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Domingo 18 de febrero de 2007 | Publicado en edición impresa

A boca de jarro | Mercedes Benítez

"Es mejor inversión ayudar a un pueblo a renacer"

Por Luis Aubele

 
 
 

"Estaba sentada en la puerta de la casa de uno de los habitantes más viejos de un pueblo al sur de Córdoba. El hombre me iba señalando: Ahí estaba el cine. Al lado, el gran hotel, con un salón inmenso, donde se hacían fabulosos bailes, tan famosos que la gente venía de lejos. Lo curioso era que todo lo que había frente a nosotros eran un enorme pajonal y un montón de recuerdos. La imagen me quedó muy grabada", dice Mercedes Benítez.

"Recuerdo que, años más tarde, cuando trabajaba como investigadora en el Conicet, tenía un jefe que me quería mucho, un hombre muy bueno que siempre me aconsejaba que me especializara en el estudio culturas extinguidas. Un día le contesté: Doctor, a mí me interesan los pueblos que están en peligro de desaparición, no los que ya desaparecieron. Se rió, pero ese día comprendí que era eso lo que realmente me apasionaba."

Marcela Benítez es licenciada en Geografía y doctora en Sociología, egresada de la Universidad de La Plata. Fue investigadora del Conicet, cargo que abandonó para fundar la ONG Recuperación Social de Poblados Nacionales que Desaparecen (Responde). El año último, la Schwab Foundation, con sede en Davos, Suiza, la eligió la entrepreneur social del 2006.

–¿Por qué desaparece un pueblo?

–Todos los pueblos nacen por una razón, generalmente económica. Cuando esa razón cesa, el pueblo comienza a languidecer y, si no se detiene el proceso, desaparece. Así de simple. Imagine un pueblo que se formó alrededor de una estación de ferrocarril y un buen día levantan el ramal, u otro que nació en un cruce de caminos y esas rutas dejan de usarse. Incluso la decadencia llega, a veces, por procesos irreversibles y necesarios como la tecnificación del campo. Y cuando un pueblo deja de cumplir la función que le dio sentido, deja de interesar y desaparece de proyectos de desarrollo, como la creación de escuelas, hospitales, nuevos caminos, etcétera. Además, el deterioro afecta también otras instalaciones, por ejemplo, las rutas que suelen correr paralelas a las vías. Porque una carretera necesita mantenimiento, de lo contrario termina por hacerse intransitable. Por último, el pueblo deja de interesar políticamente, porque con los éxodos disminuye el número de votos.

–¿Qué habría que hacer?

–En primer lugar, educar. Esa es la base. Capacitar a la gente para que sea autónoma, pueda valerse por sí misma, y deje de depender y esperar milagros. Que pueda enfrentar sus problemas con realismo y crear respuestas posibles y prácticas. Que pueda asociarse y ver un mismo conflicto desde distintos puntos de vista. Que deje de apelar al temido pensamiento mágico.

–¿Cómo nació Responde?

–Cuando comencé a trabajar como investigadora en el Conicet había 400 pueblos en peligro de desaparición, ahora hay 816. Durante mi gestión alcancé a recorrer un centenar. Primero trataba de conseguir mucha información y, después, me reunía con los pobladores más viejos para saber de primera mano cómo habían sido las cosas. Luego hacía informes muy detallados y los presentaba en el instituto. Al principio todos miraban con asombro y preocupación lo que les mostraba, pero después se dejaba de hablar del tema y no ocurría nada. Así durante años, hasta que un día me di cuenta de que debía plantear las cosas de otra manera, y así nació Responde. Claro, ahora todo parece fácil.

–¿Qué pasó?

–Empecé sola y algo aterrada por lo que estaba por encarar. Todo me parecía complicado. Hice una lista detallada de todos los trámites que tenía que hacer y comencé a recorrer dependencias. Algunas características de Responde son producto de mis escasos recursos en los comienzos. Inscribirla como fundación salía 12.000 pesos y como asociación, 1200. No me quedó otro remedio que anotarla como asociación. Para constituirla legalmente organicé una rifa de mil números, a un peso cada uno, que vendí entre mis amigos. Con 700 pesos pagué la constitución legal y con los 300 restantes compré el aparato de audio, que era el único premio.

–¿Cómo trabaja Responde?

–Como siempre, el primer paso es conseguir muy buena información para conocer el problema y así proponer respuestas posibles. Luego les hacemos un lavado de cerebro a los pobladores para que dejen de esperar que alguien les solucione los problemas. Para que comprendan que nadie lo va a hacer, que son ellos los únicos responsables. Además, que tienen todo para lograrlo. En estos años hemos desarrollado mucho el tema del turismo como proyecto. Se trata de buscar y presentar de manera atractiva todo lo bueno que puede ofrecer el pueblo. ¡Hay tantas cosas además de paisajes, comidas caseras e historias! Hay reductos únicos, como viejas pulperías, que debidamente restaurados pueden convocar a los amantes de las experiencias únicas. También está la posibilidad de ofrecer alojamiento en casonas centenarias rodeadas de aromas y murmullos secretos. Pero hay algo que siempre tratamos de que entiendan las autoridades nacionales y provinciales...

–¿Qué?

–Que hay 602 pueblos de menos de 2000 habitantes en riesgo de desaparición. Hay otros 124 que no han crecido nada en los últimos diez años, y otros 90 que ya no figuraban en los censos de 2001. Estos pueblos reúnen un total de 268.920 habitantes, lo que constituye el 40 por ciento del total de la población rural del país. Que, desde todo punto de vista, es mejor inversión ayudar a un pueblo a renacer que gastar enormes sumas en subsidiar a los desplazados que se refugian en los cordones de las grandes ciudades, donde todo lo que encuentran es pobreza y desarraigo. .

Luis Aubele
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