Analizar y entender la Argentina no es tarea sencilla: un país con tanto futuro y tan poco presente, un país con tanta riqueza y tanta pobreza, con tan poca gente y tanta gente destacada en el mundo, un país que siempre está a punto de sucumbir, pero que, afortunadamente, nunca muere...
Analizar nuestros orígenes ya comienza a hacer brotar algunas dudas, porque es posible afirmar que la historia de la Argentina comenzó en 1580, cuando Juan de Garay fundó Buenos Aires y sentó las bases de una urbe enigmática, seductora y atractiva, pero también podríamos situar su origen en 1776, cuando Carlos III decidió crear el Virreinato del Río de la Plata, del que Buenos Aires sería sede central.
Es tradicional ubicar el comienzo de la Argentina en 1810, cuando nos consideramos lo suficientemente maduros para gobernarnos sin paternalismos, pero no sería ilógico tomar como punto de partida 1816, cuando el Congreso instalado en Tucumán declaró que nos independizábamos de España, o 1853, cuando una convención nacional constituyente nos dio la organización jurídica y política definitiva, aunque, paradójicamente, Buenos Aires no haya participado de esa fantástica gesta.
Como se puede observar, determinar el comienzo de la corta, aunque conflictiva, historia de la Argentina ya es dificultoso. Pero, además, nuestro país se ha caracterizado por hacer posibles situaciones, hechos y circunstancias que en otros puntos del planeta constituirían meras hipótesis teóricas, de muy improbable concreción.
En la Argentina fue posible que grandes hombres hayan hecho mucho por el país, pero desde afuera. Por ejemplo, el paradigma de los patriotas nacionales, José Francisco de San Martín, nació en la Argentina en 1778 y vivió aquí hasta los ocho años, pero desde entonces y hasta su muerte, ocurrida a los 72 años, sólo estuvo presente en nuestro territorio durante cinco años.
Por su parte, el principal inspirador de la Constitución nacional, Juan Bautista Alberdi, se fue al exilio cuando tenía apenas 28 años y permaneció en él prácticamente hasta su muerte, ocurrida cuanto tenía 73. Escribió en el exterior las obras doctrinarias que inspiraron a nuestros constituyentes en 1853.
Precisamente en la época en la que se organizaba constitucionalmente, la Argentina fue capaz de sentar las bases de una gran nación. Tenía por entonces apenas un millón y medio de habitantes, de los cuales el 70% era analfabeto.
No deja de ser paradójico que Buenos Aires, principal ciudad de la Argentina, haya crecido merced al desarrollo de una actividad ilícita, como lo es el contrabando, y al de otra lesiva de la integridad ecológica, como las vaquerías. Tan paradójico como que la misma Constitución nacional, que dispuso la adopción del federalismo como forma de gobierno, estableciera que uno de los nombres oficiales del Estado nacional sería "Confederación Argentina".
Adviértase, en este sentido, que el federalismo implica la coexistencia de un gobierno nacional y gobiernos locales con autonomía, pero sin independencia, mientras que la confederación es la suma de Estados independientes que, unidos por uno o más tratados, pueden decidir separarse del resto.
Si desde que Justo José de Urquiza asumió como primer presidente constitucional, en 1854, hasta ahora hubiera habido estabilidad jurídica e institucional, en la Argentina sólo deberían haber gobernado 26 presidentes. Sin embargo, en este extraño país lo hicieron cincuenta (contando los doce "de facto" y el actual), se iniciaron 28 períodos presidenciales constitucionales y se perpetraron seis golpes de Estado.
En esta Argentina es posible que un líder (Juan Domingo Perón) haya fallecido hace más de treinta años, pero que mucha gente aún lo siga votando, y también lo es que el único partido político que, al menos en la actualidad, puede mantener la gobernabilidad (el peronismo) tenga una ideología lo suficientemente ambigua como para combatir y amar el capital, estatizar y privatizar y, al haber contraído deuda externa, pagarla puntualmente o declarar sin tapujos la cesación de pagos.
También es posible en nuestro país que la misma Constitución nacional establezca, por un lado, la existencia de un sistema republicano de gobierno, cuya principal característica es la división de poderes (artículo 1°), y, por otro lado, autorice al presidente a ejercer atribuciones del Congreso (Art. 99, inciso 3) y a éste a delegarle sus propias potestades a aquél (Art. 76).
En la Argentina, la Constitución nacional establece un sistema federal de gobierno. Sin embargo, de cada diez pesos que gasta la mayoría de las provincias sólo uno es recurso genuino, mientras que el resto llega del gobierno central. También es posible que tengamos uno de los índices de natalidad más bajos de América y, a la vez, una de las ciudades más densamente pobladas del mundo (en la ciudad de Buenos Aires viven más de trece mil habitantes por kilómetro cuadrado).
En un país como la Argentina, los gobernantes están obligados a proporcionarnos salud pública, a brindarnos seguridad y a asegurarnos educación, pero para tener una buena salud, seguridad y educación los ciudadanos tenemos que afiliarnos a sistemas de medicina prepaga, debemos contratar custodios particulares y nos vemos obligados a enviar a nuestros hijos a escuelas privadas; todo sin bonificación ni exención impositiva alguna.
Tenemos el río y la avenida más anchos, la calle más larga y el IVA más alto. Creamos el dulce de leche, los quioscos, los alfajores y la birome. Dimos a la humanidad a Maradona, a Vilas, a Fangio, a Favaloro, a Sabato, a Julio Bocca y a Borges, entre otros, pero el mundo no sabe en qué punto del mapa estamos ubicados ni cuál es nuestra capital.
Aquí ha sido posible que el Congreso de la Nación, cuyo objetivo es dictar normas para el futuro, haya anulado los efectos ya producidos por leyes que el mismo Congreso había sancionado (por ejemplo, al derogar el punto final y la obediencia debida). Y también lo es que ese mismo Congreso dicte una ley de intangibilidad de depósitos particulares y a los seis meses las autoridades conviertan en pesos los que estaban constituidos en dólares.
No deja de resultar sorprendente que la Argentina tenga casi doscientos años de existencia y que, sin embargo, sólo el último 10 de diciembre hayamos cumplido veintitrés años ininterrumpidos de democracia genuina.
Con semejantes contradicciones y extrañezas, otro país habría sucumbido hace tiempo. La Argentina, como el ave fénix, siempre renace de sus propias cenizas y posee una asombrosa vocación de eternidad. ¡Como para no creer que Dios ha nacido y vive en esta parte del mundo!
El autor es profesor de Derecho Constitucional (UBA).