"Lo primero que tienen que hacer es atajar la violencia", dice Puig Picart, especialista en gestión cultural Foto: Miguel Acevedo Riú
“El problema de los argentinos es que cuando piensan una cosa, ya creen que está hecha y resuelta”, dice el catalán Toni Puig Picart, asesor en comunicación del Ayuntamiento de Barcelona e impulsor del concepto de “marca ciudad”, que puso a la tierra de Miró y de Gaudí en la primera división de las ciudades europeas.
Especialista en gestión cultural y en marketing público, Puig Picart es autor, entre otros libros, de Se acabó la diversión y La comunicación municipal, cómplice de los ciudadanos (Paidós, 2003). Ahora pone la lupa sobre Buenos Aires para descubrir sus fortalezas y debilidades.
“Esta ciudad debe dar un gran salto cualitativo y plantearse qué quiere ser en el futuro, porque no se trata solamente de arreglar las cosas para que sigan funcionando, sino de dar soluciones a la cantidad de problemas irresueltos que, evidentemente, existen”, dice quien después de estudiar teología, filosofía y arte, y de crear, en 1974, la innovadora y desenfadada revista Ajoblanco, decidió, a principios de los 80, dar un sorpresivo salto a la gestión pública, a la que llegó para quedarse.
“Pasqual Maragall, presidente de la Generalitat de Cataluña, me convocó y me dijo: «Lo que has dicho en la revista, hazlo, y cuando tengas problemas con algún funcionario le respondes: el intendente está de acuerdo». Comprendí que para lograr cosas tenía que salir del círculo intelectual, trabajar con jóvenes y con los agentes sociales y culturales de la ciudad, y con semejante respaldo a mi favor, la experiencia funcionó de maravillas", se entusiasma el creativo español.
Desde ese lugar, Puig Picart fue protagonista del derrotero que siguió Barcelona: de una ciudad postergada a primer destino de España. Su experiencia es interesante en tiempos en que la Argentina está viviendo un momento extraordinario en cuanto a recepción de turistas extranjeros.
-¿Qué atrae a los europeos a un lugar tan lejano como Buenos Aires?
-Venimos aquí fascinados porque sabemos que más abajo no hay nada. Este es el último confín de la Tierra. También por la amabilidad increíble, que ya no se encuentra en ninguna otra gran ciudad del mundo, y por la creatividad, la inteligencia, la innovación. Los bares, los restaurantes, la cultura: el mejor teatro de mi vida lo he visto en Buenos Aires, desde lo más underground hasta lo más culto. La oferta es impresionante. Aquí he visto exposiciones que no se ven en ninguna otra parte, y si das una conferencia, se llena. En moda, en diseño, en creatividad, hay gente que se atreve. No tienes que ir a Milán para comprar moda... ¡tienes que ir a Palermo Viejo! ¿Cuántas ciudades pueden ofrecerte todo esto? Yo creo que lo más importante de una ciudad es que el visitante se sienta acogido y esto en muy pocas grandes ciudades del mundo del tamaño de Buenos Aires lo encuentras. Hoy la gente quiere ciudades amables, cómodas, para enamorarse, para sentir emociones. Este tiene que ser el proyecto de Buenos Aires, porque es lo que ustedes saben hacer.
-¿Cree que lo estamos logrando?-Buenos Aires todavía tiene que decidir qué quiere ser dentro de 20 años. Debe diseñar su futuro. ¿Quiere ser la Nueva York de América del Sur? Así como el norte latino está en Nueva York, el peso del sur económico y cultural, ¿quieren que esté en Buenos Aires? Ahora está en San Pablo, me parece, pero esa ciudad tiene un problema tremendo: la criminalidad, la delincuencia.
-¿Cómo lo lograron ustedes?-Barcelona era una ciudad de segunda o tercera división en Europa. No éramos París ni Londres, ni ninguna de las grandes capitales europeas. Más bien fuimos una ciudad dejada de la mano de Dios durante muchos años, postergada por el franquismo. Pero en un momento dado nos propusimos revertir la situación, y lo conseguimos. Para eso hace falta una decisión política, por supuesto, pero una decisión de ese tipo no la puede tomar sólo un intendente. El gran ejemplo de Barcelona es que nosotros tomamos las decisiones políticas con el consenso de la ciudadanía, de las asociaciones civiles y de los empresarios, que no querían ser más ricos, sino que la ciudad funcionara mejor, porque si la ciudad funcionaba mejor sus negocios funcionarían mejor. En Barcelona tenemos ahora 12 millones de pernoctaciones al año. No somos capital, no tenemos nada, pero somos la ciudad de Europa adonde los europeos quieren vivir. La gente nos visita y lo que hemos hecho es simple: aeropuerto cerca de la ciudad, vuelos baratos, una urbe acogedora y cómoda, con buenos servicios. No se trata de una cuestión de turismo solamente. Allí hay rediseño de la ciudad, hay propuestas. Yo veo que Buenos Aires tiene condiciones similares, porque aquí hay un talento emergente increíble.
