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A salvo

En las manos de Francisco Gasa, las telas reviven

Jueves 08 de marzo de 2007

Desde afuera, Los Jazmines parece una tintorería más. Pero adentro, Francisco de los milagros , como le gusta contar a Francisco Gasa que le dicen sus clientes, obra prodigios del lavado o salvamento de ropa fina. Pañuelos desteñidos con su propia tinta, vestidos de bautismo usados por tres generaciones y trajes de novia con rastros de fiestas excesivamente divertidas..., todo vuelve a fojas cero en esta tintorería de lujo, elegida por diseñadores, divas y turistas.

En una pared, una foto de 1955 muestra el aspecto, no muy cambiado, del local de Marcelo T. de Alvear 1555 en sus orígenes y, a Gasa, de cortos, cuando aprendía el oficio de sus abuelos. Abrió sus puertas en 1942, y de 1948 a 1980 Beatriz Sánchez de Gasa, su madre, estuvo al mando de la tintorería, hoy retirada y a días de cumplir 90 años. En la pared hay recortes de notas periodísticas acerca de la tintorería y fotos del antes y el después de un pañuelo Moschino restaurado. Se oye de fondo una ópera en la voz de Maria Callas, y en el mostrador reposa La montaña mágica, de Thomas Mann. La tertulia cultural es habitual, y a veces retirar una prenda enriquece como un café literario. Este tintorero de traje y corbata es un ferviente amante del arte argentino y de las delicias que prepara su mujer, Martha.

Puertas adentro, en Los Jazmines otras dos Martas son vitales para Gasa. Marta López, la encargada desde hace 25 años, y Marta Pastrán, que anda siempre entre los percheros que exhiben corbatas destripadas en pleno proceso, cortinas de seda y tapices antiguos, vestidos de gran soirée de renombre internacional y trajes de las mejores marcas. En el piso hay recipientes de acero inoxidable, que parecen ollas para cocinar en cantidades industriales; palanganas de todo tipo y color; planchas de mano más aparatosas que lo habitual; faroles sol de noche añosos como el lugar; un televisor destartalado, y una ampolla de decantación, que revela la formación de técnico químico de Gasa. "Todos los procesos son artesanales", aclara, por si hiciera falta. En la inspección a fondo no se descubrieron lavarropas ni secarropas, que en Los Jazmines son mal vistos.

El teñido es una arte que domina desde las épocas de los conjuntos de banlon, las mallas de látex o los lutos rigurosos (Gasa fue el encargado de la génesis de la Momia Negra de Titanes en el ring , cuando su cliente Martín Karadagian apareció un día con la urgencia de pasar al negro una bolsa de vendajes). También se destaca en la limpieza de gamuzas, gamulanes, carpinchos, cueros y sacos encerados, tipo Barbour o ingleses, que reencera con un producto sin olor.

Pero la limpieza de vestidos de novia y madrinas es una especialidad de la casa, que merece la recomendación de los diseñadores Benito Fernández, Laurencio Adot, Fabián Kronenberg, Gino Bogani, Claudio Cosano, y Mario Vidal, de Iara. Aún se recuerdan las aglomeraciones que provocaban en la puerta del negocio las constantes visitas de Tita Merello y Niní Marshall, clientas famosas. Hoy lo visitan con frecuencia Cipe Lincovsky, Duilio Marzio, Claudio Segovia y Mariano Mores, por ejemplo.

Tiene clientes internacionales. "Una vez atendimos a un alemán que llegó por recomendación de un turista al que le dejamos como nueva una corbata. Trajo 60 corbatas para que las limpiáramos en una semana. Es muy común que clientes de Chile y Brasil nos llamen cuando están armando las valijas para preguntar si en el tiempo de su corta estada llegaremos a limpiar tal o cual prenda de lujo", se enorgullece Gasa.

Otras proezas: la limpieza de un vestido de bautismo de 150 años; de un vestido de novia manchado de grasa eldía antes de un casamiento; y de un vestido Pucci que llegó desde Italia por correo con el estampado corrido, para devolverle el color. Los testimonios se acumulan en www.tintorerialosjazmines.com , donde los clientes dejan elogios y agradecimientos. "Lo más difícil de limpiar fue un vestido que me trajo una clienta con una advertencia: Es un Galliano y me costó 40.000 euros " . Toda una responsabilidad, de esas a las que Gasa está acostumbrado.

Por María Paula Zacharías

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