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Editorial II

La importancia de la lectura

Opinión

La experiencia de leer, escuchar y contar historias sigue ejerciendo una atracción tal sobre niños, adolescentes y adultos, que todavía ni la televisión ni Internet ni toda la parafernalia de los juegos electrónicos han logrado emular. Por eso, resulta oportuno -ahora que, mal que mal, las clases han comenzado en casi todas las escuelas de la Argentina- volver sobre este tema: la importancia de la lectura para una sociedad como la nuestra, que apenas empieza a salir adelante después de vivir una de las más importantes crisis social y económica de su historia.

Una muy reciente visita al país del pedagogo italiano Francesco Tonucci sirvió para entrar en contacto con las ideas de un reconocido especialista que no le tiene miedo a imaginar soluciones posibles a la decadencia de la enseñanza en todo el mundo. Por esa razón, prestigia el "milagro de la lectura", como lo llama, por sobre muchas otras actividades escolares: "Leerles a los chicos 15 minutos por día es llevarlos al milagro de la lectura". Y agrega otro pensamiento, fundamental para poner en marcha el acto educativo: "Un buen maestro es alguien a quien le gusta leer".

El acto de leer, ya sea que uno escuche leer o lea para sí o en voz alta para otro, es aprendizaje y divertimento. Quien haya estado alguna vez en un aula sabe bien del estado de encantamiento en que caen los niños y adolescentes cuando se les lee un cuento. Pero para tener alumnos lectores, no basta sólo con un maestro lector. Es fundamental que en el hogar de esos niños haya padres lectores, que haya una pequeña biblioteca, que haya, en fin, esos objetos casi mágicos que son los libros. ¿Cómo puede un niño entender la importancia de leer si nunca ha visto a su padre hacerlo, si nunca ha deseado intensamente poder leer también él solo como lo hace su madre cuando le lee en voz alta?

Justo es reconocer que dentro de la sociedad argentina se están haciendo grandes esfuerzos para reparar esa deficiencia. Y eso ocurre tanto en el ámbito institucional como en el privado: los ministerios de Educación, Ciencia y Tecnología, y de Justicia, por un lado, y entidades privadas como ONG y asociaciones civiles, por el otro. El Ministerio de Educación desarrolla desde hace casi cuatro años una campaña nacional de lectura, a través de la edición de cuentos para distribuir en las canchas de fútbol, en los hospitales, en los medios de transporte y hasta en las peluquerías, además de unirse a reconocidas fundaciones, como la Fundación Mempo Giardinelli y sus Abuelas y Abuelos Cuentacuentos (una selección de cuentos para chicos de 5 a 7 años), que han llevado su ejemplo más allá de su provincia, Chaco, y ya están llegando a la ciudad de Buenos Aires junto con PAMI y la Fundación YPF (Cuentos para compartir entre adultos y niños, abuelos y nietos, para disfrutar juntos del placer de la lectura).

Una destacable iniciativa fue la del Ministerio de Justicia, cuando, con la colaboración de los presos que trabajan en los talleres braille de unidades penitenciarias, presentó en la Feria del Libro de 2005 una serie de cuentos fundamentales de los principales escritores argentinos en ese sistema para ser entregados a colegios de niños invidentes. Cabe señalar también la intensa actividad de la Fundación Leer, que desde 1997 no ha dejado de trabajar en la formación del hábito lector. En la localidad de Moreno, esta ONG comenzará a implementar, junto con 14 centros de desarrollo integral municipales, el programa La Importancia de Leer, destinado a fortalecer las capacidades del personal de los centros que atiende a niños de hasta 5 años; en breve, todos ellos tendrán sus rincones de lectura, con libros nuevos elegidos por los directivos de acuerdo con las edades de los chicos, también para paliar el enorme vacío que hay para niños de esta edad, que no tienen acceso a la educación formal oficial.

Vale la pena recordar una última enseñanza que, como buen pedagogo, dejó Tonucci en su paso por el país: la lectura es un placer que se contagia; no se impone. La sociedad argentina no puede desperdiciar una de las herramientas fundamentales para que una comunidad crezca, pero tampoco puede, por negligencia o ignorancia, darse el gusto de ver desaparecer lo que una vez fue uno de los rasgos de su identidad como país: las editoriales más importantes en español de América latina en el siglo XX fueron argentinas. Y lo fueron porque los argentinos eran grandes lectores. .

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