El bebop que supera las modas
Presentación en el II Festival Internacional de Jazz del ND Ateneo del saxofonista y flautista James Moody , acompañado por el trío del pianista Jorge Navarro, con Carlos Alvarez en contrabajo y Eduardo Casalla en batería. Hoy, a las 21, Che Trío y el Terence Blanchard Quintet. Paraguay 918.
Nuestra opinión: bueno
Una tormenta de nieve en Nueva York dejó en tierra a la Gillespi All Stars, que iba a acompañar al saxofonista James Moody en su presentación en Buenos Aires. El grupo fue reemplazado por el trío del pianista Jorge Navarro a sugerencia del propio Moody, que conocía al pianista.
El saxofonista, que el fin de semana próximo cumplirá 82 años, llegó con su bagaje de musicalidad. Su sonido, tan imbuido de aquella magia que fue el bebop, recorrió el teatro con una inalterable frescura que los años no han podido quitarle. Su estilo está atado a los arquetipos del jazz moderno.
En su show, con un repertorio que tuvo un poco de Strayhorn, de Parker y de Rollins, mostró que se mantiene en muy buena forma.
Plantado frente al público, Moody demostró que es uno de los artistas que también han desarrollado el arte de entretener; cuando la música no sonó bien, aprovechó para cantar, hacer alguna broma y salir bastante airoso del trance.
Y fue así. Aunque dentro de un nivel técnico muy aceptable, el encuentro de Moody con el trío de Navarro no fue una situación musicalmente feliz. El combo no conocía los temas (algo bastante común en los escenarios del jazz) y no habían ensayado, algo que también sucede en el jazz, pero que, esta vez, se notó en demasía.
Es que, en realidad, Navarro equivocó el camino; pretendió ser una segunda voz y trabajar sobre pequeños contrapuntos que no resultaron; Moody no actúa de esa manera, y lo que sucedió fue que el pianista estuvo todo el tiempo invadiendo la zona melódica del saxofonista con acotaciones descolgadas de su inspiración.
Otro de los aspectos negativos fue que el pianista intentaba seguirlo armónicamente, y así quedó todo el tiempo fuera de la línea rítmica, lo que generó un sonido confuso. El problema, al parecer, no fue que no conocieran los temas o la falta de ensayo, sino un error casi conceptual. Lo prudente era que el pianista formara parte de la sección rítmica, con lo que hubiera generado una sonoridad ordenada que no existió.
Miles Davis cuenta en su autobiografía que uno de los quintetos de Parker, con el pianista Duke Jordan, sonaba mal precisamente porque el pianista pretendía seguir a "Bird" y terminaba por hacer perder a todo el mundo, menos a Parker.
Comenzaron con "Anthropology", de Parker. Un bop clásico que trajo una suerte de canto de sirenas al Ateneo, por la riqueza melódica de esta pieza y la sencillez con la cual lo tocó Moody. Gusta, a la manera de Ben Webster, de sonar con mucha emisión de aire, como suspirado. Fraseo, solo y luego el trío de Navarro, en el que el baterista Eduardo Casalla, con el pasar de los temas, terminó por ser el interlocutor del saxofonista.
"Take The A Train", de Strayhorn, sonó como un himno en el caño de Moody, que desarrolló un solo interesante por la forma de hamacarse en la melodía y su manera de rehacerla, en la cual otra vez sacó a relucir su sencillez, como un dato inequívoco de su dorada madurez.
En "Saint Thomas", el andar del grupo era tan errático para Moody que le pidió a Navarro que no tocase, para así poder hacer un dúo con Casalla, que estuvo bien y llevó un poco de orden al escenario. También tocó la flauta traversa, una de sus especialidades, en "Wave", que sonó tan recia como su saxofón.
Un comienzo de festival con Moody, que es una leyenda y que, a pesar de todo, mostró que el bebop tiene una vigencia que supera las modas. .
César Pradines