-En algún momento usted dijo que Buenos Aires había perdido el rumbo
-Yo creo que no. Incluso ustedes, con el corralito, ganaron en humildad. Antes yo los veía muy desconectados, como que estaban aquí por casualidad, siempre soñando con irse, con viajar. A partir del corralito y de la feroz crisis que vivieron se han sentado en Buenos Aires y han comprendido, finalmente, que ésta es su casa y que quieren que funcione mejor. Y se han enamorado, incluso, de su país, de la Argentina, y esto es muy importante, porque le da un plus a esa inteligencia que siempre han tenido. Pero tienen que reforzarla con voluntad de hacer las cosas. Porque el problema de los argentinos es que cuando piensan una cosa creen que ya está hecha, resuelta. No es difícil: hay que empezar. No es un milagro: es la voluntad de los ciudadanos y los políticos de tener una ciudad agradable para vivir. Tienen que pensar qué quieren ser y trabajar para lograrlo.
-Usted es un visitante asiduo de Buenos Aires. ¿Cómo la encuentra?
-No se puede tener una ciudad que funcione más o menos, y ésa es la impresión que tengo de Buenos Aires. Yo creo que se necesitan un intendente y un equipo de gobierno que tengan visión para definir cuál debe ser la Buenos Aires de dentro de veinte años y para encarar desde ya problemas que nunca se han resuelto. Lo digo con cariño, porque he estado muchas veces aquí. Algunos explotaron, como Cromagnon, que sacó a relucir el tema de la seguridad de los edificios, pero hay muchos más: cartoneros, delincuencia, transporte. No soy de aquí, pero me doy cuenta de la cantidad de problemas irresueltos que hay en esta ciudad. Porque se trata no solamente de arreglar las cosas para que sigan funcionando, de cubrir baches, sino de dar soluciones.
-Los porteños han perdido el orgullo de su ciudad: piensan que está sucia, deteriorada, con un tránsito caótico, con gran polución visual...
-Todo puede revertirse. Entiendo que Buenos Aires es complicada, porque la ciudad es muy grande y tiene muchos puntos conflictivos, pero en pocos años esta ciudad puede ser una maravilla.
-La tendencia al éxodo hacia los countries y barrios cerrados, ¿no juega en contra?
-Ese es un problema. Por eso, primero tienen que atajar la violencia. La delincuencia es barbarie, no es democracia, y el político que no ataja la violencia no está cumpliendo con el mandato democrático de protección a los ciudadanos que lo eligieron. En Barcelona la gente que se había ido de la ciudad está regresando. Se habían ido a los countries, pero eso es una tristeza, un aburrimiento, es optar por ser eremitas, monjes de clausura. La vida está en las ciudades. Pero, claro: las ciudades tienen que ser seguras. Es cierto que en el mundo de hoy en todas partes los ciudadanos se sienten inseguros. En Barcelona también. Primero, por el trabajo efímero. En todas partes el trabajo para toda la vida se terminó y la gente educada en la cultura del trabajo, que siempre creyó que el trabajo nos hace ciudadanos y nos da identidad, ahora duda, teme, no sabe qué pasará el mes que viene y eso va formando la sociedad del estrés, de las pastillas. La gente se siente mal, piensa que no hay futuro y esto, naturalmente, genera ansiedad.
-¿Qué fue lo que determinó en Barcelona el regreso de la gente a la ciudad?
-En las ciudades, como en todo, funciona la ley de la oferta y la demanda. La gente se va cuando no le ofrecemos nada mejor. Por eso hay que atraerla con buenos servicios: limpieza, barrios remodelados, iluminación, trenes subterráneos y autobuses que cumplan sus horarios, seguridad personal y una ciudad con una buena oferta cultural. Cosas tan simples como ésas. En Nueva York, en los 80, se marchó todo el mundo. La ciudad estaba en una crisis tremenda, el ayuntamiento en quiebra... Los homeless estaban en todas partes. Pero la tendencia se revirtió y ahora todos sabemos que la gente rica de Nueva York vive en el centro de la ciudad, frente al Central Park. La ciudad funciona. Nueva York no es los countries de Nueva York. La gente volvió. A todas las ciudades que funcionan, la gente regresa. Un caso es Girona, una ciudad muy pequeña, de 80.000 habitantes, con un casco antiguo genial, gótico, abandonado, donde no vivía nadie. Tuvo un intendente que dijo: voy a hacer de Girona la Florencia de Cataluña. Y lo logró. Ahí está el casco gótico restaurado por los judíos americanos, la universidad, la inteligencia, y la gente ha vuelto a vivir en las casas que habían abandonado sus abuelos y sus padres. En Madrid, la gente que se había ido está regresando. El concepto clave que debe utilizar un gobierno municipal es cuidar a los ciudadanos, cuidar la ciudad. Cuando la gente siente que no la cuidan, se va.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION