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Kirchner, más cerca de Chávez que del mundo

Joaquín Morales Solá

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LA NACION
Domingo 11 de marzo de 2007

No le gustó que Bush fuera a Uruguay en medio de un conflicto con la Argentina. Fue así de simple. ¿Le hubiera gustado a Néstor Kirchner que el presidente norteamericano viniera a Buenos Aires? Tampoco. Eso explica, más que otra cosa, la excitación chavista de las últimas horas y el hecho inédito de que un presidente le preste un país a otro presidente para que hable mal de un tercer presidente. No hay registro histórico de semejante transgresión, ni aun en la Argentina, que agobió al mundo con transgresiones.

Kirchner suele decir dos cosas: que el acto de anteanoche en Ferro fue una decisión de Chávez que él no podía prohibir, y que no está molesto por la visita de Bush a Uruguay en medio de la tensión por las papeleras del litoral. Se trata, desde ya, de puras formalidades. Muchos funcionarios de su gobierno participaron de la organización y del aporte de recursos y de militantes para el acto contra Bush. En el rígido mundo de Kirchner eso no se hace sin su explícito consentimiento.

Las cosas que no molestan ni siquiera se mencionan. Dicen que Kirchner, en cambio, las nombra una y otra vez. Está molesto, entonces, con la presencia de Bush en Uruguay. Y el acto de Ferro fue naturalmente disolvente del Mercosur. Dos socios de esa alianza, la Argentina y Venezuela, montaron un espectáculo casi agraviante para otros dos países del Mercosur, Brasil y Uruguay. No importa. Kirchner ha definido al Mercosur como una "ficción buena, pero ficción". Sólo le importan los petrodólares de Venezuela y algunas cosas de Brasil. Nada más.

Su vocación aislacionista es cada vez mayor. En el año 2006, Kirchner tuvo sólo dos actos internacionales con agenda propia: la visita a Buenos Aires de la reina de Holanda y una visita oficial suya a Madrid. La única relación reincidente e infaltable es con Chávez. Con él ha hecho importantes acuerdos comerciales y esas cosas no están en discusión. El problema es que la falta de una clara diferenciación política por parte de Kirchner lo está emparentando demasiado con el Duce de Venezuela. Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Jorge Castañeda, entre otros intelectuales destacados de América latina, acaban de fusionar a los dos en un mismo haz político.

Muchos diarios del mundo plasmaron la imagen de Chávez y de Kirchner desafiando a Bush desde Buenos Aires. Eso es lo que quedará y no las sutiles escaramuzas para tirar la piedra y esconder la mano. Bush es un político en decadencia, con graves problemas internos, con tres guerras inconclusas en Medio Oriente (Irak, Afganistán y el Líbano) y con díscolas llamaradas de fuego en varios lugares de América latina. Su presidencia languidece, irremediablemente.

El otoño de Bush es una cosa y otra, el sistema de gobierno de ese país. Hay cuestiones, modos y políticas que son permanentes para ese sistema, sea quien sea el próximo presidente norteamericano o el partido político que gobierne la principal potencia mundial.

Kirchner sabe que puede hacer retos sin grandes riesgos. ¿Los haría ante un Bush en la plenitud de su poder? Seguramente no. Pero, por las dudas, está enhebrando otros acuerdos con Washington sobre lavado de dinero, narcotráfico y terrorismo. La condición de Kirchner es que los acuerdos no se noten y esos temas son secretos por naturaleza. Estas coincidencias no opacan, de cualquier manera, el estupor washingtoniano -y hasta el inocultable malestar- por los arrebatos "anti-Bush" de Kirchner al lado de Chávez.

Los riesgos no son muchos, pero algunos hay. El primero de ellos es que Washington eligió definitivamente como aliado estratégico de la región a Brasil. El presidente Lula no ha cambiado nunca sus posiciones de fondo sobre algunas políticas de Washington, muchas veces activamente críticas, pero no las ha llevado al maltrato político ni al agravio personal. Washington sabe que tiene en Brasilia a un interlocutor seguro.

Algunos riesgos

Bush y Lula se volverán a ver en menos de un mes en Camp David, la exclusiva residencia de campo de los presidentes norteamericanos. Están urdiendo una alianza sobre biocombustibles y la Argentina podría ser una inevitable beneficiaria, porque produce lo que hace falta. ¿Seguirá, en cambio, hipnotizada por la billetera del caraqueño?

Otro riesgo consistiría en que Washington, cansado ya de los desplantes públicos de Kirchner desde Mar del Plata, decidiera no apoyar la posición argentina en la negociación con el Club de París. Resulta fundamental para Kirchner que el Club de París acepte una refinanciación de la deuda en default sin la participación del Fondo Monetario, pero es importante la opinión de los países con peso propio. Kirchner confiaba en la buena voluntad de Washington, aunque quizás él mismo haya cortado prematuramente los puentes, tarea que suele hacer con peligrosa frecuencia.

El último riesgo es el de las inversiones. Hace poco, cuando estuvo en Buenos Aires, el diplomático más cercano a Condoleezza Rice, Nicholas Burns, se planteó el interés en la Argentina de inversionistas norteamericanos. A veces, esos empresarios le piden la opinión al gobierno de Washington, dijeron. ¿Estaría ahora Washington con ganas de darles a los empresarios buenos consejos sobre la Argentina de Kirchner? La inversión externa en la Argentina sigue siendo muy baja si se la compara con la que reciben México, Brasil y Chile.

Democracia devaluada

No hubo manera, sin embargo, de descabalgar a Kirchner de su impronta chavista. Funcionarios importantes de su gobierno objetaron el acto de Ferro. Kirchner ni los oyó. Y el conflicto de fondo radica en que Chávez sigue devaluando la democracia de América latina sin que ningún líder importante de la región lo diga en voz alta. La democracia no es una opción a la carta ni se necesitan sólo elecciones para que ella exista. Sobre todo, es un modo de vida, que Chávez ha proscripto en Venezuela.

La propia Cristina Kirchner se enfureció contra la bullanguera visita de Luis D Elía a Irán, porque ella tiene mucho tiempo invertido en establecer lazos de amistad con la comunidad judía. Nada. Kirchner se escudó en su argumento de siempre: son cosas de D Elía, dice, pero tampoco ninguna voz oficial refutó a D Elía. La comunidad judía se defendió sola.

En el fondo, hay un influyente asunto del que se habla poco. Se refiere al sistema de toma de decisiones de Kirchner. ¿Le consultó la opinión a la Cancillería para apoyar el acto de Chávez? ¿Le preguntó al Ministerio de Economía si afectaría las negociaciones con el Club de París o el flujo de las inversiones? Nadie supo nunca nada. Kirchner decide consultando frente al espejo.

No es necesario ir a la política exterior para llegar a esa conclusión. La decisión electoral de aumentarles el mínimo a los docentes, que deberán pagar los gobernadores, no la consultó ni les avisó a los gobernadores. El gremio docente de la Capital le pidió a Jorge Telerman un aumento similar para toda la escala docente. Significa la mitad de la autopista ribereña, le contestó el jefe de gobierno. Otra novedad: tampoco había acordado con el gremio si el aumento era sólo del mínimo o de todo el escalafón.

La inconsulta decisión concluyó con una crisis política en la provincia de Buenos Aires, donde faltan más de 1000 millones de pesos para cumplir la promesa presidencial. El respetado ex ministro de Economía se fue denunciando el temor generalizado a los enojos de Kirchner. Es lo mismo que dicen casi todos los funcionarios de Kirchner que se van del Gobierno.

Felipe Solá enfrenta un período de natural debilidad. Su mandato terminará en diciembre, no tiene posibilidad de reelección y no se disputarán en esa provincia cargos legislativos importantes. Pero aún le quedan diez meses de gobierno en el distrito más complicado y arduo del país. ¿Para qué socavar entonces su ya menguada fortaleza política?

El beneficio de Kirchner es que sus muchos errores políticos terminan siempre ocultados por la bonanza de la economía. Y la oposición carece de esos telones: sus errores quedan, entonces, obscenamente expuestos.

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