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Le Corbusier y el teatro espontáneo

Sábado 17 de marzo de 2007
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LA NACION

El pie de imprenta dice que se imprimió en Buenos Aires, en 1953. Es el número 17 de los Cuadernos de Estudios de Arte Dramático , editados por el Teatro Escuela Fray Mocho con el sello de Raigal. Se titula Le Corbusier: el teatro espontáneo y debo a la generosidad de la arquitecta Marta Levisman este ejemplar, que es ya todo un incunable. En la primera página se lee: "Las presentes notas estenográficas (resumen de la declaración de Le Corbusier y versión íntegra de la discusión) corresponden a la primera sesión del Centro de Estudios Filosóficos y Técnicos del Teatro, dirigido por André Villiers, realizada en la Sorbona en diciembre de 1948 y consagrada a estudiar las relaciones del lugar escénico con la dramaturgia presente y futura.

El suizo Le Corbusier (1887-1965, cuyo verdadero nombre era Charles-Edouard Jeanneret) es aclamado como uno de los mayores arquitectos del siglo XX. Su pasión por el maquinismo, trasladada a la arquitectura -por él concebida como "máquina de vivir"-, es combatida en la actualidad, pero sin duda sus teorías tuvieron considerable repercusión sobre la edificación, el urbanismo y el diseño en nuestro tiempo. El célebre arquitecto abre así el coloquio reproducido en el cuaderno 17: "Amo el teatro. En él se manifiesta siempre la intensidad de una época [ ]. He visto muchas cosas, tragedias y comedias, y porque éstas existen en todas partes en estado latente, he empleado un término que me han tomado al vuelo: el de teatro espontáneo".

Cuenta entonces que en 1936, llamado por el gobierno del Brasil para diseñar los planos de una Ciudad Universitaria y del Ministerio de Educación (efectivamente construido), le atrajo la diversidad étnica de la población -negros, indígenas y blancos- y su manera de conducirse en la calle. De ahí que cuando el ministro Capanema le propuso erigir también un gran teatro moderno, Le Corbusier le contestó: "Señor ministro, no construya una sala para compañías en gira. Lo que necesita ante todo son medios teatrales, o sea, tablados. ¡Créelos! Cree tablados por todas partes, en su gigantesco país, y que las buenas gentes hagan sus propias comedias en todo momento". "En efecto -prosigue- hay muchos poetas entre ellos, gente capaz, no quizá de expresar, de idear el teatro, pero hay oradores, invectivadores, lloronas, etcétera. Comediantes de toda clase. ¡Haga usted algo con ellos!".

Se remite entonces a una experiencia juvenil de haber visto en Italia, muchos años antes, representaciones de la commedia dell arte . "Había comprendido la forma magnífica, extraordinaria, que daba la comedia italiana de la expresión de los sentimientos humanos. Cuando los personajes entran, ya se sabe por el traje que los distingue y los califica desde el primer momento, lo que van a decir, lo cual suprime un contexto inmenso y permite un rápido entendimiento". Evoca también las representaciones de títeres a bordo del barco que lo traía a Buenos Aires, en 1928: "Ese guiñol, esa simplificación de la expresión y de los medios era admirable". Y termina con esta exhortación: "¡Hagamos entonces teatro espontáneo! Habría gente para hacerlo, para interpretarlo y para escucharlo. Habría tablados para los actores. Habría bancos para sentar a la gente, el resto permanecería de pie. En definitiva, mi idea es la de un tradicionalismo total, ¿verdad? ¡Ha existido siempre!".

En el debate que sigue a la introducción por Le Corbusier, el organizador de las jornadas, André Villiers, coincide con él: "Yo, por mi parte, creo que en ese terreno, como en los otros, es necesario volver al teatro pobre, al que apenas si dispone de medios y se inspira más con la fantasía ingeniosa de los aficionados y los estudiantes, que con la técnica demasiado perfeccionada de los profesionales [ ]. La ilusión nace, no de procedimientos exteriores, sino de nuestra propia imaginación".

En realidad, Le Corbusier y sus compañeros de mesa hablan de una forma de hacer teatro muy semejante a la adoptada por García Lorca en la España republicana (si bien su grupo itinerante, La Barraca, representaba a los clásicos de la lengua) y por nuestra no menos legendaria La Andariega, el carro de títeres que Javier Villafañe -también él porta el "invectivador"- llevó por los caminos de la Argentina.

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