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Opinión

La civilización del petróleo, difícil de reemplazar

El Mundo

Por Roberto Cunningham
Para LA NACION

Cuando se habla del tema de los biocombustibles, es necesario recordar que el aliento de su uso se basa fundamentalmente en dos argumentos. Primero, su aporte a la reducción de la contaminación, principalmente del efecto invernadero. Segundo, la sustitución de combustibles no renovables, derivados del petróleo.

Antes de analizar la validez de estos dos argumentos, hay que mencionar que, al hablar de biocombustibles, se hace referencia a dos productos: el etanol, de empleo en motores de combustión interna (por ejemplo, autos) y el biodiésel, de empleo en motores diésel (por ejemplo, tractores). En el primer caso, se reemplaza la nafta, y en el segundo, se sustituye el gasoil.

El etanol se puede obtener de una gran variedad de especies vegetales, tales como la caña de azúcar, la remolacha, el sorgo, el maíz, el trigo, la cebada y la madera. A su vez, el biodiésel se produce a partir de aceites vegetales obtenidos de plantas oleaginosas (soja, girasol, colza).

La producción industrial de cualquiera de estos biocombustibles muestra dos características singulares. Por un lado, al tratarse de materias primas vegetales, se presenta una amplia gama de rendimientos, según la especie vegetal y el clima.

Por otro lado, se da el hecho de que, como en cualquier proceso industrial, la producción del biocombustible requiere el aporte de energía. Buena parte de dicha energía se genera con combustibles derivados del petróleo, consumidos en el proceso de transformación de la materia prima.

Curiosamente, surge entonces la singularidad de que la producción del biocombustible requiere el consumo del mismo tipo de combustible que se pretende reemplazar. Obviamente, será la magnitud relativa de tal consumo lo que realmente importe.

Por ejemplo, en la producción de etanol a partir de maíz en Estados Unidos se consume aproximadamente la mitad de combustible derivado del petróleo que se pretende sustituir. De usarse el mismo biocombustible en lugar del derivado del petróleo, se reduciría su aporte sustitutivo.

Pero ¿cuál es la real capacidad sustitutiva de los biocombustibles?

De los poco más de 35 millones de metros cúbicos de etanol que actualmente se producen en el nivel mundial, Brasil (a partir de la caña de azúcar) y Estados Unidos (del maíz) son responsables de una gran parte de la producción.

Si se pretendiera incorporar en naftas para transporte tal volumen de etanol, se tendría un nivel de sustitución mundial que no llegaría al 3%. Si toda la caña de azúcar de Brasil se destinara a producir etanol, el grado de sustitución sería del mismo orden. Y si todo el maíz que produce Estados Unidos se empleara para fabricar etanol, el nivel de sustitución en el mercado mundial no llegaría al 10 por ciento.

Como puede apreciarse, el grado de sustitución en el nivel mundial es muy pequeño, por lo que no se satisfacen los dos argumentos que se aducen para alentar el empleo de los biocombustibles, que en países tropicales carentes de petróleo (como en América Central) pasa a ser una cuestión de Estado.

También Brasil se encuentra en óptimas condiciones de generar biocombustibles para incorporar a sus derivados de petróleo con porcentajes significativos. A ello se suman los esfuerzos de Estados Unidos para, por medio de los biocombustibles producidos allende sus fronteras, poder reducir sus importaciones de crudo y derivados.

Por otro lado, el grado de sustitución al que se aludía puede reducirse aún mucho más en la medida que China e India cumplan con los pronósticos de crecimiento que se les asigna.

Todo lo dicho es independiente del buen negocio que puede representar la producción de biocombustibles y de que puedan significar un aporte importante como volumen de reemplazo en determinados países.

Sin embargo, hay otra razón, más oculta, en la propuesta de usar biocombustibles. Los biocombustibles tienen la ventaja de poder incorporarse fácilmente a la infraestructura de transporte, distribución, despacho y uso del mercado de naftas y gasoil.

Realidad olvidada

Pero, además, ocurre que detrás de estos resultados se esconde una realidad olvidada: los enormes volúmenes de los derivados del petróleo, que se constituyen en el principal obstáculo en el momento de pensar en su reemplazo. En efecto, no somos habitualmente conscientes de que hemos construido un mundo cuya infraestructura depende en gran medida del petróleo. Y ello ha sido así por una serie de ventajas que conlleva el empleo de los derivados del petróleo. Dos ejemplos a modo de explicación:

La Revolución Industrial significó la sustitución del empleo de la tracción animal por máquinas movidas por combustibles de origen fósil (primero, el carbón mineral y luego, el petróleo y el gas natural). El maquinismo invadió nuestra civilización a tal punto que la labor que despliegan hoy las máquinas equivale al trabajo que, por tracción animal, realizarían 500 esclavos al servicio de cada uno de nosotros.

Al mismo tiempo, se puede calcular el valor de la caloría de un asalariado que percibe un sueldo mensual de $ 1500 y comparar dicho valor con el de la caloría del petróleo a precios actuales. En tal caso, ocurre que la caloría del petróleo resulta ser unas 500 veces más barata que la humana.

Estas dos evidencias, junto con los enormes volúmenes involucrados, explican esta civilización del petróleo que hemos construido y que demandará esfuerzo y creatividad para procurar reemplazarla. .

El autor es director general del Instituto Argentino del Petróleo y el Gas, y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales
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