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Domingo 18 de marzo de 2007 | Publicado en edición impresa

El Mirador

Asombroso rescate del pasado

Por Santiago Kovadloff | LA NACION

 
 
 

Templos que celebran divinidades vigentes y cuyos cimientos fueron fijados sobre restos de otros templos consagrados a dioses que el tiempo devoró; seculares estaciones de subterráneo y tiendas que despliegan su frenesí multitudinario sobre insospechadas ruinas neolíticas o escombros romanos. Superficies, en suma, que, proponiéndoselo o no, desconocen de un modo u otro el ayer que encubren. Sin embargo, así como muchas veces el pasado reprimido o renegado insiste, presiona e inesperadamente se libera de su mordaza, así también, otras veces, el presente va resueltamente en busca de ese pasado eludido o ignorado porque sospecha su existencia y le importa su elucidación. Tal cosa ocurre cuando la memoria no cede a las seducciones del olvido. Tal cosa ocurre, asimismo, cuando el presente sabe que le es indispensable un mejor conocimiento del pasado para fortalecer su autocomprensión. Allí están para probarlo, por ejemplo, la arqueología, el psicoanálisis, la historiografía. Son, todos estos, modos de honrar la memoria, de rescatar lo que parece perdido, de remitir a esa otra realidad que desmiente la suficiencia de aquélla con la que contamos.

Resulta evidente, por lo demás, que el pasado es materia de perpetua redefinición. Un muy buen ejemplo de ello es la Grecia antigua. Esa que nos legó tantos bienes: de Euclides a Arquímedes, de Homero a Píndaro, de Esquilo a Eurípides, de Protágoras a Platón, de Heródoto a Tucídides. El pasado griego, como todo pasado significativo, es dinámico, es tarea. Y de esa tarea constante surge, muchas veces, nueva información, datos imprevistos, hechos impensados, inéditas perspectivas que reconfiguran sin cesar lo ya sabido.

Hace algunos meses se puso en marcha un ambicioso proyecto internacional que ilustra con elocuencia lo que acabo de decir. Consiste tal proyecto en descifrar una escritura milenaria redactada en esa Grecia antigua y de la que apenas quedan vestigios. Es que se la borró en una época posterior para trazar otra sobre la superficie del mismo pergamino. A lo que todo indica, esa escritura desechada perteneció a Hipérides, orador y político notable que actuó y escribió en la Atenas del siglo IV a.C. Sus huellas más que difusas fueron científicamente discernidas en un palimpsesto del siglo XIII que contiene algunos trabajos de Arquímedes, un comentario sobre Aristóteles, una meditación neoplatónica y un pequeño libro de rezos para cuya redacción, justamente, se removió la escritura de Hipérides. Son al parecer diez las páginas que le fueron arrebatadas. En ellas, el desdibujado autor ofrece las que hoy resultan nuevas y sorprendentes claves de la batalla de Salamina (480 a.C.). Como se recuerda, allí los griegos obtuvieron sobre los persas una victoria decisiva para el porvenir hegemónico de Atenas. Hay también agudas consideraciones sobre la batalla de Queronea (338 a.C.), cuyo desenlace marcó el principio del fin de la suficiencia griega.

Era usual en la Edad Media el drástico procedimiento empleado por los monjes que disolvieron la prosa de Hipérides y devolvieron al pergamino que fuera suyo la posibilidad de ser empleado como nuevo. Pero hoy, claro está, aquel pasado entonces prescindible recuperó significación y preeminencia. Sus contenidos se imponen a la sensibilidad de nuestra época sin que su rescate implique la necesidad de exterminar la escritura medieval para acceder a la antigua. Los investigadores de la Universidad de Stanford involucrados en el proyecto emplearon un poderoso equipo de fluorescencia de rayos X para leer la estela fantasmal de aquella escritura griega. Esas páginas, ahora reflotadas, están siendo transcriptas, traducidas e interpretadas por parte de un selecto grupo de estudiosos europeos y estadounidenses. Como se advierte, lo irremediable, al menos en este orden de cosas, ya no parece serlo. Sin duda la ciencia está, en incontables aspectos, lejos de la fe y la religiosidad. Pero convengamos en que ha producido un auténtico milagro. .

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