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En Estados Unidos

Entrevista al argentino condenado a muerte

Información general

Víctor Saldaño relata cómo llegó al crimen

LIVINGSTON, Texas.- Antes de encontrarse frente a frente con un condenado a muerte, uno piensa que lo distinguirá alguna mirada especial. Que la angustia se colará por sus ojos y que el criminal se vencerá, finalmente, ante el miedo de su inevitable ejecución. Pero no es así. El deseo de vivir y disfrutar cada momento de compañía se hace evidente. Al menos en el caso de Víctor Hugo Saldaño, el único argentino condenado a muerte en Estados Unidos.

Vestido con camisa y pantalón blancos, Saldaño estudia muy cuidadosamente a quien tiene enfrente, separado por dos gruesas láminas de vidrio blindado. Sus ojos negros, profundos, parecen iluminarse. Se muestra interesado en cada gesto y en todo lo que sucede alrededor. Ríe nerviosamente y no para de acompañar sus palabras con movimientos de las manos.

Para él es un gran acontecimiento que alguien a quien no conoce se muestre interesado por su destino. Habla apurado y sus pensamientos se mezclan de vez en cuando, saltando de los temas más duros a los más triviales.

Por momentos se hace difícil recordar que este cordobés de 27 años está aquí por haber matado de cinco tiros a un vendedor de computadoras en Dallas.

Iba a ser ejecutado por medio de una inyección letal el 18 de abril próximo, pero la semana última la Corte Suprema decidió suspender temporalmente la medida. Ahora tiene esperanzas de que su caso sea revisado.

Minutos antes, un guardia le sacó las esposas de las manos y lo llevó a una cabina cerrada, con un teléfono que le sirve para comunicarse con quien está detrás del vidrio.

En la sala hay unas 50 cabinas, cerradas del lado del prisionero, abiertas a un pasillo del lado de los visitantes. Esta vez, es una treintena de periodistas que ha venido a entrevistar a los condenados a muerte que están detenidos en la cárcel de Terrell, unos 200 kilómetros al norte de Houston.

La manera frenética en que los periodistas se lanzan con sus cámaras, micrófonos y grabadores en mano para llegar primero a las cabinas produce cierta vergüenza.

En el caso de Saldaño, no hay muchos que se lo disputen. Están sólo La Nación y un enviado de América TV, que lo entrevistó para el programa "Día D" (se emite mañana).

Saldaño, con su pelo casi rapado, sonríe y saluda con la mano al cónsul adjunto argentino, Alejandro Meroniuc, que lo viene a visitar cada miércoles. El diplomático toma el teléfono y explica quiénes son las otras visitas.

"¿Así que sos de Buenos Aires? Yo pensé que iba a venir alguien de La Voz del Interior, gente de mi tierra", es lo primero que dice Saldaño, con un inconfundible acento cordobés.

-Contame cómo fue que dejaste la Argentina.

-Me fui de Córdoba a los 18 años para buscar a mi viejo, que estaba viviendo en Florianópolis. Tenía curiosidad por conocerlo; él nos había dejado a mi vieja y mis hermanos cuando yo tenía tres años. El encuentro fue bueno, viví seis meses con él, pero la cosa no daba para más. Entonces empecé a viajar de nuevo. Fueron varios años de viaje. A mi familia le mandaba postales todo el tiempo: del Mato Grosso, de Colombia, de Panamá, de Estados Unidos. Me acuerdo de que en la Guayana Francesa me robé un montón de postales y se las mandé en varias semanas (ríe).

-Cuando eras chico, ¿qué querías ser cuando fueses grande?

-Quería viajar, ver el mundo. Por eso me metí en la Marina, para viajar en barco. Pero estuve un tiempo en la Escuela de Mecánica de la Armada e infelizmente no funcionó. Me dieron de baja.

-¿Y qué aprendiste en tus viajes?

-Nada, por eso estoy acá (ríe). No, es un chiste. Pero he sido muy huevón , nunca aprendí una profesión. He sido muy inestable, eso lo acepto. No me podía quedar tranquilo en ningún lugar, siempre tenía que estar en movimiento.

-¿No tenías una novia fija en ningún lugar?

-No, siempre estuve picando acá y allá. Me creía completamente libre, independiente de todo el mundo, pero quién dice que si alguna chica me hubiese parado, ahora no estaría acá, tan encerrado.

Hasta Estados Unidos

Tras viajar por casi toda América latina, Saldaño ingresó con un pasaporte falso en Estados Unidos. Primero fue a Nueva York, donde trabajó en un restaurante cubano, y luego se mudó a Texas, donde su vida cambiaría para siempre el 25 de noviembre de 1995.

Ese día, junto con un amigo mexicano, Jorge Chávez, entró en un almacén de las afueras de Dallas y, a punta de pistola, hicieron salir a un hombre, Paul Ray King (46 años, vendedor de computadoras), lo metieron en su propio auto y lo llevaron a un bosque. Allí le robaron un reloj de plástico y 50 dólares, y le dispararon cinco tiros. Pocas horas después fueron detenidos por la policía. Saldaño cargaba el arma y llevaba puesto el reloj de la víctima.

