No hay premio más democrático que el Oscar: se dirime por mayoría de votos. Será por eso que es también el más controvertido. Todos opinan, discuten y fiscalizan. Antes y después del anuncio de las candidaturas, y mucho más todavía cuando se conocen los resultados. A esta altura, a doce días de la fiesta, muchos están entretenidos haciendo apuestas sobre los posibles ganadores, evaluando los comportamientos de los votantes, leyendo cuanta especulación acerca de los resultados es puesta en circulación por cronistas y aficionados, o revisando las innumerables listas de premios ya otorgados en busca de alguna pista antes de arriesgar pronósticos. Pero hay muchos otros cinemaníacos que ya se están preparando para el día siguiente, cuando argumentar en torno del tema de cómo pudieron ganar se convierte en el deporte de moda.
No es indispensable, pero para entrar en la cuestión con ánimo crítico siempre vale revisar el prontuario del premio. Viene a cuento recordar, por ejemplo, lo sucedido en 1984, el año en que finalmente ganó La fuerza del cariño (Richard L. Brooks) y en el que ni siquiera fueron candidatas Erase una vez en América , de Sergio Leone; La ley de la calle , de Francis Ford Coppola, y Scarface , de Brian de Palma, mientras entre los directores triunfaba Brooks por encima de Peter Yates, Mike Nichols... e Ingmar Bergman. También es útil mencionar los films multinominados que la Academia dejó al final con las manos vacías. Es una lista encabezada con once frustraciones por Momento de decisión (Herbert Ross) y el mismísimo Steven Spielberg ( El color púrpura ); que incluye títulos tan estimables como El hombre elefante (David Lynch) o Lo que queda del día (James Ivory). Y hablando de grandes nombres nunca reconocidos será útil tener presente que, además de los "olvidados clásicos" como Hitchcock, Chaplin, Orson Welles, Greta Garbo y Cary Grant, hubo otros igualmente meritorios que también se quedaron sin trofeo: Buster Keaton, Raoul Walsh, Fritz Lang, King Vidor, Sam Peckinpah, entre otros directores; Deborah Kerr, Judy Garland, Lillian Gish, Barbara Stanwyck, Rosalind Russell, Lucille Ball, Gena Rowlands, entre las actrices, y Richard Burton, Edward G. Robinson, Kirk Douglas, Montgomery Clift, Albert Finney, Arthur Kennedy, Ralph Richardson, entre los actores.
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Pero ya entrando estrictamente en el tema "cómo pudieron...", habrá que recordar que prevalecieron otras razones no exactamente artísticas. El caso más famoso es el de Elizabeth Taylor, que lo obtuvo en 1961 por Una Venus en visón , con un papel (de prostituta) que interpretó con una afectación melodramática que la dirección de Daniel Mann no supo o no quiso moderar. Así y todo, fue candidata y ganó, el mismo año en que Melina Mercouri seducía en Nunca en domingo y Shirley MacLaine en Piso de soltero . ¿Cómo lo logró? Sucedió que semanas antes de la entrega del Oscar, Liz fue internada a causa de una grave neumonía, y ya se sabe que la Academia tiene corazón sensible. Shirley MacLaine suele explicarlo en términos crudos: "Perdí contra una traqueotomía".
En 1993, Marisa Tomei sorprendió a todos cuando ganó el Oscar a la mejor actriz secundaria por su trabajo en Mi primo Vinny . Pero si la platea quedó muda cuando oyó el nombre de la ganadora no fue porque no apreciara su trabajo, sino porque en la misma terna estaban Vanessa Redgrave ( La mansión Howard ) y Judy Davis ( Maridos y esposas ), dos actuaciones memorables.
En el mismo rubro, pero en 1975. hasta la propia ganadora, Ingrid Bergman, reconoció la injusticia: levantó el Oscar que le habían dado por Asesinato en el expreso de Oriente y, dirigiéndose a Valentina Cortese (nominada por La noche americana ), admitió: "Todos sabemos que es tuyo". Un caso más reciente es el de Ron Howard. Pocos entienden que haya obtenido el Oscar por dirigir Una mente brillante en la misma temporada en que David Lynch competía con su admirable El camino de los sueños y Altman por Gosford Park .
Pero igual -nobleza obliga-, cabe una pregunta: ¿qué sería de los criticones si la Academia no tuviera sus caprichos? .

