Hegel señaló que el dolor y la fealdad no pasaron a formar parte de las representaciones artísticas hasta el advenimiento del cristianismo, porque no se podrían usar las formas de la belleza griega para retratar a Cristo azotado, coronado con espinas y crucificado. Estaba equivocado, porque el mundo griego no fue solamente un lugar poblado con Venus de mármol blanco: también fue el escenario del desuello de Marsas, la angustia de Edipo y la letal pasión de Medea. Pero la escultura y pintura cristianas abundan en rostros contorsionados por el dolor, aun cuando no se hayan aproximado al sadismo de Mel Gibson.
Recientemente, alguien me hizo notar que en una famosa pintura del Bosco (ahora en Gent, Bélgica), entre otros horrendos torturadores hay una pareja que pondría verde de envidia a muchas estrellas del rock: uno de los personajes muestra el mentón doblemente agujereado; el otro, perforaciones y adornos varios en el rostro. Al pintar a estos dos seres, el Bosco quería crear un tipo de epifanía del mal, anticipando la afirmación lombrosiana de que quienes se hacen tatuajes o alteran sus propios cuerpos son criminales natos.
Pero aunque en la actualidad algunas personas pueden sentir repugnancia ante la visión de jóvenes con anillos atravesados en la lengua, sería equivocado considerarlos genéticamente corruptos. Si tomamos en cuenta que muchos de estos adolescentes se desvelan al observar el buen aspecto clásico de George Clooney o Nicole Kidman, entonces se vuelve claro que se comportan exactamente como sus padres. Pues sus progenitores, si bien, por un lado, compran vehículos y equipos de televisión diseñados según los cánones de la divina proporción del Renacimiento, por el otro lado se deleitan con las películas splatter , llenas de sangre y de materia cerebral chorreando en las paredes, compran dinosaurios y otros monstruos para sus pequeños hijos y van a los happenings organizados por artistas que agujerean sus propias manos, atormentan sus extremidades o mutilan sus genitales.
No es que los padres y los hijos rechacen el vínculo con la belleza. Simplemente eligen lo que en siglos pasados habría sido considerado horrible. Esto pasó también cuando los miembros del movimiento futurista intentaron impactar a la burguesía proclamando: "No le tengamos miedo a la fealdad en literatura" y cuando el escritor italiano Aldo Palazzeschi (en Il controdolore , 1913) insinuó que los niños deberían recibir un sano entrenamiento en fealdad. Entre sus propuestas figuraba hacerles regalos educativos de "muñecos jorobados, ciegos, cancerosos, cojos, tísicos, sifilíticos, que lloran mecánicamente, gritan o gimen cuando son atacados por la epilepsia, el cólera, la hemorroides, la gonorrea y la locura, antes de desmayarse y morir con estertores".
En ciertos casos, disfrutamos de la belleza (clásica) y podemos reconocer un niño atractivo, un paisaje agradable o una bella estatua griega. En cambio, en otros casos nos sentimos complacidos con lo que ayer era considerado intolerablemente feo.
Por cierto, la fealdad es en ocasiones elegida como el modelo de una nueva belleza. Es el caso de la "filosofía cyborg". Mientras que en las primeras novelas de Gibson (William Gibson, esta vez) un ser humano cuyos órganos eran reemplazados por aparatos mecánicos o electrónicos podía todavía representar una preocupante profecía, hoy en día algunas feministas radicales proponen superar las diferencias de género a través de la creación de cuerpos neutros, posorgánicos o "transhumanos".
Según algunos, esto significa que en el mundo posmoderno toda oposición entre la belleza y la fealdad se ha disuelto. Ni siquiera es una cuestión de repetir con las brujas de Macbeth "lo bueno es funesto, lo funesto es bueno". Los dos valores al parecer se han fusionado, perdiendo de este modo sus caracteres distintivos. Pero, ¿es esto verdad? ¿Qué pasaría si fuera sólo un fenómeno marginal, celebrado por una minoría de la población mundial? En la televisión vemos a niños que se mueren de hambre, con vientres hinchados, nos enteramos sobre las mujeres violadas por las tropas invasoras, o acerca de torturas. Y, por otro lado, estamos expuestos a imágenes de un pasado no muy distante, de otros esqueletos vivientes sentenciados a muerte en las cámaras de gas. Hace apenas algunos años vimos cuerpos destrozados por la explosión de un rascacielos o un avión en vuelo. Todo el mundo sabe perfectamente bien que ese tipo de cosas son feas, y ningún saber sobre la relatividad de los valores estéticos puede persuadirnos de que esas cosas son objetos de placer.
Así que tal vez cyborgs , películas de decapitados o de desastres, y Cosas que Vienen de Otro Mundo, sean expresiones superficiales, exhibidas por los medios de comunicación de masas. De esa manera, exorcizamos una fealdad mucho más profunda que nos asalta y asusta, algo que desesperadamente deseamos ignorar. Y de esa manera, podremos pretender que todo eso es una simple pretensión.
Umberto Eco es autor, entre otras, de las novelas El nombre de la rosa y La misteriosa llama de la reina Loana .
Traducción: Helene Lozano Miralles