En el juicio, en julio de 1996, un jurado encontró a Saldaño culpable de homicidio agravado por secuestro y robo (lo que aquí se llama "crimen capital") y lo condenó a morir por medio de una inyección letal. A Chávez, en cambio, se lo condenó a prisión perpetua.

Un elemento importante durante el proceso fue el testimonio del psicólogo que analizó a Saldaño, Walter Quijano (filipino), quien señaló que el argentino representaba una mayor peligrosidad si era eventualmente era dejado en libertad por el hecho de ser hispano. Según él, los hispanos y los negros son más propensos a ser reincidentes y por eso su número en las cárceles es tan elevado.

Pero ahora los nuevos abogados del argentino, Stanley Schneider y Tom Moran, decidieron apelar la condena (no cuestionan su culpabilidad) alegando que el jurado consideró como agravante el origen étnico de Saldaño.

-¿Cómo conociste a Chávez?

-En el barrio Cliff, en Dallas. Es un lugar muy marginal, muy pesado.

-¿Cuándo llegaste a Texas ya estabas consumiendo "crack"?

-No, hasta ahí sólo fumaba porros de marihuana y tomaba mucha cerveza, todos los días. Jorge consumía "crack".

-¿El robo al señor King lo tenían planeado?

-No, eso fue improvisado. Fue un accidente que pasó muy rápido. Nunca lo planeamos. Andábamos muy borrachos y por eso ocurrió la tragedia, todo este drama. Cuando estás borracho, no tenés conciencia de lo que estás haciendo. Y pasan estas cosas.

-¿Estás arrepentido?

-Sí, estoy muy arrepentido, muy arrepentido. Lo siento mucho por la familia King. Pienso mucho en su hijo, David, que se quedó sin padre.

-¿Qué les querrías decir a ellos?

-Qué algún día me perdonen por lo que pasó. Que estoy dispuesto a hacer lo que sea si los puedo ayudar en algo. Si tuviese plata, les daría diez millones de dólares, pero soy pobre.

-Tu hermana contó que siempre fuiste tranquilo, hasta introvertido, nunca violento. Pero acá, en la cárcel, dijeron que al poco tiempo de llegar atacaste a otro prisionero.

-Es que me sentí agredido, me atacaron unos negros y me defendí. Fue en defensa propia. Fue no bien llegué a la otra cárcel, a Huntsville; en ese entonces iba al patio de recreo, y un negro me trató de dar unas puñaladas con un cuchillo. Yo le salté encima y le di a él. Fue en defensa propia y se lo dije al capitán de la cárcel.

-¿Por eso te pusieron en una celda aislada?

-Sí, en la solitaria. Una celda de tres metros por dos metros. Fue durísimo, estuve ahí seis meses. Es muy pesado esto. Estar encerrado todos los días, sin ver la luz del sol. Es una humillación tremenda que te parece que no se va a acabar más. Te volvés casi loco.

Hincha de River y de Talleres de Córdoba, Saldaño no puede seguir más los resultados de los partidos. Acá sólo lee los diarios locales y los libros que le mandan desde la Argentina (tiene que ser por intermedio de una librería autorizada por la prisión, Gandhi, de Córdoba, por cuestiones de seguridad). Como le encanta leer, el consulado argentino le pasa también revistas y libros.

-¿Qué extrañás de Córdoba y de la Argentina?

-Todo. Las minas , loco, las de Córdoba, las de Brasil, las de Colombia.

-¿Qué les recomendarías a los chicos que, como vos hace diez años, están perdidos y quieren dejar todo?

-¡Qué sé yo! Yo no soy justamente un modelo para seguir. Les diría que se porten bien, que estudien, que no tomen drogas, qué sé yo... que un error lo podés pagar muy caro. Que las consecuencias pueden ser para siempre.

-¿Pensás mucho en la muerte?

-Ahora no pienso en la muerte.

-¿Y antes de saber que habían suspendido la ejecución?

-Sí, me preocupaba el tema (piensa un rato). El año pasado hasta pedía que me mataran cuanto antes. Es que las condiciones de la cárcel se me hacen muy duras. Es una tortura diaria, y estoy muy solo.

-¿Qué le dirías a tu madre si la tuvieses acá?

-Que la quiero, pero que esté tranquila, viste, porque ella es muy nerviosa. Y que no se haga mala sangre, que no crea que con la suspensión de la ejecución se termina todo. Acá hay presos que han tenido hasta doce fechas de ejecución, que se van suspendiendo y se vuelven a fijar más adelante. El proceso es muy largo y no sabés ni cuándo ni cómo va a terminar.

No fumarás

LIVINGSTON, Texas (De un enviado especial).- En la cárcel de seguridad de Terrel, por todos lados sobresalen carteles de no fumar. Curioso, este enviado preguntó al director de la cárcel, Larry Fitzgerald, qué pasaría si uno de los condenados a muerte quisiera fumar un cigarrillo como último deseo.

"Sucede algunas veces -respondió Fitzgerald-. Pero se le niega el deseo. Este es un edificio libre de humo y las reglas son muy estrictas." .

Alberto Armendáriz Enviado especial
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