Hace tiempo que Las Delicias es mucho más que un bar, más bien es un archivo de relatos y cuentos, que a veces no lo son tanto y tienen mucho de cierto. Es un lugar que guarda historias de doctores y profesores, de catedráticos y decidores, de familias a montones, de señoras y de señores, de alquimistas, tomadores y timadores.
Timadores sí, pero esos de la palabra, los que buscan un ardid en cada frase para imponer su idea, aunque el estaño les responda un poco frío por conocerlos de antaño y la barra de la mesa les preste casi de grupo y por un rato sus oídos y cabezas.
Cumplir 50 años en un Buenos Aires demasiado cambiante, a veces agobiante, no es poca cosa. El tiempo, que todo lo puede, muchas veces nos deja estáticos, apesadumbrados, melancólicos, demasiados nostálgicos con sus cambios.
El tiempo se llevó, casi con insolencia, lugares como Manolete, 05, hace muy poco Queen Bess y tantos otros. No pudo, en su momento, con Las Delicias, porque a pesar de haberle despojado de un soplido la casa de la avenida Callao hace 14 años, el bar de siempre redobló la apuesta, se mudo a la avenida Quintana y se convirtió en restaurante.
Las Delicias guarda una historia que comenzó en 1956, con don Antonio Estévez, que ya no está, pero dejó el respeto en el recuerdo de todo el personal que lo trató. Siguió con Paco, su hijo, al quien conoció la mayoría de las generaciones que hoy superan los treinta años.
De la mano de don Antonio vino Francisco Sosa, el mozo más emblemático que tuvo el local y quien hace sólo un par de meses dejó la bandeja, pero que cada tanto aparece a ver como anda la casa, su casa, y se prende en alguna tendida de esas bien tangueras.
Medio siglo de amigos
Los tiempos nuevos trajeron a otros dueños, pero con el mismo espíritu de siempre, tanto que Roberto Bussio, Ernesto Bussio y Hugo Viz primero fueron clientes y conocen la receta hasta los dientes.
La receta, clásico sándwich (pebete tostado de jamón, queso y papas fritas de paquete) que nació en Callao y todavía se pide, como el Marianito (lomito chiquito, lechuga y tomate) o el Bombita (pavita y lechuga). La cocina trajo platos como el mejor revuelto Gramajo que se pueda comer en Buenos Aires o en Mar del Plata.
Hablar de gente y apellidos sería casi imposible y riesgoso, pero cómo no recordar al querido, elegante y distinguido actor Arturo García Bühr, sentado a la mesa con la espléndida Aída Olivier.
Anécdotas a montones, de las simpáticas y de las otras, como cualquier boliche y sus personajes, siempre irrepetibles: me quedo con una, la del Corto Goti, que un día, en 1995, salió "muy cansado" de Quintana y un taxi lo levantó, pero por el aire.
"¡Lo maté, lo maté!", gritó desesperado el chofer. Todos pensaron que el Corto estaba muerto y cuando "ya lo estaban tapando con diarios", Goti habló: "¡Denme un faso!"
Hoy, a Las Delicias van los hijos de los hijos y también los padres de los padres, pero, más allá de los 50 años, el local logró lo que pocos pueden repetir: seguir encontrándose con gente de toda la vida, con medio siglo de amigos que no abandonan la porfía.
Mariano Wullich