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El hereje

En La vida eterna, su nuevo libro, Fernando Savater se la toma ahora con la religión. Afirma que en nombre de la fe se ha perpetrado la más cruel de las violencias y enfatiza la vigencia de los valores de una cultura humanista pero laica

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LA NACION
Domingo 25 de marzo de 2007

MADRID.– “La religión no es sólo el opio de los pueblos, como dijo Marx. Puede ser también la cocaína de los pueblos. Definitivamente, es una droga dura.”

Quien así lo sostiene es el escritor español Fernando Savater, catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y autor de más de 45 libros, como los célebres Etica para Amador (2001) y Los siete pecados capitales (2005). Conocido como un escritor agudo, incisivo, irónico y despreocupado por el “qué dirán” (llamó al Che Guevara un “Rambo de izquierdas” y cuando lo tildaron de pequeñoburgués respondió “sí, pero estoy ahorrando”), acaba de publicar un libro en el que aborda una encendida defensa del laicismo.

Enfundado en un elegante salto de cama escocés y rodeado de los muñecos plásticos de superhéroes, Woody Allen, los hermanos Marx, caballos y dinosaurios, que comparten el living de su casa con una innumerable cantidad de libros (“por supuesto que me encanta la cultura popular –aclara–; lo único malo que hay culturalmente hablando es la pedantería”), recibió a LNR en una soleada mañana madrileña para hablar de su polémico nuevo libro, La vida eterna.

Fernando Savater
Fernando Savater.

–¿Por qué no le parece del todo apropiada la célebre frase de Marx?

–Es que es una frase incompleta. En ocasiones la religión puede haber sido el opio de los pueblos, en el sentido de haber adormecido espíritus revolucionarios, pero en otros casos la religión parece más bien ser la cocaína de los pueblos. Hay casos en los que por religión la gente se pone agresiva, violenta y comete atrocidades; hoy estamos volviendo a la religión como un elemento de estimulación incluso del terrorismo. La religión es una droga dura. Es un elemento con una penetración muy fuerte en la conciencia que puede actuar de maneras muy distintas, como todo lo que no está sometido a pautas plenamente racionales. Es emocional y responde a pasiones; entonces, puede causar tanto nuestras grandes muestras de amor incondicional y entrega como lo que justifique los peores crímenes. Es decir, puede tener contraindicaciones –o indicaciones– muy diversas, y por eso sus usos políticos son tan peligrosos.

–¿Considera que alguien que es religioso es peor que alguien que no lo es?

–Yo no entro en la vida de la gente. Las religiones también son como el vino: hay gente a la que le sienta mal y gente a la que le sienta bien. Hay personas que con dos copas se vuelven locuaces, abiertas y desinhibidas; otros se vuelven brutos y groseros con la misma cantidad. Con la religión, hay gente que mejora y se purifica y para otros es una fuente de resentimiento, mojigatería y condena a los demás. El tema importante es la necesidad de que las sociedades democráticas sean laicas, es decir, que no tengan tutela religiosa de ningún tipo para que todo esto no deje de ser cuestiones puramente personales. No puede haber religión obligatoria como materia en la escuela, las leyes no pueden depender de parecerles bien a los obispos. El libro trata de explicar la raíz de las creencias sobre la base de los temores que sentimos los seres humanos y que llevan a desarrollar las religiones. Luego abordo la necesidad, en un mundo tan complejo, con tantas religiones contrapuestas, de evitar que los conflictos políticos se mezclen con ellas. Para eso, las sociedades sólo pueden basarse en principios racionales y legales.

–¿Su modelo en Europa sería el de Francia?

–Sí, pero hasta hoy. Si gana Sarkozy, esto puede ser que cambie, y ya hay medidas con las que no estoy de acuerdo. En temas como el uso del velo islámico, por ejemplo, creo que no pasa nada si la mujer que lo lleva eligió libremente usarlo y no fue impuesto. Mientras su uso no se convierta en una amenaza para los principios laicos de la sociedad, y simplemente sirva para ayudar a desarrollar un sentido de autoafirmación en un grupo de inmigrantes, debe ser permitido. La clave es que la religión debe poder exteriorizarse públicamente, pero siempre a título privado. Esto es complicado. Por ejemplo, durante Semana Santa, en Sevilla, la gente sale en procesiones a la calle. Pero éste es un acto público que debe ser privado, es decir, motivado por el punto de vista de cada persona que participa, pero sin el Estado que organice o financie. Si hay empresas de caridad o culturales promovidas por religiosos, pero con claros beneficios, por ejemplo, sanitarios, se les puede dar una ayuda como se daría a laicos en la misma situación. Pero no se puede financiar la religión como tal o, peor aún, empezar a multiplicar el financiamiento de distintas religiones. Porque la solución que se propone en España es que para que no haya sólo enseñanza católica en las escuelas se incorpore la enseñanza de otras religiones también. Más que hacer un bien, eso es multiplicar el mal.

–¿Hay que amar al prójimo o es suficiente con respetarlo?

–El concepto religioso de amar a todo el mundo es un concepto que no tiene sentido para mí porque el amor es precisamente discernir entre las personas. Bernard Shaw decía que enamorarse de una mujer es exagerar muchísimo la diferencia entre una persona y otra. Pues eso es verdad: cuando amamos a alguien exageramos mucho su diferencia con los demás. Pero así como no se puede amar al prójimo, hay razones humanistas para respetar al prójimo, que son reconocerlo como humano y, como tal, reconocer que puede desear lo que nosotros deseamos. Como la ética, a diferencia de la religión, es racional, con ella se pueden hacer justificaciones racionales perfectas.

–¿Usted se considera ateo?

–Ni siquiera eso. No creo que exista noción de Dios, no creo que exista nada sobrenatural. Decir que alguien es ateo es de por sí religioso, y yo no creo que nadie sepa a qué se lo está contraponiendo. No es que yo no crea en Dios, es que no sé qué es Dios, y el que cree tampoco lo sabe.

–¿Nunca creyó?

–De pequeñito creía en cosas, como todo el mundo, y un día dejé de creer, pero sin ningún trauma. Nunca me pareció que creer fuese algo muy tranquilizador. Hay gente que me dice qué lástima que lo sienta así, pero yo me alegro. Quizá por muchos años de haber vivido en una dictadura, no me gustan los tiranos, por más benevolentes que sean. Yo no le echo de menos. Es cierto, a uno le gustaría algún día reencontrarse con los seres amados perdidos, ese tipo de cosas, pero, ¿qué puedo hacer?: yo no he inventado el universo.

–Woody Allen dijo que no hay ateos la noche anterior a un examen. ¿A usted ni siquiera se le pasa la idea de un ser superior antes de subir a un avión en una tormenta, por ejemplo?

–Nadie subiría a un avión si dijesen que está conducido por la oración de curas o actos mágicos. Cuando subimos a un avión es el preciso momento en el cual todo el mundo confía en la ciencia ciegamente; la gente se vuelve totalmente materialista; de golpe, todos creen en las leyes de la física, en Newton, en los ingenieros de la NASA. Si dijeran por los altavoces que van a soltar las turbinas del avión y unos curas se van a poner a rezar el rosario para que la nave llegue a buen puerto, todos desesperarían, hasta los más creyentes.

Fotos: Reuters y AP

revista@lanacion.com.ar

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