En el curso de treinta años, el divorcio se ha instalado en el inconsciente de las personas. Ya nadie se casa “para toda la vida”. Nos informan innumerables psicólogos en las revistas y la televisión que el amor-pasión dura cinco años o –a lo sumo– diez. ¿Y para qué seguir con una ficción teatral o social? Hay otras mujeres, hay otros hombres, más jóvenes o más ricos o más musculosos o más dulces o más apasionados. ¡Hay tanta gente en el mundo escribiendo mails, concurriendo al cine, caminando por la calle, repartiendo panfletos o metiendo una pizza en el horno!
Ante la primera dificultad, aparece el llamado en la pantalla mental, como esos pop-ups de la computadora: “¡Divorciate! ¿Para qué seguir? ¡Ya no hay amor, se acabó la pasión!”.
Encontramos en las revistas el testimonio de Kevin Costner, nada menos. Tiene 55 años, siempre ha sido un hombre muy discreto, su primer matrimonio duró más de 20 años y ahora acaba de casarse con una muchacha de 34, la alemana Christine Baumgartner.
Dice Costner: “Ya no me entusiasma tanto tener hijos, pero Chris los desea; por lo tanto, los tendremos. Haré todo lo necesario para que nuestra pareja funcione felizmente, porque es una mujer maravillosa. Lo único que no pienso volver a hacer en mi vida es divorciarme. Es una experiencia arrasadora para la mujer, el hombre y los hijos. De hecho, cuando me divorcié de mi primera esposa, nos reunimos en un hotel con nuestros tres hijos para decidir dónde viviría cada uno de nosotros, y con quién. Pero no pudimos resolver nada. Sólo atinamos a juntar las dos camas y dormir los cinco juntos, llorando. Estábamos demasiado doloridos para pensar”.
Esto no lo dice nadie.
El ex marido pierde la mitad de su fortuna, grande o pequeña, y atraviesa tristes soledades añorando a sus hijos. Ya nunca tendrá con ellos una relación “natural”. Se convierte en padre dominguero. Echa de menos a su antigua mujer, pero... están echadas las cartas. ¿La verdad? ¡Todos y todas quieren en algún momento volver atrás!
La ex mujer se siente abandonada por una más joven, habla pestes de su ex y (cargando con los hijos) tiene problemas para encontrar una nueva pareja. Es una nueva sola.
Los hijos guardan rencores hacia ambos padres. Culpas, envidias, celos, intrigas, chismes, traiciones, robos de dinero y escondrijos clandestinos forman parte de este paisaje. Al cual se suman los abogados con sus tretas.
¿Donde está lo bueno?
¿En una nueva pareja? ¡También durará cinco años!
Cada divorcio es una masacre emocional, una gran pérdida de años, dinero, bienes, amores, amigos.
La alternativa es “como antes”: aguantar un matrimonio desafortunado o inmaduro, desahogar la frustración con alguna aventura, mantener la divina hipocresía de la convivencia en bien de la familia, los hijos, la prosperidad y la paz.
¿Quién sabe responder a la pregunta del título? ¿Fue negocio para todos nosotros tener el divorcio a mano y no, como era antes, reservado para casos de extrema infelicidad o convivencia imposible?
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El autor es periodista y escritor .
