Grandes viajes
Por la Argentina
Con el objetivo era hacer un documental, un periodista argentino recorrió las rutas del país y cuenta las sensaciones de haberse encontrado con las distintas culturas y con el cruce de costumbres y tradiciones que habitan nuestro suelo
Te quema, la sal.” El salinero, una especie de Subcomandante Marcos de pasamontañas verde y lentes oscuros, tenía razón. Era imposible enfrentar el sol y la sal sin protección en aquel desierto abrasador de Salina Grande, a casi 3500 metros de altura. El calor subía sinuosamente como en las películas de vaqueros, pero desde un suelo blanco como una sábana que quemaba los ojos y la piel.
Llevábamos 10 días de viaje. Habíamos salido de Buenos Aires con la misión de dar una vuelta casi completa a la Argentina “por el borde”. Desde tierra argentina ya habíamos visto el Río de la Plata, Uruguay, Brasil, Paraguay y ahora estábamos a pasos de Bolivia.
Dos semanas antes, en el momento de prender el motor, me había dado un frío en el estómago. Casi sin excepción, todos a los que les contaba lo que pretendíamos hacer me respondían lo mismo: “Están locos”. Recorrer en un mes 13.000 kilómetros de la Argentina, dándole una vuelta casi completa, por rutas que no conocíamos, ya era un objetivo bastante ambicioso. Hacerlo filmando al mismo tiempo un documental con decenas de entrevistados y paisajes hacía que el objetivo fuera calificado de “locura total” por todos los guionistas, documentalistas y directores de cine a los que les comentaba la idea.
Dos reflexiones habían sido el disparador para el guión. Primero, una frase de la argentina Beatriz Ocampo, doctora en Antropología Social de la Universidad de Brasilia: “Estamos en presencia de una nación dividida en el interior de sí misma, articulando la heterogeneidad conflictiva de su población”, dice ella en un ensayo. Los intentos “civilizatorios” y homogeneizadores de la población y el territorio argentinos durante la segunda mitad del siglo XIX habían fallado, afirma. La herencia de ese proceso fallido habría sido la tensión y la fricción como regulador de las relaciones entre los diferentes sectores de la sociedad argentina. El conflicto permanente o, al menos, fresco.
Ibamos a filmar un documental sobre el “ser argentino”, y no sería exclusivamente para argentinos. El canal que nos contrataba (Televisión de América Latina-TAL) transmitiría una señal vía satélite para quien la quisiera tomar en cualquier parte del mundo, y eso implicaba no dar nada por sobreentendido. Pero había que comenzar por deconstruir aquella idea del argentino tanguero, intelectual de café o gaucho a la Martín Fierro, como suelen identificar los extranjeros a los argentinos. Y como esos clisés apuntan siempre a Buenos Aires, la idea fue partir para el interior y dejar la Capital para el epílogo.
La historia muestra que el encuentro de culturas, en todas las civilizaciones, es casi siempre un choque. Ibamos en busca de ese choque, de donde sale la cultura argentina actual. Y de allí surgió el nombre del documental: 13.000 kilómetros de identidad y conflicto.
El segundo disparador del guión fue una frase tan poética como exacta del mayor aventurero brasileño vivo, el navegador Amyr Klink: “Un hombre necesita viajar para lugares que no conoce para quebrar esa arrogancia que nos hace ver el mundo como lo imaginamos, y no como simplemente es o puede ser; que nos hace profesores y doctores de lo que no vimos, cuando deberíamos ser alumnos, y simplemente ir a ver”. En marzo de 2006 subimos a una camioneta con casi 200 kilos de equipos de filmación. Y simplemente fuimos a ver.
