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Domingo 18 de marzo de 2007 | Publicado en edición impresa

Bibliografía

El último ícono

CUESTION DE ENFASIS
Por Susan Sontag-(Alfaguara)-Trad.: Aurelio Major-392 páginas-($ 39)

 
 
 

"Yo era una esteta beligerante y una moralista apenas disimulada", anota Susan Sontag en "Treinta años después", uno de los artículos incluidos en Cuestión de énfasis . La pieza rememora el contexto del que surgió Contra la interpretación (1964), el volumen que la convirtió en ícono, inmediato "árbitro del buen gusto", de una era pródiga en rebeldía intelectual. Y es clave porque muestra la distancia que media entre el mundo en que surgió aquel libro y aquel otro en que apareció éste, publicado en inglés en 2002, un par de años antes de la muerte de la autora.

Sontag nunca dejó de ser una esteta beligerante, pero en Cuestión de énfasis su moralismo se acentuó o, en todo caso, ya no aspiraba al disimulo. No es un cambio de fondo, sino un cambio de signo. Muchas de las consignas que pregonaba en los años sesenta se convirtieron en norma, confirma la autora, pero fueron trivializadas por la inercia de la sociedad de consumo. Tampoco su defensa del placer implicaba, como hoy, un rechazo del intelecto crítico, ni su inclinación hacia la cultura popular debía leerse como desprecio por la complejidad de la alta cultura. Pensaba -dice, ensayando una disculpa- que el amor por las grandes obras de cualquier época o lugar se daba por sentado.

Los prólogos y colaboraciones periodísticas recopiladas en Cuestión de énfasis , escritas entre 1981 y 2001,hacen equilibrio sobre esa falla geológica. Sontag continúa bregando por una cultura "plural y polimorfa", pero el paso de las décadas la obligó a un desvío, a colocar el acento en otro lugar (el título original del volumen, Where the Stress Falls , es elocuente). "Por supuesto que hay una jerarquía. Si debiera elegir entre The Doors o Dostoievski, entonces -desde luego- elijo a Dostoievski. Pero, ¿tengo que elegir?", se pregunta.

Más allá de estos cambios, Cuestión de énfasis pone una vez más en escena la infatigable curiosidad, por momentos voluntariosamente renacentista, de esta intelectual, narradora, cineasta, directora de teatro y activista de múltiples causas. Ya no se habla del camp , de Pavese, Michel Leiris o Camus; los nombres propuestos son otros, aunque no reniegan de un estilo: amparada en una eurofilia casi militante (que no ahorra, sin embargo, eventuales críticas de orden político), Sontag fue la crítica norteamericana que con mayor pasión, claridad y conocimiento de causa se empeñó en hablar de autores o hechos culturales procedentes de cualquier meridiano y latitud.

Cuestión de énfasis está dividido en tres partes. Las mejores páginas, las de mayor nervio crítico, son las incluidas en "Lecturas", la primera sección. Sus abordajes pueden ser sintéticos y sin pretensiones de originalidad (Robert Walser, Pedro Páramo ) o acuden a perspectivas imprevisibles. En "Una mente de luto", por ejemplo, no sólo realiza un minucioso rastrillaje de la función del narrador y de los documentos fotográficos en la obra del alemán W. G. Sebald; también decreta que Vértigo , un libro en teoría menor, es más original que Los emigrados o Los anillos de Saturno . El prólogo a un conjunto de textos de Marina Tsvietáieva está dedicado a sondear un interrogante: ¿por qué es frecuente que los libros en prosa de los poetas tengan un nivel superlativo? Una de las razones (y ahí están Ossip Mandelstam y Joseph Brodsky para corroborarlo) es que suelen funcionar como la "crónica de la triunfal manifestación del yo poético". Sontag se permite, también, enhebrar reflexiones sobre el lenguaje y la intimidad a la luz de la lectura de un puñado de novelas norteamericanas (de Glenway Wescott, Randall Jarrell y Elizabeth Hardwick), como si buscara contradecir una de las críticas que se le hacían en su país: que su cosmopolitismo ocultaba en realidad un profundo desconocimiento de la cultura de los Estados Unidos.

Tres textos prueban su solidez como ensayista y ahuyentan cualquier fantasma de dandismo: el prefacio a una amplia antología de Roland Barthes (que ella mismo editó), las páginas sobre Ferdydurke de Gombrowicz (un autor, no está mal recordarlo, virtualmente ignorado en Nueva York y aledaños) y el preciso homenaje a Machado de Assis (basta comparar su comprensión de Memorias póstumas de Blas Cubas con la admiración torpe y tendenciosa que John Barth le profesa al brasileño en The Friday Book ).

La segunda parte, "Miradas", reúne trabajos sobre cine, danza, ópera, pintura, fotografía, incluso sobre historia y estética de los jardínes. Además de los artículos sobre Richard Wagner o sobre el devenir de la imagen femenina a través de los siglos (que acompañaba originalmente un libro de retratos de Annie Leibowitz, su pareja durante muchos años), se destaca el soberbio análisis del extenso film para televisión que, en 1979, Fassbinder hizo basándose en el Berlin Alexanderplatz , de Alfred Döblin. El paralelismo con Codicia (1924), la ambiciosa película muda de Von Stroheim, mutilada sin piedad por los productores, es el eje para discutir la duración en el cine y las verdaderas posibilidades de adaptación de una novela. Para ello Sontag desestima, cortante, algunos presupuestos sobre el tema. La idea, por ejemplo, de que no debe juzgarse el resultado en imágenes a la luz de la palabra escrita: "Puesto que la película transcrita de una novela es llevada a cuestas sobre la reputación y el interés de ésta, las comparaciones son inevitables". Para Sontag, al camuflar su obra tras la pantalla televisiva, Fassbinder fue el único cineasta que vengó a Von Stroheim y le hizo justicia a las necesidades expansivas de una novela.

El último tramo del libro, "Aquí y allá", recoge los textos más personales, muchos de ellos de circunstancia. La primera persona, omnipresente, a pesar de algunos tibios intentos de ironía, no deja de segregar cierta vanidad: la de la pensadora y creadora consciente de su propia importancia. La influencia que los libros del viajero Richard Halliburton tuvieron en sus inicios como lectora, su vínculo con la escritura y también la impecable crónica de su experiencia como directora, en 1993, de una precaria puesta de Esperando a Godot en una Sarajevo asediada, diseñan el autorretrato formativo y la resistencia madura de una intelectual. Por momentos su tono es íntimo; en otros admonitorio, el de una moralista a rostro lavado.

Sontag siempre nombró a Lionel Trilling como uno de sus modelos. También ella supo pertenecer a ese familia de críticos exigentes y accesibles que determinaban tendencias, señalaban caminos, levantaban o bajaban el pulgar. Necesarios como gurúes, también estaban ahí para ser contradichos, para incitar el debate. Desaparecida su autora, Cuestión de énfasis promueve entonces una agridulce nostalgia anticipada: la de advertir que ese gran linaje se encuentra en extinción. .

Pedro B. Rey
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