuno –explica el profesor y teólogo Rubén Dri–. Después, ha habido una revalorización de la alegría que se puede ver más en la modernidad. Pero el santo medieval era el santo del rigor, del suplicio. Sí, ha habido toda una teología del sufrimiento. Pero hay determinados santos que evaden esta característica, como Santo Tomás Moro o San Francisco de Sales, que es un santo de la alegría y es el modelo de los salesianos.”

En el prólogo de la edición española del libro Calendario perpetuo de los santos, de Albert Christian Sellner (Sudamericana), el escritor y teólogo Enrique Miret Magdalena, al formularse la misma pregunta reconoce que la respuesta debe darse con rigor porque “tenemos una gran ignorancia de lo que en el fondo son los santos”.

Al sumergirse aún más en este mar de dudas (no por los milagros que los llevaron a la canonización –un arduo y engorroso proceso diocesano que puede durar siglos hasta que el papa proclame la heroicidad de virtudes y la Congregación de las Causas de los Santos lo reconozca como santo–, sino por sus características personales), Miret Magdalena plantea una serie de cuestiones acerca de los santos que, al considerárselos figuras celestiales, “nos alejan de su vida histórica”.

Precisamente esto, sus manías, sus virtudes, sus cualidades y sus defectos humanos, han sido ocultados, o, en el mejor de los casos, se han difundido con mínimo entusiasmo. Por ejemplo, a San Felipe Neri lo llamaban “el bufón de Dios” por su costumbre de tomarles el pelo a los cardenales de Roma; San Agustín no podía comer sin sus cubiertos de plata; San Francisco de Sales, además de un obsesivo por la limpieza, disfrutaba del buen humor –“un santo triste es un triste santo”– solía decir; San Benito Labre estaba lleno de piojos; San Juan Crisóstomo era una pila de nervios; Don Bosco, de tan bromista que era, estuvo a punto de ser internado en un manicomio, y Santa Teresa era una especialista en apodos: llamaba “búhos” a sus enemigos, “águilas” a sus amigos y “Matusalén” al nuncio.

“El más grande predicador de la Edad Media –dice Miret Magdalena–, que las masas oían embobadas durante horas, San Bernardino, nunca cesaba de reír y bromear. Y alegre fue Santo Tomás Moro, que no permitía compartir una comida con él si no se contaban chistes.”

No fue ésa, sin embargo, la principal característica que llevó al abogado Tomás Moro, nacido en Londres el 7 de enero de 1478, egresado de la Universidad de Oxford y una de las figuras más brillantes del Renacimiento, tanto por su fuerte personalidad como por su enorme cultura, a ocupar el cargo de Lord Chancellor (canciller) con que lo distinguió el rey Enrique VIII en 1529.

Hombre integro, de profunda fe, reformador y de gran ingenio, Moro, contemporáneo de Maquiavelo, Martín Lutero, Durero, Thomas Cromwell y Cristóbal Colón, sedujo a su rey no sólo por sus conocimientos, sino –y probablemente más que por ninguna otra cosa– por Utopía, el libro que escribió en latín y aquel por el que más se lo recuerda. Utopía (del griego outopia, ningún lugar, y eutopia, buen lugar) es un término creado por Moro alrededor de 1516. Según los historiadores, está basado en las narraciones de Américo Vespucio sobre la isla Fernando de Noronha, que el navegante descubrió en 1503. Fue entonces cuando decidió escribir sobre un lugar nuevo y puro, donde existiría una sociedad perfecta, de carácter comunista y en la que sólo la razón ejercería el poder. Entre los temas que hace más de quinientos años Moro trataba en Utopía figuran la eutanasia, el divorcio, los derechos de la mujer y la educación estatal.

“Tomás Moro –dice el padre Marcó– fue un hombre muy coherente. Fue un gran canciller, capaz de decirle que no al poder a costa de su propia vida y de la pérdida de sus bienes. Se lo considera el santo del buen humor: siempre fue una persona con gran sentido del humor. Y me parece una figura atractiva, además, porque se trata de un laico.”

Casado, luego viudo y vuelto a casar, crió a sus hijos con gran dedicación y supervisó personalmente su educación, lo que para la época era un rasgo por demás notable. En cuanto a su vida espiritual, iba a misa todos los días, llevaba un cilicio y practicaba una estricta disciplina de oración. Al tiempo que servía al rey, emprendía campañas públicas a favor de la educación humanística y la libertad de cultos.

En su obra Todos los santos (Lumen), Robert Ellsberg, editor general de Orbis Books, reseña: “El rey Enrique VIII había calculado sabiamente la brillantez y honestidad de su canciller. En lo concerniente a su cargo, Moro servía con lealtad y distinción. Mas las circunstancias habían de evolucionar hasta el punto en que Enrique requirió una lealtad más absoluta de la que Moro podía ofrecer. Desde algunos años ya, la corte de Enrique se dirigía hacia una colisión fatal con la autoridad de la Iglesia Católica. El problema residía en el deseo del rey de anular su matrimonio con Catalina de Aragón para poder casarse con Ana Bolena. Catalina se negó a aceptar este plan y el papa sostuvo la inviolabilidad de su matrimonio”.

La jugada de Enrique VIII, lejos de cambiar un amor por otro, perseguía un fin tan obvio como desafiante para la época: la pobre Catalina sólo le había dado una hija mujer al rey. Obsesionado con la idea de morir sin descendencia masculina, Enrique optó por el camino más corto: deshacer su matrimonio, casarse con Ana y esperar a que la naturaleza lo complaciera con un varón.

Convencido de que los apuros reales culminarían en una crisis fulminante con la Iglesia, Moro renunció a su cargo y se fue a vivir a su casa de campo.

En 1534 se proclamó un acta de sucesión y todos los súbditos del rey fueron obligados a prestar un juramento por el cual reconocían a los hijos de Enrique y Ana como los verdaderos herederos del trono. Moro no le dio mayor trascendencia a esto. Sin embargo, el juramento incluía, además, el reconocimiento de que el matrimonio del rey con Catalina no había sido verdadero. Este compromiso implicaba un corte decisivo con la autoridad papal. Moro se negó a asumirlo. Su negativa, tiempo después lo llevaría a la muerte.

Acusado de corrupción y complicidad con una adivina, el 13 de abril de 1535 fue arrestado y encarcelado en la Torre de Londres. Tres meses más tarde, al pie del cadalso, agotado por los días en prisión y a segundos de la decapitación, Tomás Moro, el caballero del rey, no pudo con su genio y le dijo a su verdugo: “Le ruego, señor teniente, ayúdeme a subir; en cuanto a bajar, deje que ruede por mí mismo”.

La formalidad de la muerte, sin embargo, lo llevó a despedirse del mundo con la misma dignidad y entereza con la que había vivido sus escasos 57 años. Y dijo: “Muero en y por la fe de la santa Iglesia Católica. Rueguen por mí en este mundo, y yo rogaré por ustedes en el otro. Rueguen por el rey, para que Dios se sirva enviarle buenos consejeros. Muero como leal servidor del rey, pero Dios está primero”.

El Vaticano lo canonizó en 1935 y en 2000 Juan Pablo II lo proclamó patrono de los gobernantes y los políticos.

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