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Opinión

 
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Martes 06 de marzo de 2007 | Publicado en edición impresa

Dominar viejos impulsos

Por Roberto Lavagna
Para LA NACION

 
 
 

La megacrisis de 2001, a la que los historiadores económicos califican ya como la peor en por lo menos cien años, desató en la sociedad argentina sufrimientos, angustias y miedos. Esos miedos pudieron habernos paralizado, dejado inertes frente a la magnitud del desastre económico, social y político. Sin embargo, no fue así. Esas angustias y esos miedos operaron al revés, como un acicate, como incitación y estímulo en la búsqueda de una salida, de una solución colectiva.

Y lo hicimos entre todos, cada uno desde su lugar de trabajo. A pesar de la fragilidad institucional, paramos la hiperinflación en curso; recuperamos una caída del 20% en el nivel de producción (PBI); recompusimos una situación ocupacional inédita, donde casi uno de cada cuatro argentinos estaba desocupado y otro estaba subempleado; comenzó la recuperación en materia de pobreza e indigencia, aunque todavía queda mucho por hacer; recuperamos la desinversión. Se resolvieron, no sin costos, pero con equidad, esos horrores heredados que la imaginación popular llamó "corralito" y "corralón"; le devolvimos al país la unidad monetaria, terminando con catorce pseudomonedas provinciales, y se reestructuró la deuda externa, borrándose al día de hoy 67.000 millones de dólares.

Lo que ahora todos califican como "sorprendente" resurgimiento argentino, en el que nadie creía en el segundo trimestre de 2002, tuvo que ver con las conductas sociales. Ricos, menos ricos, pobres y menos pobres adoptaron conductas solidarias, serias, responsables, menos egoístas, menos "chantas", más comunitarias. Por raro que parezca, el miedo, el miedo a una crisis mayor, a la disolución nacional, al desborde social, ayudó.

Pero llegó la "normalización", y con ella percibo la reaparición de viejas conductas, viejas tendencias o inclinaciones, en las que la acción de cada sector, de cada segmento social, debilita la idea de un proyecto común. Un proyecto de sociedad, de país, que es de todos o no será de nadie.

Esas actitudes solidarias, que fueron dignas de elogio y de sorpresa, tanto dentro como fuera del país, ya no son las mismas. Es como si muchas conductas se hubieran relajado, ablandado. Como si se hubieran transformado en más egoístas, más prepotentes, más autistas, menos solidarias.

En muchos sectores de ingresos altos, de clase alta, reaparece la idea del país en el cual se vive, en el cual se duerme, el "país dormitorio", pero en el cual no se tienen los principales compromisos económicos, las mayores inversiones.

A su vez, en los sectores de ingresos medios-altos, profesionales, empresarios, aparece, en los últimos meses cierto desenfreno por el consumo, desapego por la frugalidad, descuido por el ahorro. Necesidad de mostrar y mostrarse, en algunos casos al costo de no ser.

Los sectores o clases de ingresos medios y medios-bajos parecen no poder resistir la demostración y se tientan, se exigen y exigen al conjunto social, con impulsos imitativos de los sectores de ingresos medios-altos. En la misma medida en que estos impulsos se desarrollan, va surgiendo un quiebre de los lazos de solidaridad con los sectores de ingresos bajos, respecto de los cuales parece más importante diferenciarse que apoyarlos.

Por último, los sectores más pobres, los de ingresos bajos, se sienten más aislados, se recluyen, se tornan más abúlicos y descreídos y se van convirtiendo cada vez más en sujetos pasivos del "clientelismo".

Quizás en este cambio de tendencias en las conductas -donde, como es obvio, afortunadamente hay muchas excepciones- esté la clave del futuro argentino.

La oportunidad que tenemos como país es extraordinaria, precisamente por las pruebas que hemos superado.

Ahora, probablemente estemos enfrentando una prueba más: la de dominar estos viejos impulsos, a los que, con sus actitudes, el propio gobierno estimula. Si somos capaces de pasar esta prueba para mantener alto el compromiso-país, la solidaridad y la comprensión para con los más débiles, con la voluntad de generar progreso serio, durable, equitativo, justo, entonces no habrá razones para temer al futuro.

De la misma forma que le ganamos antes a la adversidad, también ahora podemos ahuyentar viejos fantasmas de un pasado peor. Si advertimos a tiempo que ésta es la prueba, podemos ser capaces de superarla. Yo lo creo y para eso trabajo. .

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