Ruta 40, crónicas tierra adentro
Un sueño en dos ruedas
En Cafayate, al sur de Salta, tres canadienses hacen un alto en el camino y relatan sus andanzas motorizadas; una nueva crónica de la ruta, esta vez con el viento que golpea el rostro por la velocidad
Una tarde cualquiera, después de una dura jornada de trabajo, Willy le propuso a Jake salir a recorrer América. Agobiado por la rutina, aceptó sin dudarlo y juntos convencieron a Carlos, otro amigo, para que los acompañara en su travesía. Fue así que salieron a comprar tres motos, como quien va al almacén. Volvieron sonriendo, montados sobre tres Suzuki.
Ya pasaron más de cinco meses desde que salieron de Vancouver, Canadá, con destino a Ushuaia. No se trata de tres excéntricos millonarios ni mucho menos: Jake es mecánico de camiones, Willy empleado portuario y Carlos, técnico en sistemas. El de nombre español nació en Uruguay y de chico se radicó en Canadá. Hace ya seis meses que renunció a su trabajo para poder realizar este viaje. Despreocupado, afirma que a su regreso buscará otro.
Ahora, a 23 mil kilómetros de aquel momento, van ganando camino, transitando un sueño en moto, cubriendo las viejas preocupaciones con el polvo de la ruta. Embrujados por las luces de algún pueblo suelen dejarse llevar, toman algo y vuelven al camino. Están en Cafayate, tierra de sol y buen vino. Sentados a la mesa de un bar agradecen las bondades de la vid. Sin embargo, aclaran que no es vino sino cerveza lo que suelen tomar en cada uno de los países que atraviesan. Uno de ellos asegura que esas bebidas de Bolivia son horribles, y enseguida empiezan a rivalizar.
No se trata de tres excéntricos millonarios ni mucho menos: Jake es mecánico de camiones, Willy empleado portuario y Carlos, técnico en sistemas
"Las marcas grandes no ofrecen los mejores sabores", asegura Jake, y sus compañeros en seguida comentan lo "repugnantes" que eran las de Bélice y Potosí. Siguen discutiendo un poco más y aventuran una sentencia solemne, como si se tratara de un asunto trascendental: "tal vez la mejor sea la Gallo, de Guatemala".
Sin ser motoqueros de raza, fueron aprendiendo los códigos de una especie que está lejos de extinguirse. A diferencia de aquellos que circulan en auto, ellos se sienten parte del paisaje. Como lo hace el pez en el agua, aseguran que no observan el panorama desde afuera: "Viajar en motocicleta es una experiencia diferente, aquí sentís las cosas, las podés oler", afirma Carlos.
"A diferencia de otros sitios de Sudamérica, Argentina no es peligroso", asegura Jake. Aunque afirma que no en todos los países el inconveniente fue la seguridad sino el combustible. "En Perú la nafta era muy cara y en México de pésima calidad, tanto que nuestras motos casi no funcionaban", cuentan. Ellos ostentan con orgullo dos récords: apenas tres pinchaduras y un par de caídas menores que son como cicatrices en la piel del guerrero.
Maletas de anécdotas y esperanzas. Buscando otras perspectivas para sus miradas alquilaron "un avioncito" en Perú, y cerca de Nazca un arenero. De esta y otras maneras fueron llenando sus maletas de anécdotas. Entre las mejores se cuenta aquella que tuvo lugar en Bolivia. "Allí puedes comprar dinamita en cualquier parte", asegura Jake con ojos grandes al tiempo que detiene su narración, mira a sus compañeros como pidiendo una aprobación y tras un breve silencio susurra; "nosotros también compramos y la hicimos estallar en pleno del desierto para saber qué se sentía".
A diferencia de aquellos que circulan en auto, ellos se sienten parte del paisaje
Willy está ansioso por relatar otra de las grandes anécdotas. No puede esperar más, toma un trago de vino y la larga como a una culpa: "Una noche, después de un día de travesía, nos hospedamos en un pequeño hotel de Bolivia. Allí nos atendió su dueño y al día siguiente, cuando nos levantamos, encontramos en el lobby al hombre dentro de un ataúd. Había muerto repentinamente esa noche. Huimos de allí".
Ellos explican que el asfalto es suave para andar en dos ruedas, pero aseguran que "a los lugares más interesantes se llega por tierra". "Es más -sugiere Carlos-, en muchos de esos sitios aún no hay puentes ni huellas".
Allí van esos leones mecánicos rugiendo por la Ruta 40 con sus melenas al viento. Y de esta manera, sin prisa y sin pausa, los ve pasar el camino, buscando detrás de cada curva esa Patagonia que desde chicos soñaron conocer.
Desde Cafayate, provincia de Salta
Especial para LANACION.comrutacuarenta@gmail.com