La aldea guaraní
Cuando llegamos a la aldea guaraní Pasarela Peau, en Misiones, empezamos a entender la sensación de los que emprenden un viaje de ruta. Road-movies, como Diarios de motocicleta, de Walter Salles; libros de viajes, como En el camino, de Jack Kerouac, o Más allá del golfo de México, de Aldous Huxley, comenzaron a pasar por la cabeza del equipo. Cuando íbamos rumbo a las cataratas del Iguazú, nos cruzamos con un viejito que venía caminando por el calor infernal de una ruta misionera. “Me fundí y decidí salir a caminar por el país”, nos contó el hombre, sin entender bien por qué nos interesábamos por su historia. Cargaba metales para revender. Iba rumbo a Posadas y le faltaban unos treinta kilómetros de caminata.
Al llegar a la aldea guaraní, nos encontramos con el cacique Albino Flores Karai. La aldea no tiene más que unas decenas de habitantes. Casi nadie habla español. “En Brasil hay guaraníes y en Paraguay también. Nos reconocemos a la distancia. Pero yo soy argentino”, dijo Karai, hablando en su lengua. “¿Cuándo fue la última vez que se emocionó?”, le preguntamos, para entender la distancia cultural a la que nos encontrábamos. Había habido un eclipse hacía poco tiempo. Pensaron que podía acabar el mundo. Con barro, construyeron un altar, humilde, como ofrenda para las divinidades. Y esperaron, conmocionados. El mundo no acabó, pero la visión del eclipse dejó al cacique emocionado como nunca.
Un lenguaje común
Son cientos y cientos en todas las rutas del país. Se esté en la Patagonia “europea” o en el Norte “aborigen”, los santuarios del Gauchito Gil están ahí. Banderas rojas, ofrendas, botellas con agua, flores y hasta comida. Son parte del lenguaje común de todas las rutas argentinas. Igual que los camiones transportando trabajadores o, como en la Mesopotamia, llevando toneladas de hojas para hacer yerba mate. La yerba que los guaraníes tomaban por costumbre, y que los polacos y ucranianos que llegaron a mediados del siglo XIX convirtieron en industria –el mundo comenzaba a aumentar de velocidad con la Revolución Industrial, iniciada en Inglaterra, y los centros urbanos empezaban a consumir infusiones estimulantes masivamente–.
El Impenetrable
Al dejar la Mesopotamia, sabíamos que tendríamos por delante algunos cientos de kilómetros de El Impenetrable, el desierto chaqueño, hasta llegar al Noroeste. El nombre y la distancia, más que recelo, nos generaban curiosidad. Cuán impenetrable sería. En algunos trechos podría llamarse “intransitable”, debido al estado de la ruta. En la época de la colonia se lo llamaba “desierto del Norte”, pero en realidad no es tan desierto. En medio de una tormenta de viento y polvo, llegamos a un lugar llamado Los Piripintos, en el ángulo recto derecho del mapa de Santiago del Estero. Un pobladito minúsculo en el que encontramos a la familia Salazar. Carboneros. Manuel Salazar va al monte a buscar la leña, que luego deja cuatro días quemando en el horno que tiene en su lote. Una horneada permite sacar 1500 kilos de carbón, que le pagan a doscientos pesos. ¿Cómo es el santiagueño? “El santiagueño es tranquilo, medio dormilón...”, nos respondió. “Pero también es guapo para trabajar y ganarse la vida”, aclaró. Vidas secas. Continuamos camino y paramos en Roque Sáenz Peña, Chaco. La sensación térmica ese día llegó a 48 grados y terminó con una tormenta bíblica que nos obligó a detenernos a un costado de la ruta.
La Quebrada
Llegamos a Tilcara y a Humahuaca en pleno carnaval. La huipala –la bandera multicolor de los pueblos aborígenes– estaba por todos lados. Al igual que la chicha, el fermentado de maíz que durante el carnaval es servido gratis de unos tanques enormes a todo el que llegue con un vaso en la mano. La música no para, con mucha percusión y mucha trompeta, influencia que baja desde América Central. Los franceses, mayoría de los extranjeros que llegan para el carnaval, sienten que están en otro mundo. Y los porteños también. El desentierro del diablo es la apoteosis. Espuma, papel picado y harina vuelan para todos lados, y la gente baila al ritmo de una cumbia de clara inspiración colombiana. Los bronces suenan enloquecidos. Dos semanas después, cuando un barilochense descendiente de alemanes nos diga que visitó el Noroeste en su juventud y sintió que estaba en otro mundo, entenderemos a qué se refiere.
En el Pucará de Tilcara teníamos cita con Tukuta Gordillo, el tocador de sicus de Mercedes Sosa. Aguerrido, Tukuta es una voz articulada del choque cultural todavía fresco entre conquistador y conquistado. “Cuando se armó eso de la Independencia, nosotros nos tuvimos que quedar mirando para Buenos Aires. ¡Y no tenemos nada que ver con Buenos Aires! Nosotros teníamos la mirada puesta en el Cuzco.” Tukuta recuerda el costo de 60 millones de aborígenes en toda América y se queja de que las tierras en que estamos parados sean fiscales y no indígenas. Cuando empieza a tocar el sicu, el clima se distiende. Pero el conflicto como regulador de las relaciones sociales comienza a mostrarse como eje de la historia que intentábamos contar.
El carnaval
Teníamos un encuentro marcado con la coplera Maryta en la cima de un cerro en Humahuaca. En el fondo, con la vista de toda la Quebrada, y mientras preparábamos los equipos para grabar, se escuchaba a la multitud cantar las marchas de carnaval. Entre copla y copla, entonada con voz potente y dulce al mismo tiempo, Maryita contaba una historia. “Antes el carnaval no se llamaba así. Lo que festejábamos en la misma fecha era la minga, una fiesta donde las familias se ayudaban en la cosecha, porque en esa época crece todo en todas las chacras. Hay choclo, verduras, papas... Entonces la gente va, cantando y bailando, a ayudar a cosechar en cada casa. El carnaval se superpuso por coincidencia, traído desde Europa, y pasamos a llamar así a la fiesta. También porque no nos dejaban festejar nuestra fecha.” El sonido de la caja y la voz de Maryita resisten un viento que parece que va a hacer volar los equipos de filmación. “Acá nosotros tenemos todo el día para charlar, para trabajar, para encontrarnos. Cuando una sale de compras al mercado se encuentra con las amigas, se queda charlando, y no pasa el tiempo. Cuando llegás a casa todavía podés cocinar. En la ciudad no pasa eso, porque si te pasaste un ratito conversando con alguien ya tenés que comprar algo hecho porque no tenés más tiempo. En cada lugar de la Argentina las personas son diferentes. Los extranjeros no tienen que pensar que todos los argentinos son como en Buenos Aires.”
El desierto blanco
La sal que llega a la mesa sale de lugares así, como Salina Grande. Fuimos subiendo las montañas desde Tilcara. Mil, dos mil, tres mil metros, rodeando los cerros, a través de una sucesión de curvas sin fin, hasta llegar cerca de La Quiaca. Cuando aparece ante la vista Salina Grande, en el norte de Jujuy y a 300 kilómetros de su capital, uno se siente recompensado por los síntomas de apunamiento que hay que soportar para llegar hasta allí. Un paisaje onírico, completamente blanco, infinito. Y en el fondo, las montañas, blancas de nieves eternas.
“Te quema, la sal”, nos dice Bruno Saracura, el encapuchado verde que llegó en bicicleta en medio de ese espejismo blanco. “Cosechamos la sal cortándola en panes, y hay que aprovechar cuando está blandita”, comenta, mientras la escarba con un facón. El padre de Bruno, colla como él, llegaba a pie desde las montañas. Veinte kilómetros caminando. ¿Cómo se divierte la gente de las salinas? “El fin de semana hacemos un picadito de fútbol”, cuenta.
Seguimos hacia el Norte, hasta La Quiaca, donde el tiempo parece correr más lento. Vemos Bolivia del otro lado de la frontera. Llegamos hasta el punto máximo en busca de identidades diferentes que están guardadas en el “código genético” argentino. Comenzamos el camino hacia el Sur, impresionados con la fuerza de la identidad del Noroeste.
La música
Amanecemos en Salta, con los cerros iluminados por la luz de la mañana. La peña Boliche Balderrama –“dónde iremos a parar, si se apaga Balderrama”, como escribió Manuel Castilla y cantó el Cuchi Leguizamón– es un clásico de la ciudad. Don Balderrama permanece firme atrás de la caja, como en la época en que
folkloristas que luego serían famosos cantaban hasta la madrugada –o hasta que demasiadas botellas estuvieran vacías–. El lugar tiene algo de kitsch. Sensación que se confirma cuando en algún momento de la noche se escucha Balderrama en hebreo. Todas las noches suena una versión en un idioma diferente.
Entrevistamos al cura Oscar Daniel Ossola, de la parroquia de Fátima, quien comenta que la región noroeste es la más católica de la Argentina. “El hecho de que no haya habido ningún gran temblor en una zona sísmica como ésta es interpretado como una protección especial de la Virgen”, dice, antes de lamentarse por “algunos excesos” de la Iglesia Católica en la región.
Luna tucumana
Iniciamos una caravana por las capitales. En un mismo día, salimos de Salta y pasamos por San Miguel de Tucumán para entrevistar a la directora de la Casa de Tucumán, Patricia Fernández. “El mestizaje argentino empieza por la comida, por la vestimenta más liviana usada por los españoles para soportar el calor. Y por las palabras: en Tucumán decimos chuy y tuy para hablar del frío y del calor, y éstas son palabras que creo que son quechuas o aimaras. El conquistador incorpora costumbres, comidas, y se va adaptando a las prácticas locales. En la época de la Independencia, San Miguel era una ciudad capital de provincia con una clase de dirigentes que se autodefinía como blanca. Pero muchos viajeros europeos llegaban y decían: «Se consideran blancos y son tan oscuros como sus sirvientes». El mestizaje ya era muy fuerte. A fines del siglo XVIII la colonia española promueve una nueva inmigración de españoles blancos, pero a esas alturas la sociedad de todo el Noroeste ya era muy mestiza.” La caravana continúa: atravesamos San Juan y llegamos a La Rioja. Cuatro capitales en un día.
La buena mesa
Arribamos a Mendoza con las montañas nevadas en el horizonte y en plena Fiesta de la Vendimia. Las aguas de las fuentes de la ciudad están teñidas de rojo, emulando el vino tinto. Entrevistamos a Fernando Cabrini, de las Bodegas Cabrini, que produce desde hace cuatro generaciones el vino de misa en la Argentina. “El vino llegó a Mendoza con los monjes jesuitas que atravesaron la Cordillera desde Chile.” A medida que el viaje avanza, los temas continúan cruzándose y es como ver encima de la mesa de la cocina los ingredientes de la formación cultural argentina: la cultura del vino, la influencia de la Iglesia Católica y los inmigrantes sufridos y emprendedores en su llegada, que producen con mano de obra aborigen y criolla, también sufrida.
Historias del Sur
La Patagonia nos recibe en la madrugada. Rutas vacías, extensiones sin fin. Con menos de cinco habitantes por kilómetro cuadrado, el vacío, la ausencia de gente, las grandes distancias, moldean el espíritu de la región. La imponencia de los paisajes también. Encontramos en Neuquén, en un barrio de los suburbios, a Pety Pichinian, dirigente mapuche. En la Ruca Newen Mapu, ella habla, combativa y sin tregua, inicialmente en mapuche. No sonríe ni una vez. Recuerda las historias contadas por su abuelo, doblegado por el Ejército en la época en que todavía se pagaba por cada oreja de aborigen entregada a las autoridades. “Estamos en territorio mapuche, ahora conocido como Argentina –dice ella–. Somos mapuches, y luego, por imposición, argentinos o chilenos.” Puede minimizarse y comprenderse, pero no ignorarse la tensión entre los viejos habitantes del lugar y los inmigrantes europeos, que llegaron desde mediados del siglo XIX. Tensión invisible casi todo el tiempo, pero no siempre. “Aquí hay una cultura dominante y culturas dominadas. Desde nuestra situación de dominados, hoy nosotros estamos proponiendo la interculturalidad.” Es decir, el derecho de preservar las diferencias. “Integrarnos es desaparecer”, sentencia. Circulamos por los suburbios de Neuquén y todo el mundo ostenta, en la piel, la ascendencia mapuche, tehuelche. Paramos para filmar un graffiti en una pared: “Pueblo mapuche vive”.
Como en Suiza
En Colonia Suiza, Bariloche, encontramos al descendiente suizo Emilio Goye, especialista en curanto, una forma suiza de cocinar haciendo un pozo en la tierra y calentándolo hasta dejar las piedras al rojo vivo. Nos cuenta historias de la época en que el lugar era tan inhóspito que se demoraba días para llegar a cualquier lugar habitado. El encuentro con los tehuelches y mapuches en torno al Nahuel Huapi era constante. Goye explica cómo los primeros inmigrantes tuvieron que ir quemando la madera autóctona para calefacción y cocinar, y terminaron plantando semillas de pino porque les recordaba la tierra natal. “Esto es igual a Suiza, con la diferencia de que no hay tren.” A comienzos del siglo XX todavía tenían centenas de vacas lecheras y había que ir hasta Bariloche para moler el trigo para hacer harina. “Acá, en la Patagonia, las personas son más frías, como en los países fríos de Europa”, definió.
Tierra de inmigrantes
El viaje continúa hasta El Bolsón y luego comenzamos a atravesar la Patagonia rumbo al océano Atlántico. Pasamos frente a la impresionante formación de Los Altares, en medio del desierto, donde todavía se encuentran dientes de megalodonte, el antepasado del tiburón. Llegamos a Gaiman (Chubut), tierra de inmigrantes galeses que arribaron en 1865 atraídos por las promesas de una tierra más próspera que la Gales de entonces. Entrevistamos a la señora Tegai Roberts, descendiente galesa, en una casa de té. Nos cuenta que entre las opciones que habían considerado como destinos posibles estaba la isla de Vancouver, algunos lugares en Estados Unidos, Uruguay, Paraguay y ciertas provincias argentinas. La invitación del ministro Guillermo Rawson los hizo definir por la Patagonia. Pasaron problemas, dramas y unas epopeyas dignas de película hasta lograr plantar, cosechar y comenzar a sobrevivir. Mientras tomamos el té, Tegai nos cuenta cómo el primer encuentro con los indios se dio un día de casamiento, cuando una pareja de tehuelches llegó a caballo. Se sentaron, comieron torta, y a partir de ese momento “todas las veces que llegaba una tribu las señoras ponían la mesa y servían torta galesa”. Si hoy toda esta región pertenece a nuestro país, se debe a la decisión de estos inmigrantes. La región era reivindicada por Chile y por la Argentina. Se decidió entonces que hubiera un arbitraje inglés, en 1902. Los galeses eligieron ser argentinos.
Llegamos a Puerto Madryn al atardecer y durante ese trayecto alcanzamos los 10.000 kilómetros. Allí encontramos a un recolector de moluscos que había partido de La Plata en busca del sueño de vivir en la Patagonia una vida tranquila. “La gente de esta región se divide en dos clases. Los nacidos y criados, y los que vinieron «huyendo», buscando otra forma de vida. La Patagonia te crea otra identidad porque te permite un contacto constante con la naturaleza. Existe un ser patagónico, sí, que está en constante formación porque continúa llegando gente todos los días.” Nos espera Buenos Aires. En el camino, mucho campo plano, arrieros y aquel territorio vacío que llevó a Juan Bautista Alberdi a sentenciar: “El territorio es la peste”.
Contrastes urbanos
Después de unos 25 días de ruta y de la tranquilidad profunda del Sur, la ciudad parece tener demasiado ruido, demasiados autos, demasiada gente. Encontramos al italiano Nicolás Tridente, de la Puglia, que 60 años antes, cuando llegó a La Boca de la mano de su mamá y de sus hermanos, pensó que estaba de vacaciones. No sabía que era un inmigrante. A un español, gallego, que vino huyendo de la dictadura de Franco y del hambre, que resumió: “Los argentinos tienen simpatía por los españoles. A veces nos llaman «gallegos de mierda», pero en el fondo hay un aprecio”. Fuimos a una milonga, donde hurgamos en esa forma tanguera de ser del porteño, melancólico y pasional, y que los extranjeros siempre relacionan con todos los argentinos. Filmamos en la Bombonera a un hincha boquense fanático hablando de la pasión argentina por el fútbol. Y en un día de lluvia torrencial, que todo lo volvía barro, fuimos hasta la Villa 21 para entrevistar a un profesor de teatro. Queríamos saber cuánto de la cultura argentina actual está atravesada por la cultura villera, expandida tras la crisis económica de 2000, y su relación de ida y vuelta con el “asfalto”. “El asfalto nos pega duro, porque tenemos portación de cara”, disparó uno de los 120.000 villeros de la Argentina.
Cuando dimos simbólicamente la última vuelta al Obelisco, de donde habíamos partido, el odómetro marcaba 13.320 kilómetros de ruta. Los personajes y los paisajes pasaban por nuestra cabeza. Las palabras “heridas abiertas” y “cicatrices” habían salido varias veces de boca de los entrevistados, pero también “solidaridad” y “diversidad”. El sentimiento de crítica hacia una conformación histórica a veces trágica y brutal se superponía a la admiración por la riqueza y la humanidad de sus protagonistas al encontrarlos personalmente, en cada barrio o ciudad del país. Cumplimos la premisa que nos había guiado desde el inicio del viaje: simplemente ir a ver.
Por Luis EsnalYo recorrí el país
Gabriel Grätzer
Músico de blues (33 años)
Dirige la única escuela de blues argentina, la del Collegium Musicum de Buenos Aires. En 2004 hizo una gira por todo el país para presentar su último disco. Asegura que el blues le permitió conocer las formas de tocar y de vivir este género musical en cada uno de los lugares que ha visitado. “Hay muchos amantes del blues en el interior. La esencia es siempre igual, no importa quién lo toque o dónde lo haga”, dice.
La idiosincrasia de cada provincia, de cada localidad, hace que el público que lo recibe reaccione de forma distinta a sus conciertos. En el Norte, explica, la presencia del folklore es muy fuerte, y a veces se dificulta la aceptación de este género foráneo. Aunque, una vez en el escenario, la gente se muestra abierta y abraza casi de inmediato sus letras y melodías. En el Sur, en cambio, la presencia de turistas hace que el blues sea acogido sin objeciones,igual que en la costa.
Diego Golombek
Biólogo (42 años)
Hace 20 que comenzó a viajar por la Argentina. Al día siguiente de recibirse partió para la Antártida a estudiar los ritmos biológicos de los pingüinos. Desde entonces ha tenido la suerte de conocer muchos rincones del país. “Mi trabajo de investigación me llevó a convivir con la comunidad mapuche de Millaín Currical, tratando de entender de qué se trata el tiempo biológico en un lugar aislado del mundo, sin luz eléctrica. Estar en la escuela de la comunidad mientras llegan los chicos con sus sonrisas y sus delantales, compartir el desayuno y las clases, hablar de tiempos y sueños con la gente o recibir el honor de un asado en la casa del lonco, son recuerdos imborrables. Casi tanto como la oportunidad de un verano en la Antártida, persiguiendo el ubicuo reloj biológico, que se las arregla para aparecer aun cuando el mundo no dice qué hora es.”
Fernando Casanova
Miembro de la Cruz Roja Argentina (52 años)
Este español de 52 años hace cinco que vive en Buenos Aires. Ha sido gracias al trabajo humanitario que desarrolla en la Cruz Roja que ha podido recorrer buena parte del país. “Muchos creen que la Argentina es sólo Buenos Aires, y que el resto es un enorme campo de trigo y soja, pero se equivocan”, dice. En sus periplos descubrió también a unos ciudadanos “afables” y “accesibles” que poco tenían que ver con ese calificativo de soberbios que desde afuera se les atribuye.
Kilómetro a kilómetro
Por Cecilio Flematti (periodista)
Un día, hace ya unos cuantos años, decidí ser periodista. Me compré un grabador de los chiquitos y salí a buscar historias. Me apasionaba el deporte. La radio de mi Capitán Bermúdez me dio un lugar. Luego Rosario. Y como un joven más de esos confusos años 90, quise probar en Buenos Aires.
El gran monstruo no fue fácil. No me acostumbraba a la locura, me sentía de otro pozo. Un día de poca plata y caminata sin rumbo por la plaza del Congreso se me ocurrió volver a las provincias (siempre me negué a decirles “interior”) como el cronista que ya era.
El primer viaje, en un auto prestado, fue a Paraná. Ya era linda, aunque no tanto como hoy. Pero para mí fue el puntapié inicial… Mis primeros kilómetros de cazador de paisajes, de culturas, de historias…
Hace 5 años que conduzco Kilómetro a kilómetro, el programa de turismo de Canal 7. Hace poco alguien me sacó la cuenta: di tres vueltas completas por la Argentina.
Conozco todas las rutas, observé todas las montañas, los ríos… Los que la cámara vio y los que no.
Me transformé en un facilitador entre esos paisajes, la pantalla y la gente. Muchas veces (las más) mi presencia sirvió sólo para eso. Y es suficiente. Hay poco para decir frente al glaciar Perito Moreno, o en los muros de Talampaya.
Pero al pie de cada maravilla, o en un pueblo olvidado, siempre hay personas. Esos momentos son los que más disfruto. El intercambio con el otro, desconocido, pero con el que me une algo, siempre.
La pasión de la gente es un paisaje maravilloso. Recuerdo un pueblo, La Cruz, en Corrientes. Llegamos en plena fiesta patronal. No había grandes paisajes, pero fue uno de los mejores programas que hice.
En más de 400.000 km de recorrido, gané muchas cosas. Perdí otras. Un día, en Junín de los Andes, recibí una llamada: mi hijo Lorenzo estaba cortando su primer diente… Ese momento no va a volver.
Cuando creció un poco, decidí llevarlo a algunos viajes. El último fue a Formosa. Kilómetro a Kilómetro se había comprometido a invitar a una escuela de chicos tobas que nunca habían salido de su comunidad a que conocieran el Parque Nacional Río Pilcomayo. Cuando llegamos a buscarlos, nos esperaban todos formados, cantando en coro Aurora. Me pidieron que izara la bandera. Alcé a Lorenzo con sus cuatro años y la subimos juntos. Su cara se transformó. Es probablemente el paisaje más hermoso que haya visto en mi vida.
Testimonios: Paloma Gil
Luis Esnal es periodista. En este viaje dirigió un documental sobre el país. Gabriel Katz fue productor; el brasileño Ivanildo Machado, director de fotografía; Agustín Alfaro, asistente de iluminación y sonido, y Emiliano Muñoz manejó los 13.000 kilómetros sin perderse ni pinchar un neumático. .
