Para ellos, la temporada dura tres meses
Llegan a Mar del Plata en diciembre y se van en marzo, como lo hacían los aristócratas porteños de principios del siglo XX
MAR DEL PLATA.- No hay responsabilidades en Buenos Aires que los inhiban. Ellos viajan a las playas marplatenses en diciembre para pasar las Fiestas... y regresan en marzo, cuando la temporada se apaga.
Ya no son como aquellos aristocráticos porteños que entre fines del siglo XIX y principios del XX se trasladaban a sus chalets de veraneo con grandes baúles y con sus mucamas para instalarse durante tres o cuatro meses.
A diferencia de entonces, los veraneantes de hoy vienen a sus departamentos o casas que poco tienen de los solares de una manzana en donde se encontraban los antiguos chalets aristocráticos. La autovía 2 les permite ir y venir en auto en sólo cuatro horas. Y no necesitan venirse con todo el equipaje para tres meses; ya lo tienen todo preparado: mucama local, heladera funcionando y, en algunos casos, hasta la ropa de playa que usarán de día y el abrigo para el fresco de la noche.
Según el historiador y arquitecto marplatense Roberto Cova, los veraneantes de principios del siglo XX eran "ricos de alto vuelo", y las mujeres traían enormes baúles con un vestido para cada noche que iban a comer en el hotel Bristol. "Las familias llegaban en tren, porque en auto, con las calles de tierra, era imposible venir. Y las mucamas y los baúles arribaban días antes para dejar todo preparado para cuando llegaran ellos."
Para los de hoy, las ocupaciones no son un freno y se las rebuscan para cumplir con todo: trabajo, playa y descanso. Mamá, papá, hijos, yernos, nueras y nietos se muda la familia completa. Los más chicos no regresan hasta que comienzan las clases. Las mujeres suelen quedarse con ellos. Y los hombres vienen, se instalan diciembre y enero, y desde febrero van y vienen entre la Capital y Mar del Plata. Sus casas en la costa son su segundo hogar.
Es el caso de la familia Guevara Lynch, por ejemplo, que hace más de 30 años veranea toda la temporada en Mar del Plata. Eloísa, de 60 años, comenzó a instalarse tres o cuatro meses en la ciudad desde que tenía 5 años. Cuando se casó siguió viniendo con su marido, y después, con sus cuatro hijos. La tradición veraniega siguió, y hoy la acompañan sus yernos y nueras, y sus dos nietas. "Mis hijos prácticamente se criaron acá. Van y vienen por sus ocupaciones. Y no nos vamos de aquí hasta después de Semana Santa", cuenta la mujer, que es abogada, y de vez en cuando se escapa hasta Buenos Aires para chequear que esté todo su trabajo en orden.
La familia tiene amigos aquí, una casa totalmente equipada, hasta con mucama local, jardinero y casero, y sólo llevan y traen ropa cada verano. Durante el día se la pasan en las playas. Por las noches la familia se reúne con amigos. Los domingos salen a comer, y al menos una vez al mes visitan el Golf Club de Mar del Plata.
"Te armás una rutina de vida, como en la ciudad, con la diferencia de que acá estás descansando", dice Roberto Aras, de 49 años, que veranea toda la temporada en Mar del Plata junto a su familia desde hace doce años. El es el director de Relaciones Institucionales de la UCA y, por esa razón, desde febrero viaja a la Capital y regresa a la costa los fines de semana.
Su mujer, Alicia, de 48 años, se queda con sus hijos. Aunque, el mayor, de 22 años, empezó a trabajar, así que se suma a las idas y venidas de su padre. El más chico, de 15, se queda hasta que comienzan las clases en la escuela.
Milagros tiene 10 años, es de Buenos Aires y viene a veranear a Mar del Plata desde que era una beba. Es tan parte de su vida esta ciudad costera que hasta aprendió a surfear. Este año ganó el primer premio en un festival femenino de este deporte.
Su papás, César y Julia Gallinar, cuentan que las largas vacaciones en esta ciudad ya son parte de su vida. Tienen otra hija, de 15 años, y suelen acompañarlos otra ensalada de parientes: hermanos, sobrinos, primos, padres, abuelos "Yo viajo de vez en cuando, una semana, dos días, lo voy arreglando en el trabajo para ir y volver. Ellos se quedan hasta 10 días antes de que empiecen las clases, para que las chicas se acomoden en los horarios, se acostumbren a levantarse temprano, y no comiencen las tareas totalmente desconectadas", relata César.
Para los Da Graca, su casa en Mar del Plata es como su finca de descanso. Se instalan desde diciembre, toda la temporada. El matrimonio va y viene de Buenos Aires por sus ocupaciones. Tienen su casa tan pero tan equipada que cuando vienen desde Buenos Aires sólo traen lo que llevan puesto. "Tenemos una vida social paralela a la de la Capital y hasta venimos los fines de semana de invierno", relata Jorge, de 68 años.
Su mujer, Teresa Milla, de 56, dice que los veraneos en Mar del Plata están tan arraigados a sus vidas que ella siente que sus vacaciones son en invierno, cuando viajan con equipaje a otro destino. .
Por Lorena Tapia GarzónEnviada especial
