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Contrapunto de ideas

LA NATURALEZA HUMANA: JUSTICIA VERSUS PODER Por Noam Chomsky y Michel Foucault-(Katz)-Trad.: Leonel Livchits-96 páginas-($ 19)

Domingo 04 de febrero de 2007

A comienzos de los setenta, el filósofo holandés Fons Elders impulsó la realización de una serie de debates entre algunos de los intelectuales más visibles del momento. En 1971, la televisión holandesa registró el que sería tal vez el más célebre de la serie, protagonizado por Noam Chomsky y Michel Foucault en la Universidad de Amsterdam. La naturaleza humana: justicia versus poder es la trascripción de ese evento.

El libro consta de dos partes. En la primera, Elders propone reflexionar sobre qué es lo distintivo del ser humano. Chomsky vincula su respuesta con el conocimiento instintivo que el niño aporta al conocimiento de la lengua: "cómo explicar la brecha entre la cantidad realmente limitada de información, insuficiente y de calidad más bien deficiente, que recibe un niño, y el conocimiento resultante, altamente articulado y sistemático, profundamente organizado que, de algún modo, éste extrae de dicha información". Estos principios de organización innatos representan para Chomsky un rasgo de creatividad a partir del cual puede comprenderse la naturaleza humana.

Para Foucault las cosas son menos claras. El surgimiento del concepto de vida a fines del siglo XVIII, que permitió definir la especificidad de la biología, jugó un papel análogo al que actualmente se intenta darle al concepto de naturaleza humana. No se trataría de un " concepto científico ", sino más bien de un " indicador epistemológico ". El concepto de naturaleza humana sirve para "designar cierto tipo de discursos vinculados o contrapuestos a la teología, la biología o la historia", pero ni los antropólogos, ni los psicólogos, ni los lingüistas avanzaron en sus disciplinas mediante el estudio de la naturaleza humana.

Foucault explica la heterogeneidad de los planteos: "El señor Chomsky ha luchado contra el conductismo lingüístico, que prácticamente ignoraba la creatividad del sujeto hablante". Por el contrario, en la historia del conocimiento, razona Foucault, los fenómenos colectivos fueron integrados como una dimensión negativa (prejuicios, mitos, creencias) y funcionaron como obstáculos en el camino hacia la verdad del sujeto soberano. Así, mientras que para Chomsky se trataría "de permitir la reaparición del dilema del sujeto hablante", para Foucault "se trata de eliminar el dilema del sujeto de conocimiento".

Pero hay otras divergencias. Chomsky insiste con tenacidad (cortés) en una perspectiva empirista, apegada a los avances de la psicología, la lingüística y la filosofía de la mente ("la estructura de nuestra mente y la estructura de algunos aspectos de la realidad coinciden lo suficiente como para que desarrollemos una ciencia inteligible"). Foucault se pregunta si no habría que buscar la respuesta en algún otro lugar, "en las relaciones de producción, en la lucha de clases".

En la segunda parte, Elders propone pasar a hablar de "la política". Chomsky define el anarcosindicalismo como "forma apropiada de organización social para una sociedad tecnológica avanzada". Foucault sostiene que "estamos viviendo bajo un régimen de dictadura de clase [ ] que se impone a través de la violencia", y admite su incapacidad para definir, "como el señor Chomsky", un modelo social ideal. Para Foucault, la verdadera tarea política es realizar una crítica del funcionamiento de las instituciones que parecen neutrales e independientes, como la universidad, y "desenmascarar la violencia política que se ha ejercido a través de estas de manera oculta".

Retomando sus argumentos de la primera parte, Chomsky sostiene que es posible establecer conexiones entre un concepto de naturaleza humana "que dé lugar a la libertad, la dignidad, la creatividad [ ] y una noción de la estructura social donde estas propiedades puedan realizarse". Para Foucault esta perspectiva corre el riesgo de definir naturaleza humana "en términos tomados en préstamo de nuestra sociedad, nuestra civilización, nuestra cultura".

Finalmente, frente a la creencia de Chomsky en una justicia ideal, Foucault expresa una idea que será citada en sus futuras biografías: "Cuando el proletariado tome el poder, es muy posible que ejerza sobre las clases derrotadas un poder violento, dictatorial, e incluso sangriento. No puedo ver qué objeción podría plantearse a esto". Chomsky cree que la violencia sólo se justifica si se trata de llegar a una sociedad más justa. Para Foucault no se trata de una cuestión de justicia, sino de poder. "No estoy de acuerdo", sostiene Chomsky, que replica con la creencia en un "fundamento absoluto" sobre el cual debe sustentarse "un concepto ´real de justicia".

Una cosa es escribir, otra es hablar, y otra es debatir. La versión transcripta de un debate en todo caso puede pensarse como una categoría híbrida, donde se pierden, entre muchas otras cosas, infinitas modulaciones y gestos que acompañan a toda variante de registro oral. A cambio, se recuperan en el registro textual expresiones menos articuladas, más espontáneas, que intentan clarificar ideas en un contexto agonístico que exige menos sutileza y mayor eficacia que el de la escritura. En este sentido, es interesante ver cristalizados los esfuerzos del lingüista y del filósofo por explicarse (parafrasearse) a sí mismos. Cierta parquedad elusiva en Foucault y cierta verborragia amistosa en Chomsky parecen señalar cómo algunos rasgos de la personalidad pueden conformar actitudes epistemológicas. Finalmente, el marco, la atmósfera, las tensiones, las actitudes logran transmitir algunos de los matices de la vitalidad intelectual de inicios de los setenta.

Diego H. de Mendoza